Algunas Glorias Liberales
Publicación original: Novedades, 9 de septiembre de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Juan Álvarez, Molino del Rey, guerra de 1847, liberalismo mexicano, historia militar.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Don Juan Álvarez, prohombre del Partido Liberal, llena con su heroísmo de Cid el recuerdo del 8 de septiembre de 1847 –cuyo centenario se cumplirá el año venidero- en el episodio del Molino del Rey.
En éste se hallaban situados, para la inicial defensa del punto, León, Rangel y Pérez al frente de 4,000 hombres. Santa Anna prepara la combinación del triunfo: desde la víspera, instala a Álvarez y su caballería suriana, fuerte también en 4,000 plazas, en la Hacienda de los Morales. La consigna es cargar contra el ala izquierda de los 5,000 atacantes del Molino en el instante oportuno.
Se sucede la batalla. Los norteamericanos, que tienen la ventaja de la mejor artillería, son rechazados dos veces. El glorioso Álvarez, impasible, permanece en sus posiciones, con el tranquilo deleite con que, de haber vivido hogaño, hubiese asistido a un cinematográfico número corto de alguna escaramuza bélica ocurrida en ultramar. Tres conductos, le llevan la orden terminante de realizar la maniobra prevista, sobre el flanco enemigo. Pero insiste en que todo lo que sus ojos ven corresponde nada más que a escenas peliculeras de la guerra en África, contempladas desde su cómoda butaca equina. Cuando ya están a punto de ser vencidos los nuestros, se convence de que todo aquello no es ninguna “fata morgana” ni reportaje fílmico del combate de El Alaméin. Trata de llegar al lugar de los hechos, pero no por la adecuada ruta que Santa Anna lo ha prefijado, sino por lugares poco accesibles. Llega, al fin, por otro punto cardinal, faltando un cuarto para las seis. “A esa hora ya todo ha concluido”, afirma don José Fernando Ramírez. Pero, en cambio, es la hora apropiada para la merienda.
Mariano Riva Palacio, liberal prominente, atestigua por otra parte que, durante los combates de agosto, Álvarez, rodeado de sus “pintos” caballistas, “estuvo mirando, desde Chalco, a sangre fría, la catástrofe de la capital”. No era tan nueva, pues, su afición a los cortos de guerra.
Y era tan desmedido su amor a los espectáculos, que se convertía en manía proselitista. Una guerrilla de 500 hombres acertó a querer pasar por aquel mismo rumbo, el 22 de agosto, para sumarse a los defensores de la ciudad. Mandábalo un miembro de aquel egoísta clero que no había querido ayudar a Gómez Farías para los gastos del ejército, ese ejército para cuyos “últimos miserables restos”, deseará el mismo Farías –en el epílogo de la guerra-, “el último golpe” que los aniquile…
El ingenuo y buenazo del cura de Cuautla, jefe de la guerrilla, creía que el amago a la ciudad era algo menos cinematográfico que el “flash” del desembarco de Eisenhower en Francia. Se le trató vanamente de sacar de las tinieblas –típicamente obscurantistas- de su error. El cura no quería que sus guerrilleros estuviesen no más “de mirones” de una exhibición condenada, tal vez, por la Legión de la Decencia. Entonces se le dio a entender que los 4,000 espectadores de la caballería de Álvarez se pondrían a patear y a silbar porque los recién llegados trataban de alterar el orden del programa y obstruían la correcta visión de la pantalla sonora. Sin admitir réplica, se le dijo al timorato clérigo pueblerino que por ahí no se podía pasar adelante; que si quería hacerlo tomase el rumbo de Toluca.
Es lástima que el futuro héroe de Ayutla no hubiese escrito un “Manual del Perfecto Espectador”. En él hubiese podido explicar cómo asistir gratis a los espectáculos. Todavía más: cómo lograr inclusive que se le pague por su asistencia y mera contemplación. A él, entre otras cosas, le pagaron con excelentes armas yanquis, o, como él mismo dice: “de la otra América”.
Su brillante carrera hasta antes de Ayutla habría bastado para autorizar el volumen. La resume así el contemporáneo “Diario de Avisos”: “…en 1844, se adhirió a la revolución liberal contra… Santa Ana; en 1845 volteó culatas, adhiriéndose a la revolución conservadora contra… Herrera; en 1846 se adhirió a la revolución liberal contra el gobierno del general Paredes; en 1853 se adhirió a la revolución conservadora contra el gobierno del general Arista”.
Y es que cada gobierno –forzado por la necesidad-, le pagaba su calidad de espectador neutral con sumas mensuales que oscilaron entre los diez mil y los veinticinco mil pesos. No estaba mal para no ser productor, director, argumentista ni “estrella”. Es de ponderarse lo que habrá ganado cuando –en su senectud- lo decidieron a desempeñar el papel de galán joven de la revolución de Ayutla.
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