Antropofagía Ochocentista

Identificador: DM-039.
Publicación original: Novedades, 29 de octubre de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Diego Rivera, José María Pemán, arte, antropofagia, crítica cultural, siglo XIX.
Ilustración de Antropofagía Ochocentista

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Se ha celebrado como una “genialidad” originalísima, el reciente publicitario alarde de antropofagía del pintor Diego Rivera. Y ya adivinamos que dentro de poco habremos de sufrir toda una plaga de antropófagos “snobs” que proliferarán rápidamente en las tertulias de “artistas”, dizque intelectuales y demás bohemia de buenos para nada. El mariguanismo, la opiomanía y otras cosas de peor jaez resultarán anticuados y de mal tono, en tales ambientes. El buen gusto y la moda lo constituirá el canibalismo. Sólo así se podrá sentar plaza de gente superior, al día: de esa que abruma al resto de los mortales al colocarse por encima de las preocupaciones del vulgo.

Lo malo del caso consiste en que hay que hacer un reajuste de la pretendida originalidad del desplante antropofágico, para sosegar el entusiasmo que ha despertado en los selectos círculos ya aludido. Dejaremos para ello el espacio a la pluma desilusionadora de don José María Pemán, que nos revelará que el canibalismo riverino es de un ochocentismo irredimible; algo, en suma, perfectamente periclitado. En líneas escritas hace lo menos diez años, Pemán nos recuerda los insulsos estrambotismos que, en sus días, extendió aquel infeliz que se llamó Baudelaire:

“El poeta –dice- entra en los cafés de París. Viste una levita marrón, justa y entallada; guantes de rosa pálido y corbata de un amarillo que combina gloriosamente con la camisa azul. Se sienta, en un rincón, con sus ordinarios contertulios y cuando hay en la atmósfera pesada del cafetín una pausa de silencio, aprovecha para alzar la voz y decir, haciéndose oír de todos, como si continuara, con magnífica indiferencia la charla con sus amigos:

-Sí, cuando yo asesiné a mi pobre padre…

O bien:

“-A propósito, señor, ¿no ha comido usted nunca sesos de niño? Son excelentes. Saben a nueces frescas”.

“Naturalmente, Baudelaire no había comido nunca sesos de niño, ni había asesinado a su padre; pero cumplía la receta del “dandysmo” de la época: asombrar a los burgueses, nadando contra la corriente de los usos, las costumbres y la moral ordinaria. Eso es todo”.

“Y no es mucho. Porque la cosa es relativamente fácil. No hay más que volver sobre sí misma la vida, las cosas y las opiniones cotidianas, como quien vuelve un calcetín o un dedo de guante. Así, fácilmente, lo que empezó por dogma del “dandysmo”, terminó por receta de la vulgaridad… Comprenda el lector lo que necesariamente había de llegar a ser, al descender al vulgo, al extenderse un poco a todos, esta licencia de las barbaridades y las corbatas” Hasta aquí Pemán.

Aparece, después de esto, evidente, la directa filiación de estos canibalismos de hoy día, realmente difíciles de tragar y más pesados de digerir. De suerte que hay que advertir a los señores “snobs” que están en peligro de incurrir en algo ya gastado, cosa que sí debe alarmarles, en vista de que la innata estupidez de las subversiones por ellos acostumbradas nunca les importe un bledo.

Así, pues, señores “snobs” –“artistas”, “intelectuales” e “incomprendidos” de siempre por el mundo de los necios-, por favor, no dejen correr, por estos cauces que ustedes habían por un momento creído novedosísimos y jamás usados, las aguas negras de sus sempiternas aficiones subversoras. Se lo pedimos por lo único que para ustedes hay de sagrado: su propio “esnobismo”, que se degradaría terriblemente al aceptar como de uso corriente algo que ¡horror!, es perfectamente “demodé” y fin de siglo.

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