“Coventrización” del Espíritu

Identificador: DM-454.
Publicación original: Novedades, 26 de agosto de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Thomas Merton, cultura moderna, materialismo, cine, jazz, vida espiritual.
Ilustración de “Coventrización” del Espíritu

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El desprecio al medieval argumento del “magister dixit” es uno de los estribillos favoritos del hombre medio de Occidente de los últimos ochenta o cien años. Sin embargo, ese mismo hombre medio, con risible incongruencia, suele ingerir mansamente cuanta pastura intelectual se le ofrece en libros, tribunas o cátedras siempre que se le sirva aderezado con el artificio literario, con el énfasis dogmatizante, con el tecnicismo esotérico o con la suficiencia olímpica.

Y este casi siempre insolvente pasto “cultural” es regla que acabe por asfixiar el entendimiento –que un día llegó a creerse muy autónomo- en una tupida malla de opiniones y doctrinas, y aún de exégesis de unas y otras, frecuentemente contradictorias entre sí, pero en las que el común denominador suele ser la prédica de desatinos filosóficos y religiosos; de aberraciones en el orden moral; de falsedades históricas; de tesis sociales y políticas que combinan la subversión con la pedantería; de simples hipótesis o bien de datos científicos comprobados, pero que en todo caso se utilizan para hacer las inferencias más arbitrarias y hasta delirantes, para sacar conclusiones tan traídas de los cabellos que sólo el prejuicio libresco o la indocta inexperiencia no perciben la descarada falsedad de las premisas, la patente falta de relación o la desproporcionada liga dialéctica que pretende establecerse entre los antecedentes y los consecuentes.

Ese excepcional testimonio que es la autobiografía del converso norteamericano Thomas Merton nos da de ello ejemplos muy característicos. Así, por delicada muestra, recuerda a un su amigo que cierto día descubre un libro –dizque “Bosquejo del Conocimiento Humano”- que “entraba en detalles de adivinanza psicoanalítica por la inspección de los excrementos… y de lo cual ya conservaba aún bastante sentido para reírme en aquel entonces”. Pero, en cambio, nos dice, más tarde “pasé mucho tiempo devorando la “Fantasía del Inconsciente”, de D.H. Lawrence, que, aun como psicoanálisis, es completamente irresponsable y, tal como reza el título, una fantasía. Lawrence recogió una serie de términos como ganglio lumbar”, los mezcló y coció con su propia veneración del instinto del sexo, para producir la fantástica mezcolanza que yo leía reverentemente como si fuera algo así como una revelación sagrada…”

Esos dos menudos episodios bibliográficos son por sí bastante expresivos y explican por qué el hombre de estos tiempos verdaderamente una “carne de cañón del espíritu”, expresión que bien pudo haber acuñado Merton. Porque en efecto, la mayoría de lo que se le sirve al hombre moderno como si fuera cultura resulta una positiva sucesión de andanadas de artillería de grueso calibre, tras de las cuales no queda otra cosa que la humeante confusión de las ruinas de los espíritus.

Agréguese a ello el apoyo formidable que a esta artillería presta cierto tipo de diversiones que la modernidad ha impuesto, y hágase cuenta de que cada día, de una u otra manera, sobre el hombre contemporáneo se disparan o se dejan caer proyectiles psicológicamente equiparables a las bombas V-2 ó a las bombas “tumba manzanas”. Entonces se obtiene un cuadro aún más completo de la rabiosa destrucción, de la “coventrización” sistemática de que se le hace víctima.

¿Qué decir, si no, de ese vagabundeo por los clubes nocturnos que Merton evoca? Sitios sórdidos, éstos, en que se amontonaba la gente entre “tormentas de jazz” de manera que ni aun se podía bailar; donde “si uno movía el brazo para beber casi hacía saltar al vecino de su taburete”, y donde sólo los mozos podían abrirse paso “al través del mar de caras hostiles, llevándose el dinero de todos”.

“No era que nos emborracháramos –se precisa-. No; era esta cosa extraña de sentarse en un local lleno de gente y beber sin hablar casi, dejándose ensordecer por el jazz que vibraba por todo aquel mar de cuerpos, envolviéndolos en una especie de ambiente fluido. Era una extraña parodia animal del misticismo el sentarse en estos ruidos locales, con el ruido penetrándole a uno y el ritmo saltando y vibrando en la médula de los huesos… Nos sentábamos ahí, eso era todo. Si al día siguiente teníamos mareos, era debido más al fumar y al agotamiento nervioso que a otra cosa”.

Y análoga a ésta, la estupidización progresiva que sufren no los buenos aficionados, sino los maniáticos del cinematógrafo. Calcula Merton que él, su hermano y sus amigos de entonces vieron probablemente cuántas películas se produjeron de 1934 a 1937. “Muchas de ellas –confiesa- eran simplemente horribles. Lo que es más, se hacían peores de semana en semana y de mes en mes, y cada día las detestábamos más… Los cines pronto se convirtieron en una especie de tormento… No podíamos apartarnos de ellos. Estábamos hipnotizados por aquellas luces amarillentas vacilantes y los grandes carteles de Don Ameche. No obstante, tan pronto como entrábamos, el sufrimiento de tener que estar sentado y mirar estupideces tan colosales se hacía tan agudo que a veces nos sentíamos físicamente enfermos. Al cabo, no podía estar sentado durante una función cabal… Era como encender cigarrillos, fumar unas chupadas y arrojarlos, asqueado por el mal sabor de boca”.

“¿Por qué íbamos a todos esos cines? Ese es otro misterio” –dice Merton. En realidad, la respuesta está en otra página suya: “En ninguna parte, excepto acaso en la sociedad análoga de la Roma pagana, ha habido nunca un florecimiento tal de lujurias y vanidades baratas, mezquinas y repulsivas, como en el mundo del capitalismo, donde no hay mal que no se fomente y estimule por hacer dinero. Vivimos en una sociedad cuya política entera consiste en excitar todos los nervios del cuerpo humano y mantenerlos en el más alto punto de tensión artificial, para llevar todo deseo humano al límite, y crear tantos deseos nuevos y pasiones sintéticas como sean posibles, a fin de abastecerlos con los productos de nuestras imprentas, nuestros estudios de cine y todo lo demás…”

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