Crítica y Autocrítica de los Estados Unidos
Publicación original: Novedades, 21 de mayo de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Estados Unidos, autocrítica, materialismo, cultura occidental, cristianismo, política internacional, Hispanoamérica.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Por convicción o por deseo de halagar al poderoso, cuando hoy día se subraya el contenido materialista del sistema soviético, es frecuentísimo manifestar a guisa de contraste, un desmesurado optimismo acerca del espíritu que alienta en la civilización norteamericana.
En bien de todos, conviene decir que una observación detenida de los hechos reales reduce considerablemente ese optimismo. No son ya extranjeros, sino norteamericanos que aman a su país y quisieran verlo a la altura de su presente importancia histórica, quienes se percatan de ciertas deficiencias básicas y señalan por principio de cuentas la generalizada tendencia de sus connacionales “a reaccionar, más que a impulso de principios espirituales y dignos, a los influjos de la fuerza y del dinero”. Preocupados por la gravedad de éste y otros datos de índole tan netamente materialista como la de los propios postulados del marxismo, dichos norteamericanos sinceros desechan la manida patriotería barata a base de la exaltación indiscriminada y en bloque del decantado “modo americano de vivir”, e insisten, con laudable y constructiva franqueza, en su tremenda carencia objetiva de elementos espiritualistas y cristianos.
En tales honrados exámenes de conciencia sobresalen voces católicas. Una de ellas ha llegado incluso a decir dentro de un distinguido recinto universitario: “No daremos el primer paso en el largo camino que lleva a la integración de una cultura nacional, hasta tanto no nos hayamos convencido a nosotros mismos, Y LUEGO PERSUADIDO A LOS DEMÁS, de que UN VASO DE AGUA, DADO EN NOMBRE DE LA CARIDAD, ES DE MÁS VALOR QUE UN GOLPE DE BOLSA AFORTUNADO”. Y agrega: “Nuestro país, afrontando los deberes de una dirección internacional, debe defender la dignidad de la persona ante las tendencias dictatoriales, LA SANTIDAD DEL HONOR EN CONTRA DE LA FUERZA DE LAS ARMAS, los principios de equidad y justicia en oposición a las ansias esclavistas. Y LA VERDAD FRENTE A LA PROPAGANDA SINTÉTICA, PERO –concluye- COMO ESTAS VIRTUDES PERTENECEN AL ORDEN ESPIRITUAL DE LAS COSAS, LOS ESTADOS UNIDOS CARECEN DE ELLAS EN ESTOS MOMENTOS O NO CREEN EN SU EFECTIVIDAD, Y POR TANTO NO ESTÁN CAPACITADOS PARA LLENAR CUMPLIDAMENTE ESA FUNCIÓN DIRECTORA”.
Testimonios como éste tienen un doble valor. Por una parte, contienen un llamado a saludables y urgentes rectificaciones dentro de la propia conciencia nacional estadounidense. No provienen de un censor europeo, pagado de la ilustre antigüedad de su cultura o con complejos de pariente pobre a quien tal vez humillan un poco los socorros de tipo Plan Marshall con que lo favorece el pariente rico. Tampoco provienen del vecino hispanoamericano, igualmente o más pobre, con agravios históricos o actuales y fáciles desconfianzas, y a quien se considera un tanto medieval en sus reacciones. Son la expresión de una autocrítica brotada del propio seno del cuerpo social norteamericano y que por ello no se presta a suspicacias sino a consideración alerta que debe suscitar propósitos depuradores.
Por otra parte, este género de autocrítica franca de determinadas facetas de la tónica sociológica de los Estados Unidos constituye un argumento extrínseco que justifica a quienes en Hispanoamérica, por ejemplo, han coincidido en las mismas apreciaciones. Hay que recordar cómo en nuestros países los defensores oficiosos de todo lo que son y hacen los Estados Unidos, juntamente con ciertos espíritus bien intencionados pero poco profundos, cuando alguien se refiere al utilitarismo yanqui, verbi gratia, o declara su inconformidad con algunos aspectos de la política exterior del vecino norteño –muchas veces influida por ese utilitarismo-, acostumbran tildar inmediatamente sus opiniones de jingoístas y de expresar rancios resentimientos. La verdad es que el capítulo de los agravios iberoamericanos, aunque ligado con él, es diverso del capítulo que se refiere a la escueta crítica objetiva de los elementos de materialismo hedonista y utilitario que por desgracia penetran así la civilización como la conducta exterior norteamericanas. Destacar esos datos que, como en otros países occidentales, hablan de la presencia de un evidente materialismo práctico, vivo, cotidiano y extendido a pesar de la acción meritoria de importantes fuerzas espiritualistas que no alcanzan a ganar la primacía, no dice de suyo enemistad ni nada tiene que ver con jingoísmos y resentimientos, sino lisa y llanamente con la lúcida advertencia del riesgo tremendo que significan como posibilidades –ya muchas veces cumplidas- de contagio imitativo de mentalidad y costumbres, o en cuanto directa o indirectamente las motivaciones materialistas de un espíritu colectivo pueden determinar la política internacional de la primera potencia del mundo presente.
Quien esto escribe tiene amigos norteamericanos que entienden de sobra que no entraña forzosamente enemistad señalar ajenos defectos. Que ello es, muchas veces, saludable advertencia que busca el verdadero bien del prójimo y el de cuantos con él han de resolver civilizadamente los problemas que plantea toda convivencia.
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