Cuando Resucitó la Leyenda Negra

Identificador: DM-083.
Publicación original: Novedades, 20 de febrero de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: leyenda negra, Motolinía, Bartolomé de las Casas, Nueva España e historiografía.
Ilustración de Cuando Resucitó la Leyenda Negra

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Por aquello de que los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz, en el Siglo XVIII la conjura anticristiana y antihispánica estrenaba el método de suscitar corrientes de opinión en que ésta se formaba con elementos sentimentales en indebida prelacía sobre juicios verdaderamente racionales. Muchas veces, los buenos se embarcaron en esas corrientes sin percatarse de la burda engañifa, de la indefendible falacia en ellas implícita.

Fue un golpe maestro, en verdad. Recordemos que el estatismo creciente de la Corona española bajo la dinastía borbónica, y sus consiguientes manifestaciones tiránicas, fueron fomentadas y apoyadas por una acción revolucionaria y totalitarista emprendida desde la misma cumbre del poder político, significada por el Trono. El entonces nuevo orden administrativo y fiscal, así como ciertas medidas antirreligiosas –tal, la impopular expulsión de los jesuítas—reflejaron muy vivamente la flamante estatolatría. Quienes aparecieron precisamente como fautores y ministros de ese absolutismo fueron los españoles peninsulares.

No fue necesario más para que ciertas propagandas, de origen también revolucionario, desvirtuasen fácilmente el sano y plausible sentido del criollismo de los nacidos de españoles en América, trocándolo en insensata malquerencia contra los españoles europeos, haciéndolos ir más, pero mucho más allá de las reivindicaciones justificadas. De ahí al odio contra España misma no había más que un paso, que se dio por cierto con sorprendente presteza.

Pero hubo algo más gordo. Algunos de los jesuítas, desterrados de sus patrias americanas, víctimas por lo tanto de las ideas subversoras, se convirtieron –sin tener de ello la menor sospecha- en instrumento de tales ideas-verdugos en el empeño de éstas por debilitar lo hispánico desprestigiando sus raíces. Entre los mejicanos, el ilustre Clavijero “representó la reivindicación anticonquistadora, disfraz vistoso del patriotismo en frase de Pereyra. El jesuita ecuatoriano Velasco y el jesuita peruano Viscardo y Guzmán son otros notables ejemplos de lo mismo. Repentinamente, se cayó en la cuenta de que los tres siglos virreinales no habían sido otra cosa que “ingratitud, injusticia, servidumbre y desolación”. Resucitó, en ese punto, en la literatura de los criollos la añeja leyenda negra antiespañola de cuño holandés y británico. Un indigenismo falso antindigenista, si bien se miran las cosas-, mal entendido y suicida, encontró súbitamente sus corifeos intelectuales en muchos que no tenían gota de sangre aborigen, pero en cambio novelaban restauraciones de tronos incaicos y aztecas. Emergió, en fin, del olvido, el padre Las Casas, hablando de la destrucción de las Indias por los peninsulares.

Lo que nadie recordaba era lo que el benemérito Padre Motolinía había apostrofado a Fray Bartolomé, en memorables circunstancias: “… cómo, padre, todo vuestro celo y amor que decís que tenéis a los indios se acaba en traerlos cargados y andar escribiendo vidas de españoles, y fatigando a los indios, que sólo vuestra caridad traéis cargados más indios que treinta frailes; y pues un indio no bautizáis –referencia a los escrúpulos de Las Casas para administrar el bautismo a los indios- ni doctrináis, bien sería que pagáseis a cuantos traéis cargados y fatigados.”

Es, en cambio, ahora, otro jesuita, el padre Bravo Ugarte, al que propios y extraños reconocen como a uno de quienes más lustre dan a nuestro movimiento contemporáneo de publicistas e investigadores históricos, quien sí recuerda los juicios motolinianos sobre las conocidas actitud y actividades de Fray Bartolomé en el tema de la conquista y sus derivaciones. Da hoy a la estampa –en pulquérrima edición de JUS, a dos tintas y en excelente papel- la carta que con aquel motivo escribió Fray Toribio a Carlos V. Ello resulta de oportunidad suma, en esta hora en que se pretenden remover las diatribas –más que argumentaciones- de Las Casas. ¿Cómo no encarecer vivamente la lectura de este iluminador documento, testimonio de primera mano de prima autoridad, insistiendo en las observaciones que hace, sobre Fray Bartolomé, García Icazbalceta a don José Fernando Ramírez, en carta que en este volumen se inserta como valioso apéndice? El íntimo sentido de la epístola motoliniana bien lo puntualiza Bravo Ugarte en palabras introductorias:

“A Motolinìa, retirado en el convento de Tlaxcala y en los años ya de su ocaso, le llegan los recientes impresos de Las Casas, anacrónicos en sus datos, utópicos en sus fines, perturbadores de las conciencias, difamantes para toda la sociedad de la Nueva España, a la que él –Motolinía- profesa hondo cariño, como muy suya, como hija de sus trabajos y desvelos de treinta años. Por esto, su espíritu se enciende, toma la pluma y responde con exaltada vehemencia a Las Casas, que difama y que calumnia. Su carta es la primera vigorosa defensa de la naciente Patria Mexicana”.

Cuando la leyenda negra resucita, bueno es recordar el testimonio de Motolinía, “permanente testigo de los acontecimientos, así de los malos como de los buenos, y un investigador, por afición, de ellos y su historiador por precepto de la obediencia”; rectificador de quien “solo recorrió la Nueva España en aventuras que amargaron más su espíritu”, y de quien un espíritu tan ponderado como Menéndez Pelayo expresa –según nos recuerda el propio Bravo Ugarte-: “violenta y asperísima su condición; irascible y colérico su temperamento; intratable y rudo en su fanatismo de escuela; hiperbólico e intemperante su lenguaje, mezcla de pedantería escolástica y de brutales injurias. La caridad misma tomaba un dejo amargo al pasar por sus labios”.

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