Contra la Bandera Nacional

Identificador: DM-431.
Publicación original: Novedades, 25 de febrero de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Bandera Nacional, independencia, bien común, Francisco de Vitoria, Estado, mundialismo.
Ilustración en blanco y negro de Contra la Bandera Nacional, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El rubro lastima de inmediato y subleva. Pero más que las palabras deben lastimarnos los hechos.

Porque el día dedicado, en México a honrar la bandera –encarnación gloriosa de la Patria- nos apremia a recordar y desenmascarar el hecho nefando:

Existe una tendencia, cada vez más desvergonzada y explícita, que nos dice que la Historia se encamina por evolución fatal, por la fuerza inescapable del “progreso”, a la desaparición de las nacionalidades y de las correlativas independencias. Oponerse, agrega, a esta ley del progreso equivale a un verdadero reaccionarismo. Provechoso es preparar el ánimo individual y colectivo para esa inminente etapa. Sobre todo –insiste- es palmariamente falso y científicamente desacreditado el viejo concepto de la independencia absoluta de los Estados nacionales.

Resulta necesario despojar a todo esto de su vano ropaje pseudo científico.

Cierto que se aludía a una falsedad notoria cuando se nos hablaba –en los discursos “fin de siglo” en los viejos tratados de Derecho Político, en las cartillas de instrucción cívica- de la independencia absoluta de la Nación. Ello no era sino expresión hacia el exterior de aquella soberanía sin límites que el liberalismo le asignó al Estado. En cambio, la tesis verdadera hubo de declararla hace cuatro siglos un fraile dominico: Francisco de Vitoria. Con breve sencillez, precisó: “Los hombres son de naturaleza eminentemente limitada… se necesitan unos a los otros para poder emprender las labores que les impone su naturaleza… Asimismo las naciones, cada una necesita de las otras”. De esto, lo que se infiere no es que las naciones y su legítima autonomía deben desaparecer; sino que se deben recíproca ayuda, y que la independencia de cada una se halla limitada por la interdependencia de todas, por el BIEN COMÚN del conjunto internacional.

Pero esta inferencia tan obvia es ignorada por el “mundialismo” tendencioso. Y es que aquí entra una vez más en juego el virus de los principios totalitarios liberales, llevados en sus últimas y planetarias consecuencias. Esto requiere para muchos una explicación que traiga a cuento una historia y unos principios infortunadamente olvidados:

Cuando el Estado absolutista liberal triunfó en todos los planos, con mayor o menor intensidad consumó en cada nación –por cierto que también en nombre del “progreso”– una nefasta labor centralizadora contraria a la naturaleza de las sociedades, a su espontáneo desarrollo vital. Ese Estado absolutista –en nombre de su ilimitada soberanía- acabó criminalmente con los diversos y preexistentes grupos infranacionales, o, al menos, con su legítima autonomía. Se trataba de que nada pudiese hacer sombra al poder central despótico. Diéronse entonces golpes de muerte a la Familia y a su estatuto jurídico tradicional; a los municipios y sus libertades; a las corporaciones que encauzaban orgánicamente a las diversas actividades sociales, y, finalmente, a las provincias o regiones en su calidad de personas morales con fueros ya nativos ya consagrados por un Derecho consuetudinario secular. Toda aquella antigua, espléndida floración natural de agrupaciones elaboradas por el hombre y que se jerarquizaban armónicamente en la Constitución tradicional de los pueblos de Occidente, pereció o quedó desvitalizada y anémica ante la brutal tiranía centralizadora. De ello hay aciagos y notorios ejemplos, así en Europa como en América.

Y aquí cabría preguntar: para la perfección y eficacia de cada Estado nacional, ¿era forzoso y legítimo debilitar la constitución de la familia; reducir al municipio a un simple término territorial gobernado por una delegación del poder del centro, desconociendo así su personalidad natural; hacer otro tanto con las provincias o regiones, y aniquilar la asociación profesional de los gremios?...

Ni forzoso ni legítimo. Lo primero, porque no se necesitaba desconocer los derechos ya existentes sino coordinarlos en una unidad superior, la del Estado, que puntualmente sólo se justifica en cuanto –al través del Bien Común- defiende y promueve tales derechos. Lo segundo, porque el verdadero bien común, que es la gestión específica del Estado, no es opuesto a los bienes particulares, antes los supone y además los hace más fácilmente asequibles.

Del mismo modo, el gobierno supranacional es meta que ciertamente debe alcanzarse. Pero el mal camino para ello sería empezar por negar el perfil de cada grupo nacional, su indiscutible personalidad con los derechos a ella anexos. Estos derechos, en las relaciones con los demás grupos nacionales, se manifiestan, globalmente, en eso que hay que insistir con tenacidad en seguir llamando con la voz consagrada: INDEPENDENCIA.

Contra ésta, y contra la bandera que la encarna, se pronuncia el mundialismo interesado, pseudo científico y tendencioso. Y hay que estar alertas…

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