De Muchas Cosas Puede Acusarse a Santa Anna, Pero Nunca de Traición

Identificador: DM-054.
Publicación original: Novedades, 13 de septiembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Antonio López de Santa Anna, Guerra México-Estados Unidos, campaña de 1847, Angostura, Padierna, Molino del Rey y juicio histórico.
Ilustración de De Muchas Cosas Puede Acusarse a Santa Anna, Pero Nunca de Traición

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Un detallado reportaje sobre la participación de Su Alteza Serenísima en la lucha antiamericana de 1847.

Uno de los personajes más turbulentos, en la vida y en muerte, ha sido el general don Antonio López de Santa Anna. A los tres cuartos de siglo de su fallecimiento, aún se les sigue discutiendo con desdén y ardimiento, con acuciosidad de investigación que para sí desearían otras figuras, menos ostentosas pero más constructivas, de nuestra Historia. De todas suertes, Santa Anna, es, torpe sería negarlo, uno de los hombres públicos del Siglo XIX mexicano que más merecen ser estudiados. Puede decirse que el lapso que corre desde la caída de Iturbide, en 1833, hasta 1855, puede llevar el epígrafe de: “Períodos de Santa Anna”.

Para entender y juzgar moral e históricamente a Santa Anna, hay que empezar por reconocer en él a un carácter fundamentalmente temperamental. Esto es, un carácter en que el temperamento, que es cosa más bien de fisiología, de herencia, de nacimiento, priva sobre las facultades superiores del hombre, la inteligencia y la voluntad, que son atributos del espíritu, asuntos predominantemente psicológicos antes que orgánicos, en los que tiene mucho que ver la educación y el asiduo, sostenido esfuerzo personal para afinarse a sí propio el sujeto. Por eso es que los temperamentales suelen ser, en su actuación, hombres de contrastes. Son en mayor o menor grado, esclavos de su temperamento, que los lleva de una a otra actitud disímbolas y hasta contradictorias, según el estado que guarde su digestión, el medio ambiente, el clima, etc. Son súbditos casi indefensos de las circunstancias, así las que les son interiores, como las que le son externas. Fáltales la fuerza reguladora de las ideas claras, sólidas, permanentes, en la inteligencia. Asimismo, la educación de la voluntad, la inalterable adhesión de ésta, al través de los hábitos, a las convicciones del entendimiento.

Con lo antes dicho basta para comprender mucho de las variables y tornadizas posturas de Santa Anna. No es Necesario entrar demasiado en el psicoanálisis, ni mucho menos en el terreno declaradamente psiquiátrico, dentro del cual se le ha llegado a calificar de anormal. Francamente, no es para tanto, Don Antonio fue, repetimos, un temperamental; pero no un anormal.

Uno de los rasgos más salientes de ese temperamento, no cabe duda que fue la inclinación irresistible a la milicia. Vocación desgobernada, anárquica e incompleta si se quiere, ya que el entusiasmo y afición por la vida de las armas sólo justifica cuando esa renuencia se subordina a la realización de valores trascendentales. En eso, Santa Anna ciertamente tuvo el defecto de carecer de convicciones definidas, de ideales que enseñoreasen así su inteligencia como su corazón, y al servicio de las cuales hubiese puesto todas sus aptitudes militares, no deslumbrantes, por supuesto, pero sí apreciables.

LO QUE HIZO Y LO QUE NO HIZO.

Imposibilitados de referirnos a todos los capítulos de la actuación de nuestro personaje en su vida militar y política, nos constreñiremos deliberadamente a lo que hizo y a lo que no hizo, a lo que fue y a lo que no fue, en la guerra contra los Estados Unidos, cuyo triste centenario estamos recordando en estos días.

