Croacia, Frontera Trágica
Publicación original: Novedades, 17 de febrero de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Croacia, Carlos de Habsburgo, Adriático, catolicismo, Yugoslavia, comunismo, Occidente.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
La ágil, docta y acerada pluma de don Pedro Vázquez Cisneros acaba de publicar en un diario metropolitano una interesantísima remembranza del magnánimo y caballeresco Carlos de Habsburgo, último emperador de Austria-Hungría.
Ello nos ha traído el recuerdo de aquel nuestro cordial interlocutor que una noche viajera nos habló, larga, apasionadamente, de su distante patria: Croacia, otrora miembro del imperio habsburguiano al que no se le ha encontrado aún substituto como factor de equilibrio europeo.
Peculiar y glorioso, pero doloroso y trágico el destino de Croacia, nos decía aquel noble patriota. Desde el siglo V, el siglo de los magnos aludes bárbaros, cuando Croacia era la Iliria romana, ha sido una perpetua frontera de Occidente, y toda invasión ha sabido de su indomable romanidad. Entre otras, las de los ávaros y los turcos por memorables ejemplos.
A lo largo de las centurias, añadía, mientras otros pueblos occidentales como Francia e Italia, a pesar de las guerras tenían tiempos de restañar heridas y reflorecer, su hermana de la ribera oriente del Adriático casi no conoció otra cosa que el constante y desorbitado desangrarse. Alguna vez, en el siglo XI, conoció una etapa de verdadera potencia europea. Pero aquel momento pasó. Pudo más lo adverso que hay en su sino fronterizo y otra vez frustróse el proceso de su desarrollo. Por eso hoy es un país geográficamente y demográficamente pequeño. Hoy los croatas son aproximadamente 6 millones. Un desenvolvimiento normal, análogo al de otros occidentales, habría elevado esa cifra a los 50 millones en la actualidad.
Mas ello no fue posible. Y Croacia, una y otra vez, se desangró en las centurias medievales… Para que Dante pudiese escribir sus tercetos inmortales, y Tomás de Aquino sus monumentales Summas, para que los anónimos alarifes cristianos levantasen sus filigranas góticas, o más tarde, para que Miguel Ángel dejase perenne testimonio del genio renacentista en la Capilla Sixtina.
Lo más notable estriba en que Croacia, a pesar del tremendo peso de su destino histórico, jamás ha renegado de él ni hay la menor probabilidad de que a él renuncie. Es su tragedia, pero es su gloria. Y esa fragua de dolor infinito y permanente ha templado hasta lo infrangible su gigante alma nacional, en que el predominante factor étnico eslavo no es óbice para su formidable, para su ejemplar contextura romana. Y su catolicismo, como el irlandés, como el vasco, es un catolicismo militante e irreductible. Como en México, médula de las esencias colectivas.
Precisamente su romanidad y catolicidad explican la delicada sensibilidad para todo aquello que atañe a su dignidad como entidad con autónomo perfil espiritual y jurídico. Su membresía al imperio austrohúngaro se fincaba –como es sabido- no en una anexión, sino en ese “status” sui géneris que es la “unión personal” a través de un monarca común. A veces, la unión personal trataba de ser rebasada por Viena legislando sobre asuntos interiores de los croatas. El intento se estrellaba contra su firme y abierta sensibilidad autonómica. Y a final de cuentas, siempre era sólo el parlamento de Croacia quien podía decidir sobre la vida interior de su pueblo.
Definitivo en sus lealtades, este país peleó sin reticencias al lado de los imperios centrales en la primera guerra mundial. Resultado: la entrega injusta y absurda –dizque en virtud del “principio de las nacionalidades”- a la artificial entidad yugoslava, que no es sino un pequeño imperialismo servio, no por pequeño menos ilegítimo y fuente de peligrosos desasosiegos balcánicos. En la guerra mundial número dos, alineóse con el Eje Roma-Berlín, no por simpatías al nacionalsocialismo sino porque –con más de media Europa- sintió claramente la magnitud y el horror de la amenaza comunista. Una vez más entraba en juego su signo histórico de frontera de Occidente y una vez más le fue fiel –no se puede negar ahora que lúcidamente fiel-. Cuando no se cerraron al través del Cáucaso y del Canal de Suez las grandes pinzas alemanas, pudo haberse sumado al general “cambiazo” que a la sazón comenzó a suscitarse subterráneamente en Europa. Pero no lo dio. Ni entonces ni después. Era para él algo no sólo imposible sino escuetamente ininteligible. Y la hidalguía hacia sus aliados germanos persistió hasta el último momento y extremóse incluso al punto de proteger su retirada en aquel sector permitiéndole internarse en el territorio de la “Vaterland”. Y vino entonces el comienzo del increíble e inmisericorde castigo. Porque el ejército croata consiguió también rendirse a los aliados occidentales. Mas ello de nada valió. Como en calidad de “insurrectos” yugoslavos fueron “devueltos” a Tito. Recordamos que nuestro interlocutor insistió rotundamente en rectificar la cifra por nosotros conocida, y –según él- no 200,000 sino 500,000 croatas –casi la décima parte de la población total- fueron triturados por las fauces bolcheviques en menos de una semana de inenarrable pesadilla. Era la juventud del país, sucumbiendo en masa a la hasta hoy inexorable fatalidad del trágico destino de Croacia.
Y otra vez más, un país católico, latino y occidental, fue sometido al oriente. A un oriente ahora ya no bizantino sino comunista.
¿Qué piensa Occidente hacer para enmendar sus errores pasados, su sombría ingratitud para con tan diamantina y caballeresca bravura, para con esa milenaria generosidad rubricada, con tan exorbitante inundación de sangre?
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