Desde Dan Hasta Bersabee

Identificador: DM-343.
Publicación original: Novedades, 14 de marzo de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Palestina, Tierra Santa, historia de Israel, geografía, cristianismo, Jerusalén.
Panorama histórico de Tierra Santa con Jerusalén, el Jordán y el Mar Muerto

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

He aquí una diminuta área geográfica que ha tenido un influjo formidable en los destinos humanos y que desde hace prácticamente una década se ha constituido en uno de los más peligrosos polvorines que amagan a nuestro asendereado planeta. El último y cruento incidente en Gaza ha vuelto a abrir otra vez la interrogación encerrada en el enconado antagonismo judío-árabe.

Palestina, propiamente dicha –“desde Dan hasta Bersabee”, como reza la repetida expresión bíblica-, o sea, desde la confluencia de las cordilleras del Líbano y Antelíbano hasta la península del Sinaí, es una delgada faja territorial de unos doscientos treinta kilómetros de largo, y con una superficie total de poco más de veinticinco mil kilómetros cuadrados. Nunca, como aquí, se dieron cita lo minúsculo con lo grande. La parvedad geográfica y la grandeza histórica.

El Mediterráneo grecorrománico; la Fenicia navegante y mercantil; el desierto arábigo desde el cual se desató, andando el tiempo, el vendaval asolador del Islam; un poco más allá, la Mesopotamia de los conquistadores caldeoasirios; y, por otro lado, “el don del Nilo”, las tierras de milenario misterio y milenaria civilización de Faraón, la circuyeron como enormes fuerzas de la Historia. Sin embargo, Palestina pudo sobrevivir a ese cerco con el dinamismo superior y más potente de su propia Historia, que le da centro a la del mundo con el espantoso drama del Calvario.

La geología misma había ya signado a este rincón del planeta con singulares caracteres. Su eje de norte a sur, el río Jordán, discurre por el fondo abismal del barranco de “el Ghor”, como queriendo dar a entender la profundidad de las raíces históricas de la región. El vertedero de las aguas de este río, el Mar Muerto o Lago Asfaltite, viene a ser la mayor depresión terrestre conocida, a casi ochocientos metros bajo el nivel del mar; resultado de alguna pavorosa conmoción volcánica que borró de la haz de la tierra a las ciudades malditas de Sodoma y Gomorra, cuyos nombres, aún a la fecha, siguen siendo símbolos de execración. ¡Testimonio objetivo y perenne de lo terrible de los castigos divinos ante las abominaciones innombrables!

Palestina no asume su importancia definitiva con sus primeros pobladores. No se la dieron sus curiosos cavernícolas prehistóricos, ocupantes remotos de subterráneas ciudades como la de Der’a, a la que se baja por pozos que alcanzan una hondura de veintitrés metros. Ni los amoritas que le dieron su más arcaico nombre: “País de Amurru”. Ni los cananeos; ni aun los famosos filisteos –clásicos enemigos de los israelitas en la época de los Jueces y de los primeros reyes judíos- de origen chipriota o cretense, no obstante que de estos últimos deriva su nombre mismo “Pelishtim”, o país de los filisteos.

No se revela la vocación de esta comarca hasta que viene a ser la Tierra Prometida a Abraham y a los primeros patriarcas hebreos. Esa vocación se manifiesta al fin, en plenitud, en el punto en que el Señor, con su vida, sus enseñanzas y su pasión redentora hace de ella la Tierra Santa por antonomasia. Israel, pues, y Jesús, otorgan a Palestina su inconfundible, peculiarísima fisonomía histórica que no tiene paralelo.

Por una parte, Israel vincula al país con la conservación de las tradiciones religiosas más antiguas de la humanidad, y le estampa el sello de la creencia en Jahvé, el Dios único. Son piedras miliares de su culto: Melquisedec, en Siquem; Moisés, el legislador, expirando en el monte Moria a la vista de la tierra de promisión; David y Salomón, en la altura de Sion; la espléndida cohorte de los profetas, guardianes celosos de la pureza de la Ley de Jehová… Ese pequeñísimo islote de monoteísmo en medio de todas las antiguas religiones de múltiples dioses, nadie hubiera dicho a los poderosos adoradores de Amón y Osiris o de Marduk, que iba a ser la raíz del imperio religioso más extendido e importante del orbe. El monoteísmo de Israel –clave de su vigor nacional al través de las centurias- es, en efecto, la raigambre misma de nuestra civilización occidental, florecida con los injertos de Hélade y Roma, copiosa en sus frutos culturales merced al toque de perfección que le imprime el cristianismo, que es el que viene a dar su pleno sentido a la Historia.

Jesucristo, finalmente en su tránsito por las veredas y montes de Judá y Samaria; en Belén, Nazaret, Betania o Cafarnaúm; al atravesar las linfas del Jordán bautismal, y las aguas pesqueras –pesca de hombres al par que de peces- del Mar de Tiberíades, santificó a las tierras palestinenses, cumpliéndose –espiritualmente- aquello que de los sotos de su cántico habría de decir el místico rapto de Juan de la Cruz: “…y yéndolos mirando –con sola su figura- vestidos los dejó de su hermosura…” Todo en Palestina, al final de cuentas, viene a recordarnos la dulce presencia de Jesús. Este, por último santifica a estas tierras con la divina inefabilidad de su predicación, y, sobre todo, con la efusión de su Sangre bendita dentro del recinto de Jerusalén y en la cumbre –altar supremo en que se dan cita todos los siglos- del Calvario.

Por todo esto, Palestina –dígalo el hazañoso heroísmo de las Cruzadas– se integra en el tesoro de los amores entrañables de Occidente.

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.