De San Lúcar a San Lúcar

Identificador: DM-422.
Publicación original: Novedades, 3 de septiembre de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Magallanes, Elcano, San Lúcar de Barrameda, primera circunnavegación, Imperio español, Hispanidad, evangelización.
Ilustración en blanco y negro de De San Lúcar a San Lúcar, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Aquel día, 27 de abril, se le tronchó a Magallanes la flor de la esperanza de dar la vuelta al orbe, el año de epopeyas de 1521. En tierras de México, el brazo de otro Fernando estaba casi para asestar el golpe final al poderío azteca. Magallanes, en los empeños oceánicos había ya también cosechado asombros para el mundo hasta ese momento en que –menos afortunado que Cortés- sucumbía ante las armas de los salvajes en el archipiélago filipino.

Eran tiempos de grandes ideas y, por consiguiente, de grandes hombres y grandes hechos. La quimera que llameaba en los viejos relatos de Marco Polo, y que había iluminado, hacía poco, las sendas colombinas hasta América y las de Vasco de Gama a la India, se había hecho hoguera incontenible en el pecho de Magallanes, testigo y actor de esta última proeza marítima. Con Vasco de Gama, había vencido los terrores de la punta austral africana: el temeroso Cabo de las Tormentas. No pudo ya abandonarle la bravura cuando se trató de doblar la gemela extremidad americana, en un episodio de terrible tempestad entre los hostiles precipicios que a uno y otro lado perfilaban el estrecho que, desde entonces, tomó su nombre.

Y es que en forma de viento impetuoso y de lenguas de fuego, como en los tiempos apostólicos, diríase que pluguíale también entonces manifestarse al Espíritu. Lumbre de caridad, ya expresa, ya subyacente, en el designio histórico que palpitaba en los esforzados acometimientos de aquella sazón. Viento impulsor de las naves hazañosas que pretendían –con la circunvalación material del orbe- empezar a actualizar lo que en potencia hallábase en la intención de España: dar realidad efectiva a la unidad moral, jurídica y sobrenatural del género humano. La catolicidad o universalidad de derecho, trataba de convertirse en hecho. El Imperio, suprema expresión medioeval del gobierno divino de los intereses temporales, reencarnaba en Carlos V, y quería alcanzar su máxima vigencia física. Y quería allanarle los caminos al empuje misionero de Roma que –como nunca antes- oía resonar las palabras de la redención ecuménica: “Tengo también otras ovejas, que no son de este aprisco”… Forzoso era cumplir el requerimiento de Cristo: “UN SOLO REBAÑO Y UN SOLO PASTOR”.

Irresistible era, pues, aquel Pentecostés hispánico. Todo era poco para su lumbre y sus vientos… ¿Qué al Mar Dulce de Solís no resultaba ser sino el desagüe del que habría de llamarse Río de la Plata? No importaba; había que proseguir hacia el sur, hasta dar con el paso que, a la postre, llevó a Magallanes a la serenidad prometedora del Gran Océano Pacífico. Este apareció –una vez dominadas las tempestuosas escarpaduras del Estrecho- como prefigura y majestuoso símbolo geográfico de esa Paz católica, universal, que como intención última alentaba en el fondo de todo aquel cúmulo de inverosímiles empresas que por entonces se cumplían. El Gran Océano que ocho años antes Núñez de Balboa había visto desde el litoral panameño, fue surcado en diagonal trayectoria. Su desierta inmensidad no pareció concluir sino al arribar al grupo isleño de la Especiería. A la vuelta del recodo, como quien dice, tenía Magallanes los legendarios esplendores indostánicos que otrora había visitado con Vasco de Gama.

Pero en Mactán le aguardaba el dardo de la muerte. Apagóse la luz de sus ojos. No así la que había sabido encender en el alma de sus hombres. Elcano, su lugarteniente, en la única nave que aún podía intentarlo, prosiguió la tarea de Magallanes y dióle cima. Habían transcurrido no las cómodas cincuenta o sesenta horas de avión con que ahora podemos circunvalar el planeta, sino tres años menos doce días de haber zarpado de San Lúcar de Barrameda cuando en los muelles del mismo puerto volvían a rozar los costados del esquife cuyo nombre –magna profecía cumplida- leyeron pasmadas las gentes de tierra: “VICTORIA”. Era el 7 de septiembre de 1522.

Entonces, en su tumba filipina, los huesos distantes y heroicos de Magallanes, hubieron paz.

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.