Cosas Que Arden

Identificador: DM-059.
Publicación original: Novedades, 27 de octubre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Alfonso Junco, polémica, verdad, religión, ciencia, pena de muerte, lengua y ortografía.
Ilustración de Cosas Que Arden

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

A trece años de la primera, en su flamante, pulcra y segunda edición, el popularísimo libro de Alfonso Junco –cuyo es el rubro que encabeza estas líneas- sigue incendiando espíritus en la hoguera purificadora de la verdad. Son páginas hechas para eso precisamente: para consumir en holocausto –que es el sacrificio por el fuego-, en el ara de la ciencia auténtica, todas las escorias que en sucio montón han sobre ella acumulado ya el error de buena fe, ya la rutina intelectual, ya la dañada intención de quien a sabiendas se constituye en propagador de la mentira.

De ese ígneo sacrificio, en los temas quemantes de actualidad que dan materia a este volumen, queda la esencia limpia de desnudas y graníticas certezas levantadas sobre el duro pedestal de una objetividad exigente y ceñida. Porque éste –como otros libros de Junco- resultado es del fuego de la polémica, siempre depuradora cuando al menos uno de los antagonistas entiende y hace entender al lector los términos, y puntualiza con rigor dialéctico el planteamiento de la cuestión que se debate. Oficio es ése, natural e íntimo de la llama: la depuración. Y bien lo cumple, en cada una de estas “cosas que arden” lo mismo “en el crisol de nuestro Méjico dulce y trágico”, que “en la lumbre del amor y en el relámpago del arte”, “en la llama traviesa del humorismo”, o, tal vez… “en un candil”; esto último, por su nimiedad no buscada, pero impuesta por las circunstancias, no siempre benignas con los escritores que –como Alfonso Junco- tiene como una de las vías normales de su impulso lo trascendente y –por ello mismo- realmente fecundo.

De ahí la distancia que media entre asuntos tales como la penetración protestante en México, la eficacia preventiva de la pena de muerte o la pretendida antinomia entre la ciencia y la religión, y aquellos que como el que hace referencia a la recta grafía de México o a la significación etimológica de Celedonio, viven en regiones de interés menor o francamente trivial. Y aquí viene de perlas una no desdeñable observación. Recordamos, a propósito de la inverosímil tempestad periodística que hace años hubo de desatarse en torno de “Celedonio”, que cuando alcanzaba su máximo fragor en los diarios capitalinos esa memorable polémica –vuelta absurda, por su persistencia y el increíble número de gentes que en ella pusieron mano-, no faltó quien y aun quienes hiciesen comentarios adversos a Alfonso Junco, tildándolo de haber dado ocasión y alimentado la hoguera de tan bizantinas discusiones, que robaban a los temas de verdadera entidad un espacio precioso en las columnas de los periódicos.

Repetimos aquí, ahora, lo que entonces privadamente dijimos: esas opiniones tenían como origen la falta –repetida aquí, en lo pequeño; como, en otros casos, en lo grande- de no enterarse lo suficiente de la verdad de los principios y de la sucesión de los hechos. Lo cierto es que, al suscitarse por obra de un donairoso contradictor de Junco la esgrima de la controversia, este último no hizo sino redargüir y confutar los pareceres de los iniciales opositores. Nada más. Lo pedía, entre otras cosas, la buena educación. Pero estos primeros antagonistas en duelo tan mayúsculo como intrascendente, fueron como el centro indudable de un fabuloso, dilatado campo magnético en que se desató toda la posterior, ridícula tormenta que dejó en el ánimo del público una invencible sensación de desencanto, viendo que gente sesuda así malgastase el tiempo propio y el ajeno en extremos tan baladíes.

Y ello es una prueba más de los injustos juicios a que, con frecuencia, lleva la pereza mental. Y puntualmente, Junco, en sus “COSAS QUE ARDEN”, nos da aleccionador ejemplo de diligencia intelectual en el análisis inquisitivo y púgil –sin desmayos ni indolencias- de las cuestiones, en las que no deja de considerar nada que se refiera a la esencia del debate; por la severa y nunca desechada compulsa de los hechos o las citas aducidos. Y es, sobre esto, de fulgurante ejemplaridad lo que en algunas de las páginas que comentamos declara acerca de “la emboscada de las citas”, en la que muchos inadvertidos suelen sufrir tropiezos a manos de esos salteadores del pensamiento que por profesión tienen el inventarlas, o trastrocar su sentido por mutilación, añadidura o alteración, o por falaz desprendimiento del contexto que las define y connota.

Las cosas que en este enjundioso volumen se contienen, siguen siendo “cosas que arden” en el actual interés del público de habla hispana, cuyo aplauso ha situado a Alfonso Junco –de mucho más atrás. En la categoría de los autores selectos, mayormente solicitados, por su exquisita madurez literaria, por su insobornable probidad, por la llama de su cordial simpatía, por el inmaculado penacho caballeresco con el que signa heráldicamente toda su obra, haciéndolo flotar a todos los vientos de la hora como un blasón de constante hidalguía.

 


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