Sabido es que los principios de esta guerra ocurrieron durante la administración del general Paredes y Arrillaga, el cual realizó una gran parte de los mejores empeños para salvar los intereses de México. Infortunadamente fue derrocado por una conjuración que dirigieron intelectualmente los del partido acaudillado por don Valentín Gómez Farías –partidarios de la total anexión de México a la Unión Norteamericana- y que materialmente realizaron los militares de filiación santanista. Como nuestro personaje, en esa época, había sido, era y seguiría siendo el indispensable para dar probabilidades del éxito a cualquier pronunciamiento, sin que importara el color político del mismo, el objeto era que volviese del destierro para, una vez más, dar garantías de estabilidad y de logro de propósitos al grupo liberal exaltado, en esta ocasión, como ya lo había sido en 1833; sin que ello impidiese que a su vez los conservadores se hubiesen visto obligados a recurrir a él como al figurón imprescindible, cosa ésta que volvió a ocurrir en 1853 en que don Lucas Alamán y el general Haro y Tamariz le ofrecieron la presidencia bajo los auspicios conservadores.

La convivencia de Gómez Farías y sus íntimos con Washington, explica entonces con claridad porqué los norteamericanos permitieron a Santa Anna romper el bloqueo establecido a nuestras costas del Golfo. Si Santa Anna supiera desde un principio cuál era el triste papel de traición que se le tenía asignado entre bastidores, ello no es cosa suficientemente averiguada; pero parece que no. En todo caso, hay que decir en su descargo, que si de ello estuvo enterado, dejó a los norteamericanos que alimentasen la creencia de que sería un seguro y fidelísimo instrumento: pero sus hechos positivos y ulteriores demostraron que sus íntimas intenciones fueron rigurosamente contrarias, porque hizo lo que en su mano estuvo, ordinariamente, y en cuanto sus alcances se lo permitían, por estorbar el desastre de su patria. La única nota objetiva en contrario, en realidad, sólo constituye la estúpida y criminal humorada de no socorrer al general Valencia en lo de Padierna.

Apenas se hace cargo de la presidencia, cuando con una diligencia y celeridad indudablemente notables, y después de dejar al vicepresidente Farías encargado de la suprema magistratura, sale para el norte y levanta un ejército de 18,000 hombres destinado a batir al general Zacarías Taylor, que ya había ocupado la plaza de Monterrey, muy probablemente entregada por traición del general Ampudia, que no era mexicano sino cubano. Sale Santa Anna de San Luis el 28 de enero de 1847 y realiza una marcha rapidísima que le sitúa en el punto de la Angostura cerca de Saltillo. La prontitud de ese movimiento estuvo a punto de sorprender a Taylor desprevenido. Santa Anna afirma que un desertor caído en las manos de los yanquis fue el que informó al general norteamericano de la cercanía de la fuerza mexicana. Probablemente pudo haber sido, sencillamente, la eficiencia del servicio de observadores de Taylor la que ganó en eso la partida, porque, francamente, a Santa Anna se hace muy duro creerle sus aseveraciones sin datos de otras fuentes que puedan confirmarlo. De cualquier modo, la resistencia del soldado mexicano, en su mayoría improvisado, admiró a nuestros enemigos, así como el rasgo de Santa Anna de realizar ese avance a marchas forzadas.

“Trabóse desde luego un combate, con motivo de pretender ambos bandos ocupar una loma que servía de posición ventajosa. Quedó ésta en poder de las tropas mexicanas al mando del teniente capitán don Luis Osollo, joven a la sazón de 19 años y uno de los pocos militares de verdad… Y éste fue, puede decirse, el único hecho de armas concreto de esa guerra que verdaderamente dé gloria a las armas mexicanas”.

Apenas amaneció el día 23 (de febrero), se reanudó el combate sin que nuestros soldados (de los cuales habían quedado fuera de combate cuatro o cinco mil, por deserción o enfermedad durante la marcha) hubiesen tenido tiempo para fajina. Todo el día se peleó bravamente por un lado y otro. El enemigo varias veces se replegó. El final de la jornada arrojó un verdadero triunfo, pero parcial, para las tropas mexicanas, pues el enemigo únicamente quedó reducido a sus campamentos centrales y punto fuerte en la hacienda de Buenavista. La noche, obscurísima, puso fin a la batalla, dejando a Taylor en la persuasión de que tenía que retirarse, puesto que para ello hizo transportar su bagaje y archivo.”

LA RETIRADA DE LA ANGOSTURA.

