Capitana de la Charrería
Publicación original: Novedades, 13 de enero de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Virgen de Guadalupe, charrería, mexicanidad, tradición, campo, patriotismo.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Nuestro panorama espiritual de los últimos años suele presentarse con atributos contradictorios, entremezclados lo nefasto y lo plausible, lo destructivo y lo constructivo, lo desnaturalizador del carácter nacional junto a aquello que lo afirma y en alguna manera lo desarrolla.
No sería fácil, y menos en parvas cuartillas periodísticas, hacer un balance de todo ello e interpretar correctamente la respectiva cuantía e importancia de los elementos que, desde el punto de vista sociológico, habrían de estimarse como negativos o positivos en la realidad presente de México.
Lo que afortunadamente puede comprobarse es la reiteración con que, en diversos terrenos, la espontaneidad vital del país se vierte en reencuentros halagadores y fecundos con nuestras propias esencias, aquellas que nos dan perfil, que nos hicieron y nos pueden volver a hacer grandes en la historia.
En ello pensamos, por ejemplo, cuando leemos en la prensa que a fines de este mes, en esta metrópoli, y más concretamente, en la Basílica que es como el corazón de la patria, en la que se registran las más íntimas sístoles y diástoles de la autenticidad nacional, las asociaciones de charros de todo el país harán una proclamación solemne de la Virgen de Guadalupe como Reina y Capitana de la Charrería.
Superficialmente vistas las cosas, esta afirmación podría parecer excesiva. Pero un juicio más atento y profundo abarcará fácilmente la dimensión sociológica del suceso. Para ello bastará despojarse de los banales enfoques pintoresquistas o de aquellos otros, peores aún, que podríanse llamar “cinematográficos”, con que se ha pretendido que veamos aquí mismo, en México, el ejercicio y condición de la charrería: condición y ejercicio que, digámoslo desde luego, si bien se advierte y se sabe de qué se habla, es algo de lo más serio, vigoroso y enaltecedor que pueda haber en el mundo.
Trascendente es ya, por sí solo, el hecho de la notoria reviviscencia de lo que hoy llamamos deporte nacional, pero que en un pasado no muy remoto era más, mucho más que eso. Porque la charrería era en verdad como un modo nacional de ser y como una peculiar manera de ver la vida misma. Y hay que afirmar rotundamente que si han cambiado, ciertamente, las circunstancias históricas y el trasfondo de organización económica que determinaron su florecimiento, prácticamente en toda la extensión nacional, el tipo humano del charro, visto en sí mismo, y aun visto en relación con las realidades nuevas, no tiene por qué desaparecer del horizonte mexicano.
Porque es cierto: nuestra tendencia actual y las urgencias de lo contemporáneo nos llevan –y demos gracias a Dios por ello- a una industrialización cada vez más intensa y extensa. Pero el mismo desiderátum de autonomía económica nos fuerza a volver a insistir en las bases campiranas –ganaderas y agrícolas- de esa autonomía. El criterio oficial y el privado reveladoramente coinciden en ello. Y hay signos de que este pensamiento pronto habrá de expresarse en hechos tangibles para lograr el necesario e inteligente equilibrio de los elementos de nuestra producción. He aquí, en esta previsible reconquista del campo mexicano, la coyuntura de que nuestro castizo hombre de a caballo, no obstante, las modernas comunicaciones y la presencia de la máquina agrícola, vuelva a tener vigencia más amplia y efectiva que en las últimas décadas.
Pero sobre todo, el charro ha de persistir por su hondo contenido humano. Porque, más aún que una sagaz fidelidad a nuestras raíces rurales, el charro representa la pervivencia de las viejas virtudes nacionales de laboriosidad, de espíritu de empresa, de hidalguía, de acometividad, de valor ante el riesgo y de irreductible sentido patriótico. Por ese rico, imponderable bagaje espiritual que es característicamente mexicano –dicho sea contra cierto pesimismo de quienes no saben calar en nuestra hondura sociológica- el charro resulta insustituible y podríamos decir que necesario en la escena nacional.
Por eso decimos que el vigor renovado con que ahora viven las agrupaciones charras es un signo trascendente de cómo, en muchos aspectos, se está realizando el reencuentro de México consigo mismo.
Y es lógico, por otra parte, que quienes hacen perdurar las nobles instituciones y virtudes que se cifran en la charrería, quienes viven los robustos valores espirituales que hicieron del charro uno de los más fuertes, expresivos y genuinos símbolos de la heráldica patria, manifiesten en una celebración que quiere ser bizarra, ostentosa expresión de mexicanidad, su estrecho abrazo al más entrañable, poderoso y decisivo de los valores nacionales: el guadalupanismo sustancial de México.
La proclamación charra de la Virgen Morena como Reina y Capitana no será así más que la rúbrica enérgica y expresa de cuán íntimamente verdadera es la identificación de la charrería con el alma de México. Porque bien lo dijo López Velarde: “La médula de la patria es guadalupana…”
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