Contra las Verdades Equilibristas

Identificador: DM-281.
Publicación original: Novedades, 4 de enero de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: verdad, propaganda, democracia cristiana, liberalismo y libertad de expresión.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Uno de los signos lamentables que caracterizan en México al lenguaje condimentado para consumo del público, es la persistencia de ciertos tabúes pintorescos en que pocos creen pero cuya intocabilidad viene a ser un cómodo valor entendido: no sólo para quienes ello les tiene cuenta por diversas razones utilitarias, sino aun para algunos antagonistas de los susodichos tabúes.

Más claramente: hay gentes honradas y de limpia intención que todavía se fingen ortodoxos feligreses de fetichismos inferiores y caducos, queriendo servirse de ellos como de pararrayos que permitan expresar ciertas verdades que, si se hacen manifiestas sin andar al propio tiempo del brazo de otras supuestas verdades –de esas que el Estado aprueba y bendice-, atraerían fulminantes descargas represivas que pueden ser de variada índole de acuerdo con el tipo de electricidad política que a la sazón prive en nuestra atmósfera dizque democrática. De esta suerte, al referirse a “verdades verdaderas”, cobíjanlas con el manto –que se piensa protector- de perniciosos errores gratos a las oligarquías nacionales e internacionales del momento, dando así a tales errores el espaldarazo que lícitamente sólo se puede otorgar a la verdad.

No sólo ineficaz: contraproducente resulta ese empeño de amparar verdades bajo la sombra siempre ponzoñosa del error. Con ello, la nativa eficacia de aquéllas se angosta y empequeñece, tal como las plantas que, nacidas de noble simiente, tuvieron la mala fortuna de brotar en tierra sombreada por el árbol venenoso, cuya maligna cercanía las hace crecer a duras penas, entecas, desclorofilizadas, amarillentas que es una lástima.

Dijimos alguna vez que, así, son esas verdades “como niños de hospicio: sin risa ni gracia de espontaneidad en el espíritu; cruelmente atados por complejos de inhibición; siempre temerosos de las prescripciones negativas: “no hacer esto, no tocar aquello...” Tales verdades son, de esa guisa, puestas en trance de equilibrismos imposibles, como los que a veces se pretende realizar entre la infancia, que pide cosas positivas –amar a la madre, jugar con los hermanos, rezar a Dios, trepar al árbol, saltar la zanja, comer la golosina- y el disciplinario rigor, siempre un poco o un mucho marxista, del asilo”.

En este caso, el asilo del error, de la mentira, que ejerce una feroz, torturante constricción sobre las verdades que a él se pretende arrimar; que las asfixia y desvitaliza, coartándoles el sano alborozo de asolearse a sus anchas, y aun de consumar a ratos alguna que otra travesura riesgosa, sí, pero siempre tónica por lo que tiene de irradiación de una saludable osadía de carácter.

Pero –argüirá alguno-, es que hay tiempos de acometer y tiempos de esperar... Cierto: pero para aguardar, incluso hasta para retirarse, es preferible muchas veces el silencio sobre aquello que se falsea en la publicidad de los directores del gran Hospicio de la Mentira, los que, en un momento dado, pueden atrapar y someter con duras cárceles –físicas o morales- al párvulo atrevido –hay quienes llamaríanle “ingenuo”- que toma en serio el oficio de pregonero de las verdades integralistas. Peor resulta, y no tiene ello sentido, que él mismo se encarcele por su voluntad en el mentado hospicio del error, siendo que tiene su casa propia en la que mora y rige la verdad, su propia familia: donde se extienden sus patios hogareños poblados de posibilidades, de audaces travesuras maravillosas en las que el ánimo puede disponerse y el brazo adiestrarse para las horas de las decisiones supremas, de los lances definitivos, a campo raso, cuando la Historia imponga los episodios de auténticas disyuntivas –que tendrán que venir- en los que luchen abierta y descaradamente las dos potencias elementales: el Bien y el Mal.

Con vistas a esas horas de decisión, vale más no jugar a la llamada democracia cristiana, dejarse de ambigüedades liberalescas, de indeseables claroscuros grisáceos, de mezclar el agua con el aceite, las “verdades” revolucionarias, con la Verdad a secas. Cuando otra cosa no se pueda, consérvese la definida dignidad de un provisorio silencio.

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