Desgraciadamente, y al parecer sin motivo razonable, Santa Anna ordenó la retirada, a pesar de las protestas del ejército. La verdad es que tal vez no dejaron de ser fundados los motivos del jefe mexicano. Ellos fueron: la carencia de bastimentos para nutrir a nuestros soldados, los que durante toda la marcha desde San Luis sufrieron hambres y privaciones terribles, por la falta absoluta de dinero con qué conseguir los alimentos necesarios, habiéndose visto en la necesidad de tomarlos siempre al fiado, de grado o por fuerza. Durante todo ese tiempo, el vicepresidente en funciones, Farías, no fue capaz de remitir a Santa Anna un solo peso para los gastos del ejército, cosa que le estuvo apremiando Santa Anna en su correspondencia, en términos de urgencia y extrañeza. Ello no azora a los que entonces y después supieron de la secreta inteligencia de Farías con los norteamericanos. Es pues, razonable que el ejército mexicano, empeñado a muerte en el combate, no hubiese mientras tanto modo de acopiarse subsistencias y de que de éstas no hubiese las necesarias para otro día. Ningún soldado puede resistir una batalla dura y constante, prácticamente sin descanso, en ayunas, después de dos días de tenaz lucha. Por otra parte, el general de nuestro ejército, aunque personalmente español, llamado Miñón, y que al frente de la caballería debía de haber atacado por la retaguardia a los invasores, no lo hizo. Es curioso que en toda esta guerra, haya sido siempre nuestra caballería, nuestra arma distintiva y fuerte, la más temida por los contrarios, la que no gustó de entrar en acción. Por eso, ya en los combates del Valle de México, el pueblo llegó a decir que la caballería nuestra padecía de “cólico”.

De la Angostura, retrocedió Santa Anna con su ejército con la misma celeridad con que hasta ahí había avanzado y la misma rapidez se dispuso a batir el peligro mayor y más inmediato, significado por el ejército del general Winfield Scott, que había ya desembarcado en Veracruz. El primer encuentro fue en Cerro Gordo, punto que nuestros ingenieros militares afirmaron ser inadecuado para presentar la batalla. Pero Santa Anna se emperró en sus trece. Además, habiendo destacado a la caballería al mando de Canalizo para que defendiera el llamado Puente Nacional, por donde forzosamente tenía que pasar antes el enemigo, y que era un lugar muy fácilmente defendible, sucedió que la dichosa caballería huyó sin presentar combate. En Cerro Gordo, Scott atacó y batió a Santa Anna, por haber pretendido combatir en donde la caballería se veía imposibilitada de maniobrar eficazmente.

De ahí, nuestro personaje se encaminó a Orizaba, donde reorganizó sus tropas y recibió el refuerzo del general León con las provenientes de Oaxaca. Quiso en Puebla preparar una buena defensa. Pero ayuno de recursos y experimentando la poca solicitud de las autoridades de esa población para auxiliarlo, se replegó al Valle de México.

Entonces acaeció un receso en las operaciones, a raíz de haber Scott ocupado Puebla sin resistencia, porque la de esta ciudad, en efecto, era en aquel momento imposible. Tres meses permaneció Scott en Puebla, y ello hay que apuntarlo, en buena lógica, y en gran parte, al haber de Santa Anna. Efectivamente, una de las más poderosas razones, si no la única, para esa inmovilidad de los yanquis, fue la serie de negociaciones que subterráneamente entablaron Scott y Santa Anna para dar fin a las hostilidades. Pretendía Scott que Santa Anna “vendiese” la guerra. Éste, por lo que se puede poner en claro, accedió a las negociaciones, para entretener a Scott durante todo ese lapso, en el que en realidad ninguna razón militar hubo para que el general invasor no marchase sobre el Valle de México. Mas bien, todas las consideraciones apoyaban, desde el punto de vista yanqui, la pronta marcha hasta el Valle, antes de que en éste se preparasen, con relativo desahogo, fuertes y eficaces fortificaciones y planes de defensa. Los pros y contras suscitados dentro del campo norteamericano, con motivo de estas negociaciones, vinieron de perlas para entretener en Puebla a las fuerzas enemigas durante ese considerable intermedio de tres meses. Todo esto se ve con luz meridiana en la documentación relativa al proceso seguido en contra de Scott, por sus propias autoridades, a poco de haber concluido la guerra y reanudado en la capital de los Estados Unidos a fines del siguiente año de 1848.

