Belleza y horror de un microcosmos
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: naturaleza, insectos, belleza, sociedad y filosofía.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El mundo de los insectos despliega en el espíritu un verdadero abanico de reacciones. Sus guardas serían, en un extremo, el goce estético, y en el otro, el horror. Montaríase, en las varillas intermedias, una rica gama de admiraciones y un inevitable, intenso filosofar.
En efecto, el espectáculo, gayo y ostentoso, de las mariposas comunes o de las espléndidas especies ecuatoriales seduce invenciblemente con su frágil, pero llamativa belleza pictórica. De ahí que el movimiento primario del niño que pretende atraparlas con la gorra escolar, culmine en los magníficos logros del coleccionismo que las agrupa, con esmero y gusto, en portátiles vitrinas. En éstas puede el ojo resbalar deliciosamente de una a otra prodigiosa combinación de color y dibujo, atisbando con deleite –como al través de una delgada rendija ontológica- un grato, mínimo destello de la Belleza esencial. Ensalma asimismo la gracia impalpable y los dulces tonos de la libélula en el trance del vuelo: más que un ser individuo y diferenciado, dijérase sólo un movimiento de azules moléculas, un punto de brisa, gentilísimo y suave.
En otros grupos de insectos nos asombra el desconcertante fenómeno del mimetismo, que ha dado lugar en nuestro lenguaje a muy certeras metáforas que se aplican a los acomodaticios del mundillo político. Otros hay, pasmosos por su existencia que –en sentido muy lato- pudiera llamarse social. Así las repúblicas de abejas y los hormigueros, cuya organización y ritmo funcional envidiaría el Estado que platón describió en sus Leyes y en su República. Las pacientes y admirables observaciones sobre estas comunidades han descubierto hechos que –por lo inesperado y portentoso- suspenden el ánimo. Sin embargo, bueno es advertir de paso que, más de una vez, dichas investigaciones han dado origen a devaneos pseudofilosóficos de lo más insoportable, como las pedanterías del dizque pensador que es Maeterlinck, cuando se echa a sacar conclusiones por cuenta propia.
Por otra parte, la estructura comunista que distingue a estas “gens” animales, y la exactitud con que se cumple en ellas el trabajo social, han querido dar armas a la apología del comunismo aplicado al hombre. Pero ello es empeño baldío. El monótono isocronismo funcional de abejas y hormigas, la inmolación implacable del individuo a la colmena o al hormiguero, si admirables como todo lo que logra la exactitud geométrica, no merecen sino abominación cuando se pretende encerrar dentro de sus rígidas celdillas y modos funcionales la arquitectura y el impulso vital de las solas sociedades verdaderas, que son las humanas. El chispazo libérrimo de la inspiración, la osadía de la virtud o del talento, el explorar de nuevas rutas de perfección para ese portador de valores eternos que es el hombre, quedarían, en su misma raíz, muertas e infecundas; la excelencia autárquica de la persona, frustrada ante el mito de la primacía originaria del Estado. Lo que es orden en el mundo de los insectos, manifestaría el desorden más diabólico al ser forzadamente proyectado al mundo del hombre.
Y henos ahora en el otro extremo del abanico. Si ciertas especies entomológicas, como la langosta y las hormigas termites, se han convertido en símbolos de terribles amenazas para el hombre, en emblemas de destrucción y arrasamiento, ello es poco si se le compara a las luchas espantosas que entablan entre sí los insectos. La maravilla de la proyección cinematográfica nos ha revelado todo su horror. No obstante que la lente de aumento nos muestra en los antagonistas movimientos muy cercanos al automatismo de los “robots”, en el conjunto de cada escena late una ferocidad tan despiadada y siniestra que pudiera creerse la pesadilla de un atacado de “delirium tremens”. Nada hay tan bestial como ese entrechocar de cuerpos acorazados, ese enlazarse patas y mandíbulas con odios de infierno…
Es preferible, entonces, volver la consideración a los insectos pacíficos y amables: a la mariposa que sólo sabe embriagarse, temblorosa de dicha, sobre las corolas, haciendo rimar en el jardín, con la policromía de los pétalos, la propia hermosura de sus alas.
Julio 6, 1953
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