Ante las Cosas del César
Publicación original: Novedades, 22 de noviembre de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: catolicismo y política, deber cívico, abstencionismo, colaboracionismo, electoralismo, ideario nacional.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las circunstancias que han configurado el perfil de los últimos lustros de México en lo político, entre otros conocidos efectos aciagos para la vida del país, han producido resonancias específicas en sectores que tienen una trascendente convicción. La de que el deber natural de los miembros de una comunidad de ocuparse y participar en la cosa pública constituye una intimación aún más viva y obligatoria para la conciencia que se nutre de los postulados de la fe católica. Muy singularmente cuando ello ocurre en virtud de una ilustración en lo tocante a esa fe que se hace algunos codos cuando menos del promedio. Porque entonces resulta imposible dejar de tener presente que el cristianismo, precisamente por serlo, no ha de desinteresarse en la órbita de las cosas del César. El hombre es una unidad con exigencias plurales. Si es cristiano, ha de atender no sólo a lo de la Ciudad de Dios sino también a lo de la Ciudad temporal.
El monopolio político, al perfeccionar sus sistemas de exclusivismo, al agrandar enormemente y al “institucionalizar” inclusive la vasta red de intereses creados surgidos a su sombra, y al matar el espíritu cívico con la extendida sensación de que es absolutamente imposible impedir las periódicas burlas electorales, han llevado a cierta parte de los sectores arriba aludidos a inferencias prácticas divergentes, pero en su mayor parte inadmisibles por diversas razones.
La primera inferencia es la del abstencionismo liso y llano ante la innegable y desmesurada desproporción de medios al alcance, respectivamente, del monopolio político y de las fuerzas nacionales. A esto habría que objetar que, por su misma definición, las situaciones históricas no son eternas, y que la liquidación de las indeseables se realiza, de ordinario, en lo humano, por el esfuerzo opositor alerta inteligente y sostenido contra viento y marea.
La segunda, por demás triste, es la del colaboracionismo a las situaciones de hecho. Colaboracionismo –interior o exterior al régimen- de un optimismo pueril, o más o menos vergonzante con pretextos que varían al tenor de los individuales utilitarismos hacia los que suele derivar, “pragmáticamente”, la falta de fe en las reservas espirituales del pueblo y la sobrestimación de la fuerza en el poder.
La tercera inferencia insiste, con énfasis digno de mejor causa, en el derrotero del electoralismo. Generoso engaño éste en muchos espíritus nobles y además excelentemente equipados, pero que tienen cuando menos una triple objeción.
Primero, ideológicamente, porque suele partirse del presupuesto gratuito de la validez de las bases espirituales del cuadro institucional dentro del cual se actúa. No se distingue, como lo pide un criterio justo, en tales materias básicas, entre las situaciones de hecho en un momento dado y su legitimidad objetiva. Se controvierte sólo el desarrollo teórico y doctrinal indebido, en algunos aspectos, de los “primeros principios” institucionales vigentes o bien su aplicación ineficiente o torcida. Pero no se va a la entraña de la cuestión, que es denunciar y repudiar esos “primeros principios” como extraños y nocivos al ser nacional. Se llega incluso a aceptar en forma expresa su valor jurídico y obligatorio.
En segundo lugar, desde un punto de vista práctico, porque resulta ilusorio pensar que alguna vez el monopolio pueda llegar a negarse a sí mismo mientras perdure el presente sistema electivo, elaborado puntualmente de modo que el poseedor del poder estatal no se vea forzado a reconocer una decisión electoral que le sea adversa.
Finalmente –y esto entraña aspectos así prácticos como de conciencia que no suelen advertirse-, la vía electoralista, hoy por hoy, tiene el obvio y abultado inconveniente de favorecer y perfeccionar la tramoya escénica que se arma, en mínima parte, para el consumo interior, y, en su tal vez preponderante designio, para la exportación propagandística, muy efectiva por cierto, según hemos tenido coyuntura personal y directa de comprobar allende nuestras fronteras.
No deja de ser notable, sea ello dicho de paso, que conspicuos orientadores de esta corriente hayan hecho gala más de una vez del espíritu práctico que anima su acción; de un “posibilismo” que se supone sagaz, en contraposición con el criterio de quienes no sólo coinciden con ellos en el repudio del monopolio político, sino que extienden también ese repudio a los fundamentos institucionales que ya no sólo sin verdadera consulta, antes a contrapelo de la voluntad nacional se impusieron al país. Por la repulsa de esos probadamente nocivos fundamentos de nuestra vida política contemporánea y el rechazo de lo electoral en las presentes circunstancias, nada menos que por eso, se han hecho referencias y tachas a los “imprácticos”, dados a futurismos ilusorios que matan la posible acción presente.
Pero lo cierto es que la actividad de urgencia para el ciudadano católico advertido, es la de la formulación precisiva y auténtica de un ideario nacional –de esto hay ya excelentes logros, por cierto- acordado con nuestras esencias perennes y con los reclamos peculiares de nuestra hora. Y una difusión profusa, ardiente y honda de ese ideario de manera tal que sacuda, primero, e ilumine y galvanice después, la conciencia colectiva al dar fórmulas veraces y concretas a los anhelos populares y electrizar operantemente la decisión común de sanear, a fondo, la Ciudad temporal.
Cumplidas estas dos premisas, es decir, obtenida una neta clarificación ideológica y un impulso de “mística”, se podría hablar, con un sentido de veras realista, incluso de actitudes electorales y de posibilismos. Porque entonces sí cabría esperar otra cosa que la indolencia pública ante el intento de repetir una y otra vez, el fraude al voto nacional. Mientras esto no se cumpla, seguirá gastándose la pólvora en infiernitos con la mejor voluntad del mundo inclusive.
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