Cruz de Mayo
Publicación original: Novedades, 3 de mayo de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Santa Cruz, religiosidad popular, albañiles, Sevilla y México.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Muy antigua festividad del mundo cristiano, es ésta. Se conmemora y celebra en ella la invención de la Santa Cruz del Salvador. Esta palabra “invención”, úsase aquí en su sentido original y amplio de hallazgo. No está de más el aclararlo porque no faltó peluquero jacobino –nadie sabe por qué, hasta hace algunos años, abundaban los fígaros anticlericales- que creyese que el tres de mayo los “curas” celebraban la fecha en que habían urdido uno de sus consabidos embustes para engaño del pueblo.
En el siglo IV, la piedad de Santa Elena, madre del emperador Constantino, la llevó hasta los Santos Lugares con el laudable propósito de localizar el sitio en que estuviese el Madero en que se consumó nuestra Redención. Después de algunas pesquisas, al fin fueron halladas tres cruces, al parecer en paraje muy cercano al sepulcro de Jesús. La tradición nos dice que, no habiendo manera de averiguar cuál de ellas era la del Señor, se puso a prueba la respectiva virtud de cada uno de los tres instrumentos de suplicio. Una sola de las cruces fue la que realizó varios milagros patentes, por lo que ya no hubo duda de que fuese aquella en que, trescientos años antes, había Jesucristo padecido y muerto.
Como es fácil comprender, el júbilo cristiano fue enorme. Y ese júbilo es el que cada año se renueva, así en la celebración litúrgica como en los festejos populares.
Entre nosotros, la gran devoción que tiene el pueblo para esta fiesta nos viene seguramente de la devoción española. En esta última, ha sido particularmente famosa e ilustre la costumbre sevillana de alzar, dentro de los maravillosos patios moriscos de su ciudad, una cruz adornada de ramas y flores. En el arte y primor de este ornato compiten las casas sevillanas en reñida y piadosa justa.
Esa tradición tiene su réplica, ni más ni menos, en la simpática y ruidosa de nuestros albañiles. El tres de mayo –que es, en forma espontánea y tácita, lo que hoy llamaríamos “el día del albañil”- este gremio tan numeroso y siempre disperso en las múltiples obras de construcción que nunca faltan en todos los puntos de nuestra ciudad, levanta en el sitio más conspicuo de cada una de tales obras una cruz en la que jamás se echa de menos la ornamentación floral y de ramaje, y, a veces, para el regocijo de las horas de la noche, una bien aderezada y moderna iluminación a base de luz eléctrica.
En tal día, quieras que no, la población capitalina madruga. La dulce pereza de las postreras horas de sueño, se hace imposible. El estruendo del estallido de la cohetería rompe la calma del amanecer. Antes que el sol salga, ya todos, peones y maestros de obras, encaramados en la más alta de las paredes de la construcción lanzan a los aires el estrépito de la pirotecnia, ceremonial del que en esta ocasión no les es posible prescindir. El regocijo de las explosiones suele disminuir en el curso de la mañana; alcanza su intensidad mayor al mediodía, y tiene su última aunque amenguada manifestación en la noche, durante la cual se ve surcado el fondo oscuro del firmamento por la estela de los menudos meteoros de pólvora, y coloreada por las gayas luces de artificio.
¿Que a veces toda esta jácara, además del concienzudo disfrute de sabrosas fritangas, va acompañado de excesivas libaciones? Por desgracia, así ocurre. Pero el pueblo es igual en todas partes del mundo: suele, motu propio, derivar del sentido íntimo y virtuoso de las festividades religiosas, el pretexto para demasías. Pero un atento observador puede comprobar, en estas ocasiones, en la psicología de nuestras clases populares, a pesar de su ignorancia y sus defectos, una intención sana y elemental de festejar lo que debe ser festejado. Esa es la secreta razón de que, no obstante los excesos a que aludimos, estos convivios de los albañiles susciten una sonrisa de indulgencia para aquello en que yerran, a la vez que de honda simpatía para aquello en que aciertan: dar a la celebración de la fiesta de la Cruz un cierto aire triunfal que recuerde el fragor épico de las salvas de artillería.
Dijérase que estos humildes obreros se empeñan en recordar a nuestro mundo –sumido en un letargo de olvidos mortales- la perenne victoria sobre el mal, del más noble de todos los símbolos, al que la elocuencia de Agustín saludó con voz inolvidable:
“¡Salve, oh Cruz: esperanza única!”.
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