Así Vimos a Perón
Publicación original: Novedades, 3 de octubre de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Juan Domingo Perón, Casa Rosada, Argentina, liderazgo político, memoria personal, Iberoamérica.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
A última hora, y fuera del programa del congreso que a la sazón reuníanos a muchos iberoamericanos en Buenos Aires, se había concertado aquella entrevista colectiva con el presidente argentino en un salón de la Casa Rosada. No todos los días se conoce en persona a jefes de Estado. Con menos frecuencia aún, del singularísimo interés político y humano de Perón. De ahí que la curiosidad –novelera o trascendente, que de todo había en aquel moderado grupo de los que habían recibido oportuno aviso– matizó de perceptible espectacularidad el momento en que, después de breve espera, apareció por una puerta el discutido y renombrado personaje suscitador de la “Nueva Argentina”, según la expresión entonces corriente: estatura prócer; blanca fisonomía criolla rebosando salud y optimista decisión; recio y arrogante de figura, aunque de una sonriente naturalidad dentro de sus ropas civiles. Lo contrario del boceto extravagante que de él se nos había hecho con táctica parecida a la de los noticiarios que, para ridiculizarlo, mixtificaron sistemáticamente los ademanes de Mussolini.
Por todo séquito llevaba un solo acompañante, que hizo las presentaciones. Contra lo usual, Perón encaminóse hacia nosotros y fue saludando personalmente a cada uno de los circunstantes con notoria emoción de varias damas, lo que nos hizo sonreír a los incorregibles mexicanos que ahí estábamos. Al saludo, añadía algunas palabras concisas y amables.
Nos tocó ser el primer mexicano del grupo en recibir su saludo, que redondeó con frases a la verdad atinadas sobre México, rematando con un elogio de nuestro gobernante entonces en turno. Agradecimos lo primero y callamos discretamente sobre lo último. Pareció adivinar nuestras tácitas, irreductibles salvedades, y añadió entonces todavía otro donoso y certero halago para un oído mexicano, que hubimos de agradecer también.
Después de estos saludos individuales, sin nada escrito en que apoyar sus palabras, nos dio la bienvenida colectiva de rigor, discurriendo a renglón seguido por la vereda de una exposición de motivos de la revolución peronista, de sus realizaciones hasta esa fecha, del análisis a las censuras habituales a su régimen, y de sus puntos de vista sobre los problemas y esperanzas insertos en la situación argentina de aquel momento.
Pensamos ahora con recriminadora tristeza cuán decisivo pudo ser para Argentina y para Iberoamérica, de qué manera lo frustró una íntima y medular megalomanía sagazmente cultivada por tenebrosos áulicos del tipo del ministro del Interior, Borlenghi. Porque el empezar a oírle daba inmediata y clara noticia del dinamismo y de las extraordinarias dotes del personaje que tan desastroso cauce tomaría al final de cuentas. Su verbo era fluido, vigoroso, claro y preciso en dicción y en concepto. Con el método y desenvoltura de un brillante catedrático de universidad, aligerando el rigor expositivo con perspicaces paréntesis, digresiones y anécdotas dichas por oportunidad y porteño “esprit”. La expresión siempre amable, irradiaba una extraordinaria simpatía personal y una llaneza que, sin desdecir del rango, subrayaba una cordialidad contagiosa y amena. Lo que menos había en su exterior personal era petulancia o esas teatralidades que convencionalmente se asignan a los dictadores de envergadura.
Días después, desde el edificio bancario que está frente a un ángulo del palacio de gobierno, ¡en qué diverso plan lo vimos en el balcón de la Casa Rosada! Hablaba, en el aniversario de su sensacional liberación, a tal vez unas 800,000 personas congregadas en la Plaza de Mayo. Era imposible no reconocer su extraordinaria versatilidad al través de aquella vibrante y poderosa oratoria que manejaba con maestría asombrosa, superando con mucho la también sobresaliente de Evita, que momentos antes se acababa de oír. Ya no era aquel brillante conferencista de unos días antes, sino el demagogo sutil que iba derecho al corazón de la multitud y a sus innegables preocupaciones del instante. A decir verdad, interiormente nos daba grima compararle algunos soporíferos en dos pies que en nuestra latitud gozan fama de oradores, ya parlamentarios, ya de masas.
Recordamos que, en realidad, el contenido de aquella arenga era intachable. Corrían los días en que la política exterior de Perón era una valerosa e inobjetable afirmación de soberanía nacional. En que el liberador designio de justicia social que positivamente beneficiaba a los trabajadores argentinos no se volvía aún contra ellos mismos y contra la nación. Ello llegó con las medidas demagógicas de mala ley que tan gravemente habían de lesionar la rica economía de un país que contaba con el pueblo mejor alimentado del mundo. La entonces flamante y primera desvalorización del peso argentino se consideraba –incluso por acérrimos antiperonistas– un sorteable y transitorio episodio. Si no recordamos mal, todavía no se agotaban las fuertes reservas posbélicas de divisas del Banco Central, muy disminuidas ya, básicamente por efecto de expropiaciones de verdadero interés nacional si es que hemos de ser imparciales.
Lo cierto es que cuando vimos a Perón nos fue fácil entender el porqué de su arrollador magnetismo sobre un pueblo de tan elevado índice de cultura. No entendíamos, en cambio, cómo toleraba la entonces incipiente pero ya desaforada deificación que de su persona hacía un servilismo extremosamente ridículo. Nos pareció sincero en la práctica –aunque ideológicamente invertebrado– su justicialismo. Y aplaudimos sin reservas su animoso antiimperialismo, cuya verticalidad, finalmente, como es sabido, se perdió. Considerando la egolatría que le hizo perder la cabeza y rodar por la pendiente de inconcebibles desatinos lesivos del medular interés de su patria, nos detenemos ante el misterio abismal de todo libre albedrío. Porque Perón pudo ser, pero no quiso ser el hombre decisivo de este siglo argentino.
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