Autenticidad y Esperanza Histórica
Publicación original: Novedades, 23 de julio de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Iglesia Católica, historia de la Iglesia, Daniel Olmedo, cristianismo, esperanza, Santos Padres, monacato.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No se puede ignorar el hecho “Iglesia Católica”, a menos de resignarse de antemano a una visión del mundo en que se vive no sólo insuficiente, sino equivocada y pobre por la falta de un dato que aun desde un punto de vista meramente humano explica decisivamente la dinámica de la Historia en sus últimos dos mil años.
Por otra parte, conocer el proceso de la aparición de la Iglesia y de su desarrollo en el tiempo es indispensable, a su vez, para entender esa realidad que durante estos dos milenios ha tenido tan sobresaliente papel dentro del drama total de la especie.
De ahí la importancia intrínseca –pensamos- de obras como la que ahora tenemos sobre nuestra mesa de trabajo y en la que se hace una síntesis que juzgamos particularmente afortunada de los siete primeros siglos del Cristianismo. Se trata de La Iglesia Católica en el Mundo Grecorromano, del jesuita mexicano don Daniel Olmedo. El libro condensa en parte una ameritada labor magisterial, y es, al propio tiempo, expresión de un raro talento historiográfico que esplende en la formulación certera del plan, en el proporcionado desarrollo de los temas, en la rigurosa actualidad de la información crítica, en la imparcialidad del enfoque y en el tono escuetamente expositivo. Todo ello deja una excepcional impresión de equilibrio literario y de sobria objetividad científica que satisface a la avidez intelectual más exigente y descontentadiza ante un volumen de extensión media y de intención a la vez didáctica y divulgativa.
Cabe también la reflexión de que para nosotros, cristianos, tiene además la Historia de la Iglesia una peculiaridad que ordinariamente se pasa por alto. Porque, en palabras del autor, es rigurosamente necesaria “para comprender bien al mismo Jesucristo, ya que la Iglesia lo continúa en el tiempo: “Christus Hodie…” Muchos aspectos de su misión, muchas virtualidades de su obra, muchas consecuencias de su doctrina, no aparecen sino en la vida de la Iglesia asistida íntima y misteriosamente por Él hasta el fin de los siglos”.
Desvanézcase en lecturas como ésta nuestra pertinaz y extendida ignorancia sobre lo mismo que somos. Luzca en nuestro interior la claridad sobrenatural de las raíces de nuestro espíritu, que son al propio tiempo las raíces de nuestra cultura. La mediocridad de tantos cristianos puede empezar a desmoronarse al solo impacto de este drama de la naturaleza y la Gracia, de lo temporal y lo eterno, en que la arrebatadora grandeza del tema sólo es igualada por el tremendo vigor de su desarrollo; porque si aquél descifra el secreto de los destinos de la especie a la luz de la Redención, ésta nos muestra el cuadro exterior de la ingente batalla secular por el cumplimiento de esos destinos así como los más apasionados y apasionantes testimonios de plenitud humana que históricamente se han dado. Por otra parte, la multiforme “acción” de este drama ayuda a rectificar algunos de nuestros romos criterios actuales: acomodaticios blandengues, que amenazan ahora con hacernos satélites, sin luz propia, de tendencias extrañas o antitéticas a la intención del mensaje cristiano. Puede darnos, en cambio, el impulso que nos mueva, una vez más, a no ser meros esclavos de las corrientes históricas, sino, según la ocasión, sus encauzadores o superadores.
Porque todo en esta su primera parte, como en el resto de la Historia de la Iglesia, es lección viva con extraordinarias proyecciones de actualidad. Lo mismo las victorias que los reveses. La persecución igual que la paz. Así la maravillosa conquista del antiguo mundo pagano, como la paz constantiniana, cada una con sus riesgos y sus ventajas. La repetida y sangrante tragedia de la herejía y del cisma, otro tanto que la dichosa, robusta luminosidad de doctrina de los Santos Padres, maestros del pensamiento ortodoxo. La letal tibieza de muchos, igualmente que la vivificadora autenticidad –“intensiva” y en grado eminente- de las selectas falanges del monacato cristiano, sobre todo en su ilustre, fecunda, civilizadora expresión benedictina. O bien los hechos colosales como el desmoronamiento del Imperio Romano y la irrupción bárbara, que sólo la vitalidad sobrenatural de la Iglesia pudo superar con una Europa nueva, penosa pero eficazmente renacida después del forcejeo creador de varias centurias.
Todo ello, en que se mezclan el barro humano y el soplo de lo divino, nos da sobre todo la lección de una inmarcesible esperanza histórica y de un apremio vital de fidelidad a nuestro signo constante: la Cruz, escándalo del mundo anatematizado por Cristo, pero conquistadora de la Historia. Sólo la autenticidad de los cristianos puede, con la salvación eterna, lograr el enderezamiento de las rutas temporales del hombre. He aquí la gran lección que para nosotros se contiene en la inmensa trayectoria de la Iglesia Católica a lo largo de su azarosa pero fecunda existencia.
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