Casa y Espíritu

Identificador: DM-043.
Publicación original: Novedades, 8 de abril de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: vivienda, hogar, urbanismo, familia, vida espiritual, Ciudad de México.
Ilustración de Casa y Espíritu

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Ha sido colocada la primera piedra de las construcciones con que se quiere empezar a resolver el terrible problema de la habitación en la Metrópoli. Con este motivo, una editorial de NOVEDADES señaló con sumo acierto, tanto la insuficiencia notoria de los dineros destinados oficialmente para el laudable propósito, cuanto el hecho innegable de que es también necesario descongestionar a la ciudad de México en beneficio de la provincia y particularmente del campo. No hay para qué insistir sobre estos puntos, que son perfectamente claros.

Nosotros queremos añadir una observación que estimamos vital, alrededor del mismo problema.

Parécenos evidente que algo que debe estar en la esencia del plan general de construcciones que ahora se inician, consiste en tener en cuenta que la habitación que se piensa destinar a la familia capitalina de medianos o escasos recursos ha de tener un mínimo de características que garanticen que en ellas se puede vivir una vida positivamente humana, de decoro y calor hogareños.

Mal andará la cosa si la acción oficial y la privada que es de esperar la secunde en este capítulo, reinciden en la falta cometida por la avaricia en todos estos años. Si se continúa el delito de erigir montones de cuartos hacinados unos sobre otros, con metódica usura, para que vegeten cuarenta familias en el espacio en que antes solía vivir una. Lo que se piensa hacer, poco o mucho, hágase bien al menos.

Forzoso es traer a la memoria de quienes tienen en sus manos esta ingente y noble empresa urbana, que no son “palomares” o “cajones” lo que necesita nuestra gente; que no son colmenares de corte comunista lo que se exige, sino casas auténticas en las que pueda llevarse una existencia digna de personas.

Sobre esto, son dos los aspectos fundamentales que hay que tener en cuenta. Primeramente, y sin derroche de espacio hoy imposible, lograr que las casas tengan la holgura indispensable para que en ellas quepan ciertas cosas, como pueden ser la música de los pájaros, la alegría de los tiestos y el juego de los niños, para todo lo cual ya no hay lugar en las breves oquedades de los jonucos que hoy se estilan. Obvio es que ello se traducirá en aumento de salud física. También en salud psíquica, porque la familia podrá así disfrutar de la necesaria independencia que impone su naturaleza de unidad singular, diferenciada de las otras familias vecinas. Poco habrá tan repulsivo y funesto como la excesiva contigüidad de todas ellas, que trae aparejados chismes, maledicencias, querellas pueriles muchas veces pero en las que el encono siembra el germen de amargas intranquilidades.

Por otra parte, ha de evitarse hasta donde se pueda la repelente, grisácea e inhumana uniformidad de las edificaciones, lo mismo en su distribución interior que en su aspecto externo. No se han ponderado suficientemente las malas consecuencias de esa monotonía de estilo inventada por el cosmopolitismo moderno: signa la mentalidad de los habitantes de la gran urbe con un no sé qué de anonimato, de reformatorio, de celda penitenciaria, que a la larga resulta depresivo. En este aspecto, como en muchos otros, debe despojarse a la vida en la capital de la torpe uniformidad y llenarla, en cambio, del principio espiritual de la saludable diversificación.

Sólo así podremos decir que se ha considerado el problema en su dimensión integral. Si se escuchan las voces de los fueros del hombre total: cuerpo y alma, cada uno con específicas y no desatendibles exigencias. Así se suprimirá eso que ya va siendo vicio: que el pueblo viva más en la calle y en las diversiones porque no cabe en las casas-cajones.

Hay que lograr la armonía, la adecuación entre la casa y el espíritu.

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