Babeuf, el Gran Precursor
Publicación original: Novedades, 30 de noviembre de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Graco Babeuf, Revolución francesa, comunismo, terrorismo político y teoría del Estado.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Alguna vez hemos hecho la evocación de la literatura original de Cayo Graco Babeuf que lo muestra como el inequívoco y más característico antecedente ideológico del marxismo. Pero hay en él un paralelo interés sumo en su aspecto de gran precursor y arquetipo de las tácticas del terrorismo comunista de nuestros días.
No es Babeuf –como alguien ha pensado— un loco de remate que pagó en el cadalso un desequilibrio mental que sólo requería una camisa de fuerza. Lo cierto es que fue, escuetamente, el pionero de los tácticos del comunismo en plena Revolución Francesa. Su notoria vesania no era, en resumidas cuentas, más que la vesania implícita en la propia esencia y métodos del movimiento comunista. Sus actitudes, por otra parte, hubieron de resentirse un poco de la cursilería declamatoria del momento acuñada por el Comité de Salud Pública y por Robespierre.
Pero, hecha esta salvedad de orden no substantivo, Babeuf significa sin duda el valiente roturador del campo social para la siembra y la agitación comunista. Sus fallas de técnica, y el fracaso que pagó con su vida, no son sino el resultado natural de los tanteos del que abre por primera vez la brecha en la selva: puede, tal vez, equivocar el camino; no atinar con la trayectoria más corta; hacer, quizá, torpe uso del machete al cortar los bejucos que le impiden el paso, o, finalmente, ir a caer, como Babeuf, en las arenas movedizas que le devoran sin remedio. Este, a pesar de la índole fallida de su intentona, no está en balde enlistado en el primer manifiesto de la III Internacional entre sus precursores.
Hay en ello una gran congruencia. El desiderátum de la República de los Iguales, de Babeuf, y el de las Internacionales comunistas, es idéntico. A veces, los métodos de uno y otras difieren en lo accidental; pero sólo por la misma obvia razón por la que pueden ser diversas las técnicas de atraco de un ladronzuelo londinense de la época de Jorge III, y las de Al Capone o Dillinger. Por lo demás, son las mismas en Babeuf que en Lenin, Trotski o Stalin la actitud psicológica y las rutas medulares: deslealtad, mentira, traición, asesinato; el uso del señuelo del saqueo; el inmisericorde castigo a los que defeccionan del movimiento; el ideal del Estado absoluto –o sea, en provecho de los pocos que lo encarnan-; la estricta colectivización de la propiedad; la desaparición de la familia; el apoderamiento del niño por parte del Estado; el terrorismo en gran escala y sin contemplaciones. Todo y uno es lo mismo en Babeuf o en Stalin.
En el plano del terrorismo es extraordinario el interés de la figura de este periodista virulento y conspirador empedernido, que estuvo a punto de consumar en toda Francia una “hecatombe relámpago” que hubiera hecho aparecer como tímidas gacelas e inofensivos corderos tanto al Comité de Salud Pública como a Maximiliano Robespierre. Sólo habría tenido paralelo –de haberse llevado a efecto— con las carnicerías contemporáneas del comunismo ruso. Para su tiempo –y aun para el presente- el terrorismo de Babeuf que se quedó en proyecto supera en ambición a los registros de matanzas de todos los hechos precedentes y subsecuentes, cuando menos hasta el momento de estallar en Rusia la revolución bolchevique. Lo que se había logrado en catorce meses de guillotina robespierrense –unas 300,000 víctimas, de las que, probablemente, sólo 3,000 fueron aristócratas-, él pretendió concentrarlo, y superarlo si necesario fuese, en una sola y única pavorosa jornada de 24 horas –“el gran día del pueblo”, decía- en París y en las provincias.
¿Delirios de un enajenado?... Excesiva ambición de matancero, nada más. Nadie podría precisar hasta qué punto hubiérase podido realizar ese plan diabólico, de no haber sido a tiempo denunciada la conspiración por un espía del Directorio. De todas suertes, la marca de fábrica del comunismo aparece en los siniestros planes de Cayo Graco Babeuf, tal y como se ha visto en las espantosas realidades del terrorismo moscovita de nuestros días.

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