Centro de la Historia

Identificador: DM-436.
Publicación original: Novedades, 15 de abril de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Semana Santa, Cruz, Calvario, amor divino, historia, paz.
Ilustración en blanco y negro de Centro de la Historia, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Comienza la Semana Santa, cuyo centro es el drama de la Cruz, que lo es también del drama de la historia. Su conmemoración debe apagar las preocupaciones banales y el mundano estrépito de los inconscientes, si es que tenemos un pequeñísimo atisbo del tremendo misterio de iniquidad y del inefable misterio de amor que hay en la Cruz.

Si los hombres penetráramos toda la espantosa hondura metafísica de lo sucedido en el Calvario; si entendiésemos que entraña una horrible conmoción, ya no cósmica, porque esta palabra suele darnos hoy la idea de sólo una parte –la menos perfecta- de lo existente; sino universal, esto es, de todos los planos del ser: del mundo visible y del invisible, de lo corpóreo y de lo incorpóreo; si tal entendiésemos –lo hemos dicho ya alguna otra vez- huiríamos como alimañas a buscar en el último retrete de la creación un refugio, un escondite imposible. Es de creerse que moriríamos de terror… Hay una suma piedad en el haberse negado a nuestra inteligencia el comprender en toda su formidable dimensión lo que es la muerte de Dios.

Sin embargo, lo que de ello abarque el entendimiento humano, nos sirve de punto de partida para tener aunque sea un remotísimo vislumbre del misterio de amor de la Cruz.

Y si en esta nuestra miserable naturaleza, el amor de los padres al hijo es lo supremo y arquetípico, lo que no admite parangón con cualquier otro amor, ¿qué cosa anonadadora e indescriptible será en el plano ontológico de Dios, el amor del Padre al Hijo por quien hizo todas las cosas?... Sin embargo, tanto amó Dios al hombre, que no paró hasta entregar a la muerte a su Unigénito… Sí, Dios nos amó “hasta el exceso”.

Si estas cosas entendiéramos y de su presencia constante en el espíritu viviésemos, nuestro mundo sería muy otro del que es. Nos veríamos en toda hora obligados a corresponder la fineza del Amor Divino, al menos con el pobre obsequio de nuestro pequeño, imperfecto amor. Y no sabríamos tampoco eludir el mandato contenido en el testamento oral de la Última Cena, el llamado mandamiento del amor, la fidelidad al cual, amándonos unos a otros, permitirá saber –dice el Señor- que somos sus discípulos.

¿Es pueril, ineficaz, recordar todo esto a un mundo que se debate entre la esperanza y el temor que simultáneamente le infunde esa poderosa tecnología que el hombre empieza a desarrollar en términos de milagro?

Creemos que lo pueril y estulto sería no gritárselo con voces que puedan dominar, más que el eco aún estruendoso de las bombas de Hiróshima y Nagasaqui, el alarido de los odios implacables que tienen envenenadas a las gentes. Hoy es la hora en que el bien ha de ser supremamente enérgico, recio, varonil. Con un ímpetu conquistador, con una santa –implacable, diríamos- acometividad de ofensiva que convierta en polvo todos los reductos del mal. Porque la meta ha de ser, nada menos, la vigencia básica del amor de hermanos en la organización internacional, en la estructuración doméstica de los pueblos, y en la íntima política –si vale la palabra- de cada alma, porque, en definitiva, del interior del hombre sale a la faz de la tierra lo bueno o lo malo.

A esta generación toca la responsabilidad –gigantesca, pero ineludible— de volver a anudar los hilos de oro de una historia cuyos extremos iniciales se sujetan a los clavos benditos de la Crucifixión, y cuya continuidad debe garantizarse hasta el fin de los tiempos, cuando con el último hombre termine el ciclo terrestre del género humano y se ponga, felizmente, en la diestra de Dios, el último cabo de la historia, antes de entrar a la vida perfecta y sin historia de una eternidad en que el amor rija en soberana plenitud.

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