Al Valle de Josafat
Publicación original: Novedades, 10 de abril de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: guerra nuclear, Apocalipsis, valle de Josafat, escatología, ciencia y responsabilidad humana.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No cabe duda de que cuanto nos dicen los científicos acerca de los posibles efectos de una guerra de bombas de uranio y superbombas de hidrógeno, tiene forzosamente que alentar la llama –nunca del todo extinguida- de las preocupaciones escatológicas. La inquietud por lo que pueda suceder en los últimos días de la especie, y por cuán lejanