Balmes y el Periodismo

Publicación original: Novedades, 23 de noviembre de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Jaime Balmes, periodismo, filosofía, política y verdad.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Ya Platón postulaba el ideal de que la Filosofía, de que la Inteligencia llevase el timón del Gobierno de los pueblos. El filósofo, el hombre de pensamiento, no debe ser un abstencionista de la política, de la cosa pública. De ahí sus intentos –no por fracasados menos nobles- de hacer una realidad su doctrina de que los principios filosóficos, y el filósofo mismo, han de desempeñar un papel activo y directo en la gobernación de la sociedad. Sabidos son sus viajes a Sicilia, a la corte de los Dionisios de Siracusa, con objeto de constituirse en consejero de esos monarcas. No tenemos noticia de que se haya valorado como es debido tal aventura política del fundador de la Academia. Quien no ignora lo que significa sacar a un pensador del mundo de la contemplación de las supremas verdades, para enfrentarlo al mundo de los problemas y miserias de la vida práctica, por cierto tiene que conmoverse ante el rasgo generoso del gran ateniense. Sin más urgencia que su convicción, Platón acepta realizar el ensayo de tratar de influir para que un Estado –el siracusano- se asemeje lo más posible al Arquetipo de Estado que existe en ese mundo en el que –según su propia doctrina- viven los Paradigmas de todas las cosas.

No de otra suerte entendió este deber don Jaime Balmes, genio de la llana expresión y de la medulosa sensatez del pensamiento. Gran filósofo es, y gran político en el alto y superior sentido del vocablo. De ahí que supiera descender de las cimas de la especulación pura, al palenque azaroso e ingrato de la acción social. Antes que filósofo, era hombre; y no podía ignorar los problemas vitales, cotidianos, del hombre: “No quiero estar reñido con la naturaleza –hubo de decir-. Si no puedo ser filósofo sin dejar de ser hombre, renuncio a la filosofía y me quedo con la humanidad”.

Por eso, cabalmente, es por lo que Balmes se asoma a la vida pública, y en ella participa desde la trinchera del periodismo. Tres revistas tiénenle por fundador. Sucesivamente: “La Civilización”, “La Sociedad” y “El Pensamiento de la Nación”. Estas publicaciones llevaron por médula los grandes temas políticos, sociales y económicos de la hora, hace poco más de un siglo, en España y Europa.

Y –cosa notable- el equilibrio de este periodista militante y enamorado del periódico, le hace reconocer las limitaciones que forzosamente se imponen a este grande entre los grandes medios de publicidad. Dignas de recordarse, por más de un concepto, son las siguientes observaciones que anota en el Capítulo IX de su libro de oro: “El Criterio”: “Creen algunos que... donde está en vigor la libertad de imprenta, no es muy difícil encontrar la verdad, porque teniendo todo linaje de intereses y opiniones algún periódico que les sirva de órgano, los unos desvanecen los errores de los otros, brotando del cotejo la luz de la verdad”... “Yo creo que esta es pura ilusión; y lo primero que asiento es que ni con respecto a las personas ni a las cosas los periódicos lo dicen todo, ni con mucho, ni aun aquello que saben bien los redactores, hasta en los países más libres”.

Y explica: “El temor de ser denunciados, de indisponerse con determinadas personas, el respeto debido a la vida privada, el decoro propio, y otros motivos semejantes, impiden a menudo a los periódicos el descender a ciertos pormenores, y referir anécdotas que retratan al vivo al personaje a quien atacan; sucediendo a veces que con la misma exageración de los cargos, la destemplanza de las invectivas y la crueldad de las sátiras, no le hacen ni con mucho el daño que se le podría hacer con la sencilla y sosegada exposición de algunos hechos particulares”.

“Los escritores –añade Balmes- distinguen casi siempre entre el hombre privado y el hombre público; esto es muy bueno en la mayor parte de los casos... pero esto no quita que la vida privada de un hombre no sirva muy bien para conjeturar sobre su conducta en los destinos públicos. Quien en el trato ordinario no respeta la hacienda ajena, ¿creéis que procederá con pureza cuando maneje el erario de la nación?... El hombre de mala fe, sin convicciones de ninguna clase, sin religión, sin moral, ¿creéis que será consecuente con los principios políticos que aparenta profesar?... El epicúreo por sistema, que en su pueblo insultaba sin pudor el decoro público..., ¿creéis que renunciará a su libertinaje cuando se vea elevado a la magistratura, y que de su corrupción y procacidad nada tendrán que temer la inocencia y la fortuna de los buenos, nada que esperar la insolencia y la injusticia de los malos? Y nada de esto dicen los periódicos, nada (muchísimas veces) pueden decir, aunque les conste a los escritores sin ningún género de duda”.

Si no regla absoluta, estas observaciones balmesianas asumen valor de regla bastante general.

Finalmente, dice: “Hasta en política, no es verdad que los periódicos lo digan todo. ¿Quién ignora cuánto distan por lo común las opiniones que se manifiestan en amistosa conversación de lo que se expresa por escrito? Cuando se escribe en público hay siempre algunas formalidades que cubrir, y muchas consideraciones que guardar; no pocos dicen lo contrario de lo que piensan; y hasta los más rígidos en materia de veracidad se hallan a veces precisados ya que no a decir lo que no piensan, AL MENOS A DECIR MUCHO MENOS DE LO QUE PIENSAN”.

Ante estas sinceras confesiones de un insigne periodista, los del gremio tenemos que ser los primeros en reconocer lealmente las fronteras ordinarias de nuestra propia eficacia informativa. Es innegable la actualidad de las acotaciones balmesianas.

23 de noviembre de 1953
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