LA BATALLA DE PADIERNA.

Por fin llegó Scott al Valle, el 19 de agosto. Se empeñó la primera batalla en Padierna, donde se produjo la famosa desobediencia del general Valencia a las órdenes de Santa Anna, quien con anterioridad había convocado a una célebre junta en que se determinó defender hasta el fin la capital de la Nación. Añejas rivalidades entre estos dos generales fueron causa de la desobediencia de Valencia y de la consecutiva falta de auxilio a que lo condenó Santa Anna, que contempló impasible la derrota de aquél. Este acto ya hemos dicho que lo juzgamos de todo punto incalificable por lo criminal, porque las probabilidades eran de que la ayuda de Santa Anna hubiese determinado la derrota de los contrarios.

Después de Padierna, vino lo de Churubusco, en donde es sabido el valor que desplegaron los nuestros; pero que no les valió el triunfo, desgraciadamente.

Pidió, según las apariencias, el general Scott, a Santa Anna, un armisticio, para dar lugar a negociaciones que pudiesen dar por resultado el poner fin a la contienda. Scott afirma que este paso se debió a que sus tropas tenían treinta y ocho horas sin comer, y que por ello temió que la entrada en la ciudad de México diese lugar a atropellos de la soldadesca contra la población indefensa.

LO QUE PEDÍAN LOS ESTADOS UNIDOS.

De las pláticas que entonces se entablaron, se sacó en limpio que lo que los Estados Unidos pretendían era nada menos que la cesión de Texas, de Nuevo México, gran parte de Tamaulipas, otra de Coahuila, así como otra de Chihuahua, las dos Californias y la mitad de Sonora. Naturalmente, los delegados mexicanos no aceptaron, ni el gobierno tampoco. El 6 de septiembre, Scott envió a Santa Anna una nota en que acusaba a México de haber violado el armisticio, y que por ello el ejército yanqui podía romper las hostilidades sin previo aviso. A eso contestó Santa Anna, entre otras cosas, lo siguiente: “no se me oculta que la verdadera, la indisimulable causa de rompimiento de hostilidades que contiene la nota de Vuestra Excelencia, es que no me ha prestado a suscribir un tratado que menoscabaría considerablemente no sólo el territorio de la República, sino también esta dignidad y decoro que las naciones defienden en todo trance… suya será la responsabilidad ante el mundo, que bien penetra de quién está la moderación y la justicia”.

Vino entonces lo del Molino del Rey, en que el triunfo hubiese correspondido a los nuestros si, según las previsiones de Santa Anna, la caballería de don Juan Álvarez hubiese atacado, de acuerdo con el plan previo, a los yanquis, en el momento oportuno. Tres veces recibió Álvarez la orden de atacar. Pero su abstención fue absoluta. Llegó demasiado tarde, y por otro rumbo distinto al ordenado por Santa Anna, cuando todo había terminado. Esto fue el día 8 de septiembre.

Ocurrió, después del Molino del Rey, la toma de Chapultepec, el 12 y el 13 del mismo mes.

“Los invasores, -dice el propio Santa Anna, y hay que creerle en lo general, dados los sobornos que desde el principio hasta el fin hicieron los yanquis gracias a la cuantiosa partida para gastos secretos del ejército de invasión de la que habló el propio Scott-, envalentonados con el triunfo, avanzaron el mismo día sobre las garitas de Belén y San Cosme en las que encontraron vigorosa resistencia, y si la traición no les ayuda, tarea tenían para algunos días”. Mientras estaba en Belén, se le presenta un ayudante de la línea de San Cosme, y “me dice: “mi general, si la garita de San Cosme no es auxiliada prontamente se pierde: mi comandante pide refuerzo; las fuerzas enemigas son numerosas”. En el acto recomendé al general don Andrés Torres la conservación de la línea de su mando y partí para San Cosme con la división de reserva… Conseguí rechazar al enemigo…”

Fue entonces que nos agrega Santa Anna que se le presentaron a avisar que Belén había sido abandonada por los nuestros y ocupada por los yanquis. En efecto, tres diferentes oficiales de los que quedaron a las órdenes de Terrés confirmaron que éste les dio orden de que se fueran, uno, a la plaza mayor, otro a la Alameda y otro a la ermita de La Piedad.

Evacuó entonces Santa Anna la plaza de México. Los cinco mil hombres de que disponía, minados por el desastre en su ánimo, y comandados por jefes de entre los cuales muchos habría de los que no era razonable fiarse, dados los antecedentes tan multiplicados de traición, muy poco hubieran podido hacer en la capital. Así que no hay que echarle esta evacuación en cara a nuestro personaje. Mucho menos si se recuerda que el resto de la fuerza dizque disponible consistía en la caballería de Álvarez, cuya eficacia negativa estaba por lo demás sobradamente comprobada.

De México, Santa Anna marchó a Puebla a sitiarla, para lograr de esa manera incomunicar a Scott con Veracruz. Pero la noticia del desembarco de otros cinco mil soldados yanquis en aquel puerto, obligóle a salir a batirlos. Entonces recibió una comunicación del gobierno, que se había trasladado a Querétaro, en que se anunciaba a Santa Anna la orden de suspender las hostilidades desde luego y entregar el mando de su fuerza al general Rincón. Santa Anna hace mil aspavientos en contra de esta decisión de suspender la guerra. Pero en realidad él mejor que nadie estaba en aptitud de comprender que, en el punto a que habían llegado las cosas, por obra de los que estaban por entregar la Patria al invasor y de los militaretes indignos que por todos lados se vendían al yanqui, había punto menos que ninguna probabilidad de resistencia eficaz por parte de México.

Sabido es que después de esto, Santa Anna pudo salir para el destierro del que no volvió sino hasta 1853 para su último período de gobierno que concluyó con el triunfo de la revolución de Ayutla.

Concluyamos este breve trabajo con la cita de los siguientes notabilísimos y certeros juicios de Alamán, escritos en vida todavía de don Antonio López de Santa Anna.

“Conjunto de buenas y malas cualidades: talento natural muy claro, sin cultivo moral ni literario; espíritu emprendedor, sin designio fijo ni objeto determinado; energía y disposición para gobernar, obscurecida por graves defectos; ACERTADO EN LOS PLANES GENERALES DE UNA REVOLUCIÓN O DE UNA CAMPAÑA, E INFELICÍSIMO EN LA DIRECCIÓN DE UNA BATALLA, DE LAS QUE NO HA GANADO UNA SOLA”.

“…Y por último, en la guerra más injusta de que la historia puede presentar ejemplo, movida por la ambición no de un monarca absoluto, sino de una república que pretende estar al frente de la civilización del siglo diecinueve, cuando el ejército de los Estados Unidos penetra en las provincias del Norte, Santa Anna combate con honor en la Angostura; traslada con increíble celeridad el ejército que había peleado en el Estado de Coahuila a defender las gargantas de la cordillera en el de Veracruz, y derrotado ahí, todavía levanta otro ejército con qué defender la capital, con un plan tan acertadamente combinado como torpemente ejecutado, y mereciendo el elogio que el senador romano dio en circunstancias semejantes al primer plebeyo que obtuvo fases consulares de “no haber desesperado nunca de la salvación de la república”. Los invasores lo consideran, así como al desgraciado general Paredes, COMO LOS ÚNICOS OBSTÁCULOS PARA UNA PAZ que hizo perder más de la mitad del territorio nacional, Y TODOS SUS ESFUERZOS SE ENDEREZARON A APODERARSE DE SU PERSONA”.

De todo lo anterior, no la simpatía, que en nosotros no existe, para Santa Anna, sino la justicia a secas, obliga a reivindicar a nuestro discutido personaje no de otras tachas, pero si de la que con notoria ligereza o mala fe se le ha atribuido; la de traidor.

 


Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.