Ante la Guerra Fría y la Caliente
Publicación original: Novedades, 2 de junio de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Guerra Fría, cristianismo, comunismo, liberalismo, Occidente y verdad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Cada vez son más quienes se percatan de que el problema de la paz o la guerra, antes que asunto físico, es cosa interior, espiritual y de conciencia. La paz o la guerra serán causa de bienes o males; pero a su vez vienen a ser efectos de un bien o de un mal previos, íntimos al hombre. Y los efectos de la paz –si se afirmase en el escenario internacional- o de la guerra -si se desatara en toda su nuclearia, suicida demencia- serán, a fin de cuentas, los que antes haya decidido el debate del bien y del mal que se plantea en la intimidad de las conciencias.
Y lo cierto es que, en términos generales, el hombre de Occidente, que ahora se aterra ante las consecuencias últimas, se ha obstinado en querer las causas primeras de las causas inmediatas de estos empavorecedores efectos. Por ello, radicalmente, “el problema del mundo occidental no reside en un planteo económico o en una solución política, sino en el hombre mismo. Está en juego su destino”.
No puede ser, entonces, impertinente, sino saludable –aunque ello disuene del coro de ciertas “unanimidades” poco avisadas- el subrayar que al cristiano importa la salvación de Occidente por Occidente mismo, sólo en cuanto éste puede entrañar supervivencias cristianas o coyunturas de restauración social cristiana.
De esta suerte, una coincidencia transitoria en la común defensa contra el asalto del comunismo podrá ser leal y enérgica por parte del cristiano. Pero eso no autorizaría a confundir, como si se tratase de una sola y única, las respectivas veredas del Cristianismo y de Occidente. De hecho, históricamente han venido a divergir. Y no por culpa del primero, por cierto, sino del que, renegando de sus raíces, se ha venido alejando, por culpable desvío, de la Casa del Padre, y aun ha osado levantar contra ella la piqueta demoledora y hasta en ocasiones le ha acercado la tea incendiaria con inequívoca deliberación.
Aún más. Cuantas veces se le hablaba al mundo “moderno” del retorno a lo que, individual y colectivamente, podía hacernos a todos salvos y alejarnos de los presentes despeñaderos, siempre respondía que esas advertencias no expresaban más que nostalgias de arqueología. Négase contumazmente a aceptar la invitación a volver a anudar el hilo de oro de la historia occidental, roto por la regresión renacentista: regresión confirmada por el íntimo y verdadero reaccionarismo protestante y liberal, y que puede –por desgracia- hallar su final consumación en un soviet universal. No quiso reconocer que el alejarse y el atentar contra la Casa del Padre venía a ser, eso sí, una nostalgia inexcusable. Porque no era siquiera una nostalgia arqueológica sino “zoológica” y “geológica”, en que las saudades se dirigían –bien miradas las cosas- a las eras planetarias subhumanas: cuando no había vigente más regla que el instinto y la ley primera era la selección natural por la supervivencia del más fuerte.
¿Cómo podrá, pues, ser lícito o sensato en el cristiano hacerse solidario de lo que entre otras cosas es originariamente responsable de los sucesos de hogaño, sin expresar salvedades que resguarden su decoro y sus actitudes futuras?
Hay que insistir en que si “el comunismo lleva en su esencia misma el odio contra todo ordenamiento cristiano, el capitalismo liberal sólo tolera un cristianismo débil, que transija. La ocasión del error, al menos en nuestra realidad, y tratándose de católicos, no está del lado de los declaradamente enemigos con los cuales cualquier colaboración ha merecido una enérgica condenación de la Iglesia… En cambio lo está en el campo que por sernos más próximo materialmente, y aun espiritualmente hablando –ya que también llevamos con nosotros los errores del mundo occidental que las llamadas democracias insensatamente defienden– puede tentarnos con la obligatoriedad de la opción hasta hacernos deponer en la práctica la energía de nuestros principios cristianos –su gallardía doctrinal o ideológica- que son los únicos que –mantenidos con firmeza- podrán salvar el mundo”.
Por el contrario: “la afirmación positiva de nuestra fe cristiana debe conducirnos a un rechazo claro y constante de los fines que el mundo capitalista y burgués anacrónicamente intenta defender. Que se exprese esto en una actitud inequívoca en la que estén presentes la virilidad y el honor, y estableceremos así una consecuencia dialéctica sin contradicción alguna con lo que anteriormente sostuvimos. La adecuación al tiempo reclama de los cristianos –aunque con voz débil de tanto implorar- no astucias o componendas, prudencias excesivas o ágiles oportunismos, sino una conducta vigorosa e independiente, con entidad propia, que cumpla con la exigencia que empuja al testimonio llevando al exterior la fuerza que el interior irradia”.
Que la guerra “caliente”, si llega a estallar, asuma siquiera para nosotros, cristianos, la significación de un sacrificio expiatorio, de un fuego purificador, o el de una fogata de aquelarre en la que de uno y otro lado un coro epiléptico entone el himno del triunfo del Mal. El Mal se identifica con la mentira –“padre de la mentira” llama la Escritura al demonio-, para vencerle nunca será eficaz oponer unas mentiras a otras. Al cristiano –y al mundo- no queda otra posibilidad de salud que escuchar y decir el lenguaje vivo de la Verdad. La sola que –lo dice la Palabra de vida eterna- nos hará de veras libres.
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