De H.G. Wells a Cortés
Publicación original: Novedades, 2 de diciembre de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: H. G. Wells, Hernán Cortés, historia, literatura, conquista de México, crítica historiográfica.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Ya el lector se habrá hecho la pregunta:
¿Qué disparatado nexo puede establecerse entre el chirle inventor de fantasmagorías a las que pretende dar carta de cosas posibles, y el extraordinario realizador de cosas positivas que parecen imposibles?
No se alarme el sufrido lector. No queriendo interrumpir las referencias al charlatanismo de H.G. Wells, por una parte, y no siendo decente, para otra, omitir siquiera alguna alusión al coloso de la Historia cuyos restos acaban de ser públicamente localizados, hemos querido recurrir para lograr ambos propósitos y darles alguna suerte de enlace, a la ayuda de Diego Cañedo, pseudónimo literario de don Guillermo de Zárraga. En su novela –aparecida hace unos meses- “Palamás, Echevete y yo o el Lago Asfaltado”, hila un relato con bases a lo H.G. Wells. Viajes al estilo típico del novelista inglés, en la tontería mecanicista de la máquina del tiempo, dispositivo que del mismo modo transporta al protagonista al futuro año 10,000 para que se admire con los supercerebros humanos –o inhumanos- de esa por fortuna distante era, o lo retrotrae a la época terciaria en busca del inhallable eslabón perdido.
Dejemos primeramente sentado que un mexicano, por el hecho de serlo, es demasiado inteligente para tomar en serio la aberración científica de la reversibilidad del tiempo, supuesto principio de la maquinita de marras ensoñada por Wells. Pero si acaso un mexicano tiene la debilidad de encaramarse en ella, puede llevar al cabo viajes al estilo de Wells, que ponen cátedra a éste y al resto de la cáfila de viajadores en el tiempo de cómo hacerlo con verdadero ingenio, sagacidad y provecho. Tal es lo que sucede en la novela de Diego Cañedo.
Es así como el héroe de su relato, remóntase, en una de sus incursiones intratemporales, a la Tenochtitlán de los días precortesianos. Vuelto a nuestros días, al asistir a una sesión académica, alza la voz contra los dislates de un arqueólogo norteamericano que da en la flor de defender al canibalismo azteca, “considerándolo como una ceremonia mística”. Y hace entonces, a su tío confidente, la descripción de lo que él vió en el sacrificadero del teocali mayor:
“Él no sabe nada –alude al arqueólogo yanqui-, nada. Conoce la forma de las sandalias con suelas de oro y la decoración de las pipas…; puede contar en azteca e identificar los días del calendario; pero nunca ha visto la sangre que todo lo empapa… Nos habló de los teponaxtles tallados; pero jamás ha escuchado sus notas roncas ni el canto pavoroso de los caracoles… No ha visto cómo a las víctimas cuatro sacerdotes las agarran por brazos y piernas… y el gran indio les clava el cuchillo… Y yo veo cómo el indio hunde los dedos en aquel agujero sangriento y tira, tira, hasta que el corazón se desprende… Los cuerpos son arrojados hasta el plinto del teocali… Abajo, se escuchan los gritos de la multitud que recibe esos restos con una locura jubilosa; al resplandor de la luna podíamos ver cómo se disputaban las piltrafas…” “Él es el loco… Cree que porque se llama Groot puede hacer teorías y decir que formaban un pueblo refinado, y que comían carne humana, poseídos de exaltación religiosa… Los vimos cortar muslos humanos y echarlos en sus ollas o peroles, preparando un guisote que borboteaba en las hogueras. De los miembros sangrantes se desprende una grasa que al calentarse pone en la superficie redondas manchas de azafrán. Las mujeres catan el macabro cocido haciendo cucharas con pedazos de tortilla…”
Convengamos en que este pasaje redime al inteligente Diego Cañedo de la culpa de seguir los pasos de Wells. Es una plausible dramatización de algunos de los horrores a los que la espada purificadora de Cortés puso término. Si eso sólo hubiera hecho, nada más por ello sería acreedor a la alabanza, no únicamente de los mexicanos sino de todo hombre en quien no se haya extraviado la escala auténtica y jerarquizada de los valores esenciales.
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