Dante: Hombre-Flama

Identificador: DM-463.
Publicación original: Novedades, 28 de octubre de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Dante Alighieri, Divina Comedia, Beatriz, Florencia, literatura medieval, catolicismo.
Ilustración de Dante: Hombre-Flama

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Hay una vigorosa y apasionante expresión que –eco de otros siglos de epopeya religiosa, bélica y sentimental- retoña y florece siempre en el huerto católico, en medio, y a pesar de las más abruptas realidades. Destellando, imborrables, sus dorados caracteres en la justa de la Historia Universal, es la empresa que fulgía en el blasón de los paladines de la fe, con su inigualada virtualidad emocional e impulsora de altos hechos. Frase que supo avasallar todo entusiasmo y todo amor con su sonoridad y su singular energía significativa: “¡Por mi Dios, por mi Patria, y por mi Dama!”…

Tal es el grito de combate –plenitud de excelencias- de innúmeros y claros varones que pusieron sus talentos, con fervor enamorado, al servicio de la religión; que encaminaron su esfuerzo indómito y tesonero a la exaltación de la patria, simbolizada en el rey o en la bandera; y que, en suprema galantería, rindieron pleito homenaje a las virtudes de su dama con sus obras y acciones gloriosas.

El arte, la ciencia, la política y la guerra; toda humana actividad, toda noble disciplina, toda manifestación de cosas excelsas es tocada por la potencia arrolladora y delicada a la vez de este grito que encierra, a un tiempo mismo, la vehemencia ideal de una aspiración y el contorno preciso y triunfal de las realizaciones prácticas. Así el santo en la total inmolación al amor esencial. Así el poeta, en sus deliquios inefables de armonía y belleza. Tal el héroe que cae –definitivamente gallardo- en la trinchera, o el que sucumbe –también apoteótico- al paso de las fatigas de una existencia entregada con ávida generosidad al engrandecimiento del solar nativo.

El Alighieri es un arquetipo espléndido que vivió el lema cristiano en su más alta y vibradora inmensidad.

Tres amores hallan en su alma un receptáculo único y gigante. El inflamado amor de lo divino, en áureo ápice. El amor intermedio de Florencia, a la que consagra su actividad política, guerrera y diplomática, lo mismo en el minuto edulcorado de la prosperidad que en la hora amarga de la proscripción. Por último, el amor sublimado y prodigioso de Beatriz de Portinari, el ángel, “el ser celeste”, que le ha de guiar “hasta más allá de la muerte”. Todo en un suave enlace. Sin discrepancias, sin forzados acomodamientos. Todo en una natural, deleitosa ascensión: la dama, el solar de los antepasados… ¡Dios!

Mas si Beatriz y Florencia encierran en la magia de sus nombres las terrestres afecciones del bardo, hay en ellas no obstante, un fulgor ultraterreno. Sí, porque el amor al “vergel del Arno” trasciende la querencia –más alta y valedera- del vergel donde moran los antepasados en la Ley de Gracia, donde se asienta la patria última y eterna. Y, asimismo, Beatriz se transmuta –por extraordinario proceso- en el símbolo angélico y resplandeciente de la Teología, ciencia que era el alma de Dante, quien es a su vez paradigma insuperable del alma del Medioevo.

Sólo esos tres supremos ideales pudieron colmar los anhelos fervorosos de una vida de tan insólita grandeza. Porque constituye el Alighieri –hombre flama, palabra de fuego-, una personalidad señera y excepcional por extremos a que muy pocos han llegado. Es –ha dicho alguien- un gran solitario. Pero –añadimos nosotros- es, también, paradójicamente, una figura intensamente social y de vida de relación. Su antípoda sería un Dante desarticulado de Florencia y de todo lo que a ella incumbe; desinteresado de Italia y sus problemas; del Santo Imperio Romano Germánico; de la Iglesia aun no ya como el Cuerpo Místico de Cristo, sino con su escueta realidad natural de cuerpo social. El genio de Dante rebasa todo marco, cruza todas las fronteras ordinarias: puente entre dos épocas, resume en sí la actitud y la estructura sicológica del gótico; pero sin menoscabo de ello, enfila su proa a rumbos de auténtica modernidad. De esa manera, cristaliza en su vida y en su obra la síntesis vital de la que fue incapaz el narcisismo renacentista de los “bellos espíritus” del mentido humanismo neopagano. Y en una irradiación franciscana –católica por ende- rompe por modo iluminado todo particularismo, desborda todos los cauces comunes en una inundación de apostólica universalidad. Dante, humanista de buena cepa, es lo más lejano de la soberbia del “superhombre”.

Por eso, superando las donosuras galantes que encerró en la Vita Nuova; las disertaciones –eruditas y líricas, a la par- del Convivium, y el pensamiento político de su Monarchia, da cima al poema en que manos pusieron cielo y tierra. Y en su Commedia divina, eleva el monumento portentoso a sus tres grandes pasiones, ante el cual el adjetivo se desmorona en todo esfuerzo de adecuada calificación. Vibra en ella el “trémolo” patético del amor de Florencia. Alumbra, angélica, la purificadora, radiante fisonomía de Beatriz. Y arde, insaciable e increíblemente osada, la llama de una palabra que toma su fuego de la hoguera que todo lo consume, consuma y cifra: ¡el amor de la Augusta Trinidad!

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