De la Profecía a la Hazaña Histórica

Publicación original: Novedades, 13 de julio de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Iberoamérica, historia, política, economía y unidad continental.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Sigue su marcha el impulso unificador iberoamericano, y es Buenos Aires el escenario que en este instante lo actualiza, como antes, apenas en febrero, lo actualizó Santiago de Chile con la minuta de pacto económico chilenoargentino que ahora ratifica el nuevo abrazo de Perón e Ibáñez en la gran metrópoli porteña.

Y ello impone la consideración de que empiezan a tomar cuerpo tangible las adivinaciones de los poetas que, en la hora aciaga del recíproco desconocimiento de los iberoamericanos, profetizáronles el reencuentro de sí mismos e hicieron el vaticinio de su fortaleza para el día en que se consumara el abrazo de los hermanos en un plenario consejo de familia que coordinase el genio, la virtud, el músculo y los frutos de la heredad de cada uno para el mayor decoro, para el mejor arreglo y disfrute de esa gran casa y solar común que es nuestra América:

“Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos;

Formen un solo haz de energía ecuménica…”

Puede decirse que ha pasado aquel momento profético y que ésta es ya la hora de la acción de nuestros pueblos. Latente en su espíritu, la exigencia fraternal del gran abrazo gentilicio comienzan a tenerla ahora a flor de piel, proyectada por una más saludable pulsación de sus arterias, iluminada por el pensamiento de sus hijos mejores y urgida por la voz de la Historia presente.

Hay indicios de que a los primeros pasos firmes de este nuevo camino se han de añadir, a poco andar, los siguientes. Háblase ya de pactos de complementación económica entre el propio Chile, Bolivia y el Perú. Atisbos prometedores permiten entrever un gran colombianismo lúcido, de hechos prácticos antes que de ciertas fórmulas: limitativas u ocasión de discrepancias. En el Brasil gana terreno la consideración de las posibilidades de apoyar las gigantes perspectivas de su creciente industria pesada, más en el concurso que para ello puede brindar la heredad vecina y fraterna que en los suministros distantes y meramente fenicios. Centroamérica, por encima o al lado de padrinazgos de la idea, habla al parecer con más viveza el lenguaje espontáneo de la unificación al través de conjuntas metas económicas.

Y es sintomático y revelador de madurez que esta tendencia unificadora haga énfasis en nuestras potencialidades de fomento económico. Es la experimentada convicción de que ello es el antecedente necesario de otras tareas comunitarias más cercanas al espíritu, pero que no podrían cumplirse con aliento y con probabilidades de triunfo sin el soporte de un bloque económico de apreciable autonomía y robustez.

Esta aspiración de autonomía económica, por cierto, puede decirse que ha perfilado ya sus metas generales: liberación de nuestra condición subalterna de exportadores de materias primas sujetos al monopolio de compra de las grandes potencias, mediante nuestra intensiva industrialización y mediante la diversificación perspicaz de nuestra agricultura que, entre otras cosas, elimine para siempre ese riesgo de extrema servidumbre económica que suponen los monocultivos. En lo interno, ello llevaría a una obvia y subsiguiente elevación del nivel de vida iberoamericano, y haría más hacedero el cumplimentar, con noble y sagaz premura, el clamor de justicia social que llena la redondez de la tierra y que asume singulares y dramáticas resonancias en nuestros sectores populares, sin razón y artificialmente pauperizados.

Y ya en este punto no está por demás reiterar la reflexión que más de una vez hemos expresado a este propósito, la última hace apenas dos años, cuando nada aún veíase en el horizonte que pareciese confirmarla en el tema de Iberoamérica. Los procesos históricos de nuestro tiempo –decíamos, y hoy lo repetimos- parecen acelerar cada vez más su ritmo. Hasta cierta medida y cuando menos en algunos aspectos, hoy día los años cuentan por los decenios, y los decenios casi cuentan por siglos de otras etapas en que el acaecer llevaba un paso más sosegado y parsimonioso. Esto nos urge, a todos los que nos va en ello la posibilidad de grandeza histórica y tal vez aun la de mera supervivencia nacional, a no desviar la atención ni un momento, en acecho del trance de poner nuestro esfuerzo –quizá decisivo- en la gran tarea iberoamericana. De otra suerte, como la premiosa Historia contemporánea no aguarda, nuestra gran oportunidad podría pasar de largo.

Nosotros creemos firmemente que para Méjico es llegado ya ese instante de empezar a sumarse a la colosal, hazañosa labor de forja del inmediato porvenir.

13 de julio de 1953
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