Año Bisiesto y Superstición

Identificador: DM-386.
Publicación original: Novedades, 2 de enero de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: año bisiesto, superstición, calendario juliano, Julio César, Sosígenes, libertad espiritual, cristianismo.
Ilustración de Año Bisiesto y Superstición, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

De la existencia de los años que, como éste que comienza, son bisiestos, resulta ser responsable indirecto nada menos que el gran Julio César. Suya es también, por consiguiente, la responsabilidad del pernicioso influjo que en el cariz de los acontecimientos se les atribuye. Un civilista a ultranza, de esos que miran de reojo a los militares por el sólo hecho de serlo, diría que aquel gran general, no contento con la formidable intervención que tuvo en los destinos de su pueblo y de su época, quiso asegurarse con la institución del año bisiesto una influencia permanente, de carácter negativo, para todos los siglos entonces por venir.

Pero la escueta verdad es que el tío de Bruto, además de conquistador era también un notable estadista. Y como hombre de Estado tenían forzosamente que preocuparlo los perjuicios resultantes de que el calendario oficial de trescientos sesenta y cinco días había llegado a sufrir, con el transcurso del tiempo, un notable desajuste con el calendario real o astronómico, el cual consta de los dichos trescientos sesenta y cinco días más un cuarto. Esta cuarta parte de jornada no se tomaba en cuenta en los cómputos de calendas, idus y nonas que caracterizaban los meses romanos. Cada cuatro años, pues, se perdía un día para la Historia. Graves negocios políticos y jurídicos, públicos y privados, hubieron de resentirse al cabo de los años por razón de esta disparidad entre la verdad astronómica y la verdad legal. César, entonces, para poner remedio a este desorden, encomendó la resolución del problema en su mismo meollo a un sabio y afamado astrónomo de Alejandría. A Sosígenes – que tal era el nombre del astrónomo- cabe, en consecuencia, más que al célebre conquistador, la triste gloria de haber dado con una solución que, si bien evitó relativamente para lo venidero las incertidumbres acerca de la fecha en que se vive, nos condenó en cambio a la molesta certeza de sufrir un mal año de cada cuatro.

Y a propósito de los años bisiestos, no puede uno menos de preguntarse –al llegar a una modesta madurez del juicio- cómo es posible que todavía, en la época en que vivimos, personas haya en muchedumbre y aún pueblos enteros que persistan esclavos de la superstición.

Porque en verdad, la superstición es, sobre todo, eso: una esclavitud. Primero, del entendimiento encadenado a un error. En segundo lugar, es el espíritu todo, con sus afectos y sentimientos, el que queda sometido en inescapable vasallaje por culpa de la absurda credulidad de la inteligencia.

Es esclavitud a esperanzas o a temores vanos. Más a éstos suele ser, que a aquéllas. Porque es lo cierto que son abrumadora mayoría las supersticiones que llevan implícito el temor de malandanzas y desgracias. El trébol, la antiquísima svástica, o bien la visión del luminoso tránsito de una estrella fugaz –a todo lo cual se atribuyen bienhechoras influencias- son, por ejemplo, excepciones, islotes de buen agüero en el océano de supersticiones que hacen ver aciagas consecuencias, presagios de infortunio y desastres en variados objetos, hechos o fenómenos. Casi siempre, la superstición lleva aparejada la angustia de los negros vaticinios. Y sobre todo por ello, porque su ordinario y real influjo consiste en entenebrecer la vida humana y tornarla puerilmente medrosa, debe ser combatida.

Porque, ¿cómo resignarnos a ver a seres racionales –entre ellos, personas de relativa ilustración- cautivos de miedos y prácticas que se antojan inverosímiles a un espíritu que conserva el equilibrio cabal de sus facultades?

Cierto es que hay veces en que no se puede menos que soltar el trapo a reír, por la intrascendencia y lo inofensivo de los pequeños mitos que sustentan a ciertas supersticiones. Así nos pasa ante el hombre de negocios, muy serio e importante, uno de esos capitanes de empresa que barajan millones en sus manos, y que en un momento dado no le importa que se atrase el despacho de los más urgentes asuntos porque, digamos, no hay poder humano que le decida a realizar un necesario viaje por el solo y poderoso motivo de que a la sazón es martes, día que los supersticiosos estiman infausto para los viajeros. La misma reacción suscita un yucateco o un andaluz cuando con el índice y el meñique toca madera y clama apresuradamente: “¡lagarto!, ¡lagarto!”, porque la casualidad hizo sonar en la conversación –como fatídico cascabeleo de serpiente tropical- la voz “culebra”.

La indignación y la lástima comienzan cuando de otras cosas se trata. Cuando una empingorotada señora pasa días, semanas y aun meses con el alma en un hilo porque al entrar a su casa se le atraviesa la veloz silueta en fuga de un gato negro. O cuando una alegre comilona toma de pronto un pesado y lúgubre aire de difuntería porque alguno se percata de que suman trece los comensales, o de que las hojas de dos cuchillos se han cruzado como en augurio de degollina.

Y con la que toda ira se vuelve santa y loable es con las supersticiones del género mayor. Cuando la cosa toma ya perfiles siniestros por el grado de pavura con que enferman la psicología de los crédulos o por la trascendencia del engaño de que los hace víctimas. Aquí cabe catalogar a quiromancia, nigromancia, adivinación, magias de todos colores y brujerías, conjuros y maldiciones, cosas todas en las que no es raro, además, un más o menos velado, latente satanismo.

Sin hacer caso de enfermizos agüeros, saludemos con honda, con cristiana esperanza, este año que empieza. Bisiesto y con graves problemas históricos, es, como todo lapso de vida, el supremo don de una coyuntura más para laborar varonilmente en la perfección propia y del momento de Historia que nos ha tocado en suerte afrontar con todas sus comprometedoras urgencias.

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