De Cal y de Arena
Publicación original: Novedades, 30 de mayo de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: independencia alemana, tránsito, civilidad, educación, prensa, México.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
INDEPENDENCIA ALEMANA.
La recién consumada independencia del Estado federal alemán de occidente, impone la reflexión triste de que ha sido necesario el transcurso de una década a partir del final de la última guerra para que los aliados occidentales llegasen a la cumplida rectificación de una política, a la vez que injusta, absurda. Y diez años, ahora que los procesos históricos asumen un ritmo cada vez más acelerado, es exceso de tiempo perdido.
En fin, y aunque es evidente que esta nueva política aliada no es puesta en juego tanto por razones de justicia como por motivos de orden utilitario, hay que congratular a Europa –y al mundo entero- de esta tardía rectificación que ha venido a justificar los esfuerzos alemanes –antes y durante el gran conflicto- para lograr un entendimiento con los aliados frente a la asechanza comunista.
Ahora, de este lado de la cortina de hierro, las moralejas son obvias. Esas moralejas que siempre fueron claras para los criterios verdaderamente libres: la justicia pedía que al consumar la insigne necedad de destruir el más firme bastión antibolchevique, los vencedores occidentales al menos no se hubiesen dedicado a exacerbar los males de la derrota alemana dándole los caracteres de una “derrota cartaginesa”; que no hubiesen emprendido jamás la política de venganza y esclavización de los primeros tiempos de la ocupación del territorio germánico, porque no era justo ni caballeroso ese tipo de represalias contra la población que no tenía más culpa que pertenecer a un país en derrota; que no hubiesen persistido al través de diez años, en sus desconfianzas, cavilaciones y titubeos a propósito de la rehabilitación completa del país que estuvo a punto de librar al mundo del más siniestro de todos los riesgos históricos con un despliegue de heroísmos individuales y colectivos sin paralelo quizá.
EL TRÁNSITO DANTESCO.
El estúpido y criminal incidente automovilístico en que acaba de perder la vida un distinguido literato venezolano, es una vergonzosa muestra –vergonzosa porque refleja una abrumadora multitud de casos semejantes y cotidianos- de la deshumanización creciente manifiesta en el sistemático desprecio a la vida ajena.
Ya es un lugar común referirse a los perfiles dantescos del tránsito capitalino, a los que hace unos cuantos días ha aludido algún connotado visitante que, de vuelta al tráfago neoyorquino, ha sentido que vuelve a la vida después de haberla creído perder muchas veces en unos cuantos días de haber tenido que esquivar los riesgos del tránsito de las calles de México.
Harta razón le asiste. ¿De qué sirve, por ejemplo, si es usted automovilista, que en el manejo de su vehículo extreme el cuidado y la civilidad? A la vuelta de cualquier esquina sale el impensado bólido rodante en el que un cafre está dispuesto a usurparle el paso a cualquier costa, “a como dé lugar”. Y si pertenece usted a los parias del tránsito, y le es fuerza salir a esas calles ya no de Dios sino del diablo, debe hacerlo confeso y absuelto de sus culpas y habiendo otorgado previo testamento; porque bien puede suceder que al ir de una a otra acera llegue a la mitad de la rúa para encontrarse en una precaria “tierra de nadie”, de veinte centímetros de anchura, entre dos rugientes aludes motorizados que corren en sentido contrario y lo sitian por frente y espalda, y de pronto algún auto incursione en la tierra dizque neutral que usted pisa sin que le valga de nada el consiguiente salto acrobático: en el mismo instante en que usted rompe todos los “records” olímpicos estará cayendo en las fauces de otro de los monstruos.
EL IMPERIO DE LA LEPEROCRACIA.
Para quienes, extranjeros nos visitan, y para los mexicanos que regresan al país después de disfrutar en otras latitudes un ambiente social en que predominan la cortesía y el recíproco respeto exterior, es sobrado notorio el hecho –acentuadísimo en la capital- del descenso hasta bajos índices que hemos sufrido en materia de civilidad, de buenas maneras, de mínima benevolencia mutua en el trato.
No cabe duda que serían necesarias enérgicas medidas represivas para eliminar en buena parte tan humillante, tan bochornosa circunstancia. Pero el problema no se resolverá en su médula sino por vías de educación. Y ello –alguna vez lo hemos señalado- debe comenzar desde la escuela. Sin cursilerías, sin extravagancias de amaneramiento. Pero hay que enseñar al niño y al joven un modo de comportarse con los demás que, a la vuelta de algunos años, nos recobre el aire de corrección que otrora tuvimos. Para los adultos, habría que especializar una campaña publicitaria, sostenida e intensa, en la que periódicos y cinematógrafo tendrían que dar el impulso mayor, y que lograse arraigar convicciones y hábitos de cortesía y modales civiles y un ánimo más amigable exteriormente hacia los demás.
¿No habrá alguna entidad, con medios e influjos para abanderar tan urgente campaña de autodignificación social, que recoja esta sugerencia?
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