De Cal y de Arena
Publicación original: Novedades, 9 de mayo de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: civismo, educación, censura, cine, dibujos animados, cortesía y cultura popular.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
CONTRA LA LEPEROCRACIA.
Está llegando a extremos tan lamentables en Méjico el imperio de la majadería –realidad afrentosa que no se puede discutir-, que creemos que sólo podría remediarlo una impostergable intervención de las “altas esferas”. ¿No sería posible que la Secretaría de Educación encabezara –parece lo más lógico- una campaña sostenida y sagaz para rehabilitarnos ante nosotros mismos y los extraños en tal materia? Hay que tomar esto muy en serio, porque, francamente, la ausencia de civilidad, de buenas maneras, de mínima benevolencia mutua en el trato nos está haciendo intolerable el convivir de unos con otros.
Esto último es por demás notorio para quienes nos visitan, lo mismo que para los mejicanos que vuelven a la Patria después de haber disfrutado en países extranjeros un ambiente social en que predomina la atención, la cortesía, el respeto recíproco en las relaciones. El contraste con lo que aquí sucede resulta por demás violento y hasta increíble. Y para los mejicanos, doloroso. Pues, ¿qué fue de aquel señorío en palabras, actitudes y ademanes que distinguían a nuestras buenas familias? ¿Qué se hizo, entre otras cosas, del talante respetuoso de la gente del pueblo, que a cuenta de sus defectos tenía entre otras virtudes la de poseer un ánimo amigable, dispuesto casi siempre a la solícita ayuda al semejante?
Ante la invasión de la leperocracia, hay que reaccionar con medidas represivas, así de policía como sociales. Pero el problema no se resolverá en su médula sino por vías de educación. Y ello debe comenzar desde la escuela. Sin cursilerías, sin extravagancias de amaneramiento, pero hay enseñar –y exigir- al niño y al joven un modo de comportarse con los demás que a la vuelta de algunos años nos recobre el aire de gente decente que otrora tuvimos. Para los que ya no son niños ni jóvenes, habría que especializar la campaña, y en ello la prensa y el cine tendrían mucho que colaborar, pongamos por caso, con el Departamento de Divulgación de la SEP, el que a su vez tendría en esta campaña otra excelente coyuntura para redondear la serie de magníficas realizaciones de diverso género a que en este régimen ha dado cima.
TODO TIENE SU POR QUÉ.
Dos interlocutores a bordo de un tranvía. Uno de ellos confiesa que cuando caen en sus manos las nóminas de películas con que cierto organismo privado trata de orientar sobre la calidad moral y artística de cinta de exhibición, el advertir las clasificadas entre las más agudamente inmorales es lo que en definitiva le persuade verlas. El inmediato comentario es que la susodicha “censura”, viene a resultar una infalible propaganda para las películas que asustan a los mojigatos, pero que deleitan a los “espíritus fuertes” y libres de prejuicios.
Conformes. Pero hay publicidades que no tienen remedio. Hay sitios urbanos en que es preciso declarar, en gruesos caracteres, la prohibición de ensuciarlos. La gente pulcra acata esos avisos. Los léperos, aun alfabetizados, disfrutan singularmente haciendo lo contrario.
Moraleja: todo tiene su por qué, hasta las prohibiciones morales, jurídicas o de etiqueta social.
DIBUJOS ANIMADOS.
¿Han pensado alguna vez los productores de cine en sacar realmente partido a las enormes posibilidades de los dibujos animados? Susceptibles de explotarse, hay temas siempre vigentes que resultan singularmente aptos para este renglón cinematográfico. Disney, con su versión de “Banca Nieves”, hizo el apunte de lo mucho que se puede hacer. Ignoramos por qué razones no han seguido por ese camino, o por qué otros no lo siguieron levantando, al propio tiempo, la mira.
Vale la pena considerar lo que sería ofrecer a los públicos películas a base de dibujos que, puntualmente, no sean caricaturas, sino escueta reproducción de la figura humana, en argumentos de interés perenne. Júzguese lo que podría hacerse, en dibujos animados, con adecuadas adaptaciones de cosas como la Ilíada, la Odisea, la Divina Comedia, así como muchísimos elementos del Romancero o de los Cantares de Gesta. Y otro tanto habría que decir de una infinidad de episodios de la historia de todos los países, de la vida de personajes históricos, ejemplares, o, simplemente, notables por algún concepto. Todo ello, ennoblecido por los incalculables recursos del dibujo –que, en cierto modo, no tienen más límite que el genio y la fantasía del dibujante-, supuesta una exigente documentación por parte del director y de los artistas del lápiz, y realzado por la maravilla del color y del sonido, es seguro que vendría a ser un inagotable manantial de producciones recibidas siempre con agrado por el espectador, y de las cuales podrían salir frecuentes éxitos taquilleros.
Ello sería, desde luego, mucho más productivo que la presentación en la pantalla del insoportable y constante rosario de “churros” peliculeros, que por hoy nos agobia.
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