Aventuras en el País de los Hielos

Publicación original: Novedades, 26 de octubre de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: exploración, literatura, aventura, naturaleza y cultura.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Disputada por Rusia, Inglaterra y Nueva España en el siglo XVIII, para quedar finalmente en posesión de los Estados Unidos desde 1867, Alaska, país de nieves y hielos en el extremo norteoccidental del continente, lleva todavía en su toponimia costera –puertos de Valdés y Córdoba, islas de Aristizábal y Revillagigedo, Bahía de Bucareli- la constancia de seis hazañosas expediciones de armadas mejicanas casi en las postrimerías del Virreinato. De ese país por muchas razones singular nos llega ahora un extraordinario e invaluable testimonio del impulso universalista del cristianismo, del propósito rigurosamente ecuménico de su empresa histórica de redención del hombre.

Para nosotros, este testimonio difícilmente podría ser más atractivo, porque nos viene del espíritu hispanocatólico del misionero jesuita Segundo Llorente, quien nos lo entrega en varios volúmenes editados aquí en “Buena Prensa” con rubros que tienen novelesco sabor a lo Julio Verne o Emilio Salgari: “En el País de los Eternos Hielos”, “De la Desembocadura del Yukón”, “A Orillas del Kusko”...

Y en efecto, nos ponen frente a una noble y desmesurada aventura, física a la vez que del espíritu. Y hay en ella la hipnosis que acompaña a una geografía áspera, casi legendaria, y que por su misma índole es escenario forzoso del riesgo telúrico, que debe ser superado por la bravura del protagonista, cuya intrepidez apóyase en una privilegiada fortaleza orgánica, según es de rigor en el género novelístico de aventuras. También está presente la fascinación que aporta el exotismo de la flora y la fauna y de los grupos humanos –en este caso esquimales- que se integran en el paisaje. He aquí los materiales para una magnífica literatura de truculencias, pero que en las páginas del padre Llorente –que, por cierto, hace algunos meses visitó Méjico- asumen la incomparable fuerza dramática de lo verdadero, de lo no literario, que se sublima además por la grandeza a la vez humana y sobrenatural del “argumento”, ennoblecido por la calidad superior de los fines que motivan el esfuerzo, la hazaña y la peripecia.

La meta es aquí la evangelización de quizá menos de veinte mil esquimales que, en poblados de unas cuantas cabañas cada uno, motean apenas aquí y allá la de ordinario inmensa blancura nevada de un territorio de más de un millón y cuarto de kilómetros cuadrados. Unos viviendo aún en sus arcaicas supersticiones; siguiendo otros, en cuanto es posible, los usos de la Iglesia Ortodoxa del tiempo de la dominación de los zares; los de más allá practicando las rarezas de ciertas sectas protestantes cuyo signo es la extravagancia, y otros más incorporados a la catolicidad y mantenidos en ella por una acción misionera de perfiles heroicos que ha de vencer no sólo la contingencia geográfica y la extrema dispersión de los evangelizados, sino que ha de penetrar su peculiarísima estructura psicológica y la tremenda originalidad de su idioma, y que ha de combatir pertinazmente contra el azote del alcoholismo que les obsequió la “civilización” blanca, sobre todo a partir de la etapa repulsiva de la “fiebre de oro” en el Klondike.

Pero en verdad que, sin pretenderlo, el sumo interés lo atrae el protagonista, el misionero que con inconfundible solera española lleva a Cristo en su espíritu de conquistador de espíritus, en su palabra y hechos, en la misteriosa pero fecunda dinamia sobrenatural de los sacramentos; el que, en suma, lleva a Cristo a vivir en el País de los Hielos y las Nieves en plan de arriesgada, pero dulce, pacífica y civilizadora conquista.

Quede para otros la tarea de echar las redes donde la pesca de almas tiene perspectivas numéricas halagadoras; en el África o en Oceanía, en las millonadas asiáticas que no han oído aún o apenas comienzan a oír el mensaje que en Palestina, hace veinte siglos, estremeció por primera vez paisajes y corazones. Cristo apremia también a dejar atrás familia, amistades, patria, la vida fácil de Occidente y el goce de sus círculos intelectuales superiores, para desterrarse a frígidos y remotos paralelos, a fin de atraer al Rebaño y conservar en él a unos cuantos miles de almas primitivas que no por ello dejaron de estar presentes en el Corazón que dejó de latir en la Cruz.

He aquí unas páginas de inverosímil atractivo, de insospechada amenidad. El autor, narra con sencillez las experiencias de su formidable apostolado, a base del consabido trineo tirado por perros –medio normalmente imprescindible de transporte en la helada tundra alaskana- y sólo algunas veces aprovechando la bendita rapidez del avión que toca sitios de importancia. Y lo que cautiva invenciblemente es la bienhechora conjunción de naturalidad y sobrenaturalidad –tan cristiana y tan de los pueblos hispánicos- en las descripciones, consideraciones y relatos que hace este misionero, con una contagiosa alegría y un gracejo españolísimos, tan constantes que autorizan a refrendar el trastrueque que algún corresponsal suyo hizo de su nombre: no Segundo Llorente, afirma, sino “Primero Riente” debería llamarse.

Lástima grande que nuestro breve espacio no nos permita siquiera una mínima transcripción literal de este extraordinario testimonio. Réstanos, al menos, invitar fervorosamente a su lectura que para nosotros acaba de ser intenso descubrimiento, deslumbradora revelación de una vivencia religiosa tan aleccionadoramente robusta, amable y original, y en condiciones tan adversas para ello, que sólo se puede explicar por la inefable presencia de Cristo en los suyos, esta vez en el País de los Hielos y las Nieves perpetuas.

26 de octubre de 1953
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