Antes que el Estado

Identificador: DM-295.
Publicación original: Novedades, 5 de abril de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: sociedad, familia, municipio, Nación, Estado y derecho natural.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El “animal político”, el “zoon politikon” de Aristóteles, es una exigencia del orden humano. El hombre aislado atenido a sus solas e individuales posibilidades, no es capaz de realizarse a sí mismo. Ni en el orden físico, ni en el intelectual y moral puede cumplir las específicas finalidades que brotan de su naturaleza. Le son necesarios la ayuda y el concurso de sus semejantes, primero para el simple subsistir en el orden físico; para desarrollarse, después, por lo que hace a la vida corpórea y a la vida del espíritu.

Los progresos de la técnica que le hacen posible la dominación de las fuerzas telúricas, los más altos logros en las zonas excelsas del arte, del pensamiento, del heroísmo, de la santidad inclusive, no se explican cabalmente sin la consideración de la colaboración entre los hombres, del mutuo suplir las deficiencias individuales mediante el trabajo solidario de todos en el seno de una sociedad, cualquiera que ésta sea.

Una de las grandes fallas del ideario liberal –obliga en conciencia el subrayarlo– ha sido el desconocimiento en mayor o menor grado de la realidad sociológica de los grupos, de las sociedades que integran una Sociedad Nacional, y al través de las cuales la persona humana se inserta en esta última. Lo científico es, por el contrario, el reconocimiento de esas sociedades, de su objetividad sociológica, de su personalidad natural jurídica y, por consiguiente, de los derechos nativos que son anejos a esa personalidad.

Tales son las sociedades a las que el Derecho Natural otorga autonomía, o más exactamente: autarquía; pero que no tienen, propiamente hablando, soberanía en el sentido que a esta voz da el Derecho Político al referirse a la Nación organizada en Estado. De ahí que se les dé el calificativo de “infrasoberanas”.

Por lo general se coincide en señalar como tales a la Familia, en primer término; después, al Municipio, y también a la comarca, provincia o Región, considerándolas como sociedades naturales. A éstas se agregan las sociedades denominadas, a veces, “artificiales”, y en otras –con más acierto– “derivativas”, en cuanto que en cierta manera son como derivaciones complementarias de las sociedades primero nombradas y se connotan por su carácter funcional; es decir, en cuanto se aplican a una función social determinada que persigue el satisfacer una sola necesidad o una sola especie de necesidades humanas. En ello se distinguen de las sociedades “naturales”, que por su esencia miran a la satisfacción del conjunto cabal de las exigencias del hombre.

De esta suerte, en efecto, y es muy claro, a poco que se medite en ello, la Familia procura el total cumplimiento del destino del hombre en todos sus aspectos: material, intelectual y moral. Pero no siendo suficiente su capacidad, los medios que tiene para conseguirlo de una manera completa, hace necesaria la aparición del Municipio, que es una agregación de familias enderezada a suplir las deficiencias de cada una de ellas en orden al logro de los fines humanos.

A su vez, los municipios, en los que ya hay un principio mayor de suficiencia propia –pruébalo el clásico ejemplo histórico de la Ciudad-Estado–, dan origen a otra comunidad aun más vigorosa y capaz que reúne a varios de ellos en su seno, y mediante el concurso de todos tiende a suplir también las deficiencias de que es evidente que adolece el Municipio aislado. Esta nueva agrupación puede recibir varios nombres, como los de “comarca” y “región”, términos que a veces denotan diferencias verdaderas de magnitud y capacidad, y en tal caso se estima como organismo inferior a la comarca, que tiene menor territorio y menor cantidad de municipios que la integran, y como entidad superior se ve a la región, que en este supuesto se estructura no sobre la base inmediata de las comunas o municipios, sino sobre las pequeñas agrupaciones de éstos que son las comarcas.

Es así como se llega, al través de esta jerarquía de sociedades inferiores que conspiran a la consecución del conjunto total de los fines del hombre, a la Sociedad Nacional. Esta se integra a veces, cuando se trata de países de pequeña extensión territorial, directamente con los municipios; pero en el caso más frecuente se constituye de una manera inmediata por la agrupación de las regiones. De una u otra manera, esta última sociedad resultante, la Nación, viene igualmente a ver por el bienestar humano total, y no sólo por una de las finalidades humanas.

En cambio, las sociedades que hemos convenido en llamar derivativas, procuran solamente una parte de ese bienestar humano. Tal es el caso de las agrupaciones de miras económicas –sindicales y corporativas–, de las academias de bellas artes, de las universidades, de las sociedades científicas, etcétera, que únicamente miran a particulares finalidades más restringidas, como pueden ser respectivamente la satisfacción de necesidades de orden material, o finalidades estéticas, científicas, de cultura superior, etcétera, etcétera.

Pero si de unas y otras se integra la nación, de todas ellas hay que afirmar que tienen vigencia, realidad y derechos anteriores al Estado en que la nación que es de ellas resultado viene a encuadrarse. Esa convicción, basada en realidades sociológicas y jurídicas naturales, es la verdadera piedra angular de la libertad civil y política del hombre. Por eso no hay que desmayar en insistir en la doctrina que la sustenta, aunque ello choque con la muralla de rutina de los lugares comunes a que nos tiene hechos la prolongada pero no por eso menos artificial imposición de una organización política que ignora la realidad y, al ignorarla, distorsiona y hiere la constitución verdadera del organismo nacional de Méjico.

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