Atletismo y Ascetismo
Publicación original: Novedades, 2 de septiembre de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: deporte, ascetismo, Pío XII, educación espiritual, béisbol infantil, virtud.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Nuestro ambiente deportivo está de fiesta por el resonante triunfo del béisbol infantil mexicano, recién coronado campeón de la liga mundial respectiva. Entusiastas en lo personal del deporte como espectáculo y más aún como ejercicio, sucesos como éste nos fuerzan a reiterar la exhortación a que se les dé celebración justificada siempre que a las cosas, como se dice ahora, “se les ubique” en su punto y escala de importancia.
Porque el deporte racionalmente practicado –es decir, con calidad de veras humana-, por una parte es, más que un dispendio, una verdadera reinversión de demasías vitales, cuyos dividendos se cifran en mayor fuerza, en mayor estética y mayor salud corporal y anímica. No cabe, pues, dudar de sus excelencias. Por ello, esa múltiple solicitud de Pío XII por todo cuanto atañe al hombre contemporáneo ha llamado al deporte “elemento de equilibrio de armonía y de perfección”.
Infortunadamente, ¿quién negará que la popularidad del deporte ha coincidido con las corrientes materialistas de hogaño, y que éstas con frecuencia lo utilizan para sus oscuros fines deshumanizadores?... Bien se refleja ello en ese ambiente propicio al endiosamiento ilegítimo y brutal de la fuerza física que aquí mismo, en México, es atmósfera que habitualmente respiran ingentes muchedumbres. Cuántos hay, carentes del contrapeso de una educación espiritual vigorosa, que han aprendido a adorar a los héroes del músculo y a olvidar a los del espíritu. Ha sido precisa la terrible experiencia guerrera última para que se abriera un paréntesis en que, al menos, se volviese a valorar el heroísmo –verdadero y positivo-, de la bravura bélica. Pero los heroísmos de la inteligencia que se expresa en sabiduría, y los muy más altos de la santidad, parecen a ratos haber perdido casi toda consideración en la estimativa general.
Así es, por desgracia, que ha logrado repetida vigencia el falso principio del deporte por el deporte mismo. Y huecamente suele hablarle mucho del “mens sana in corpore sano”, sin ahondar –ni en la intención, ni en el pensamiento-, toda la dimensión que la clásica sentencia asume.
Contra esto, Pío XII sitúa la cuestión en sus verdaderos términos. Conforme a sus palabras, se infiere que el deporte no debe ser un simple derroche de reservas sicofísicas excedentes del mínimo vital necesario para la existencia, sino que ha de tener también un “contenido religioso y moral”, merced al cual “el alma debe dominar al cuerpo”. De ahí que, por ejemplo, advierta cuánta discreción haya de usarse en el cultivo de ciertos deportes en los que, “incluso del lado estético, el instinto puede insinuarse en el alma mediante el placer de la belleza o la admiración del ritmo”, o bien, “por cierto nudismo que no es conveniente ni necesario”. Aquí, como en todo lo demás, ha de privar el criterio que ve en el deporte un valor instrumental subordinado a cosas de mayor cuantía humana.
Porque la verdad es que si el deportismo ha de ubicarse en su auténtico rango –y esto, recuerda el Papa, es muy notorio en determinadas manifestaciones atléticas-, debe revestirse de un alegre y varonil sentido ascético. Claro está que ese ascetismo deportivo es, si se quiere, elemental e inferior; pero, al fin y al cabo, no deja de ser un precioso recurso para el perfeccionamiento integral de la personalidad. Cuando reconoce su subordinación a otros afanes y gimnasias superiores que corresponden al entendimiento y a la voluntad. Cuando se acepta que el atleta debe fortificar su cuerpo con la disciplina del ejercicio físico para dar al alma un soporte idóneo que le permita lograr, con más eficacia, las excelsitudes de todo aquello en que el hombre se realiza más a sí mismo: la tarea, cotidiana, los deberes familiares y sociales, la ciencia y, sobre todo, la virtud.
Todo esto es tan cierto, que el deporte mismo decae en más de un sentido cuando no está nutrido de espíritu. De ello habla con elocuencia el hecho de que, al convertirse en espectáculo multitudinario y en negocio, no es raro que la trampa, la simulación y el soborno lo desnaturalicen. Por otra parte, considérese cuántas veces, por falta de espíritu, se pierden la fibra, la acometividad, el valeroso mantenimiento del trabajo de los músculos que los azares del juego exigen. Por eso, con razón, los comentaristas del mundo deportivo registran y censuran las deficiencias punibles de los jugadores “por falta de agallas”, “por falta de corazón” “por falta de espíritu”, según rezan atinadamente sus crónicas.
Yo diría desde aquí a nuestros esforzados campeones mundiales del béisbol infantil la grande, y con frecuencia olvidada verdad –que más de una vez hemos recordado-, oída por quien esto escribe al siempre añorado patriarca del deporte mexicano que fue don Rosendo Arnaiz, espejo de caballerosidad y generosidad y deportismo de altura: “la genuina calidad deportiva se obtiene alimentando de espíritu al músculo”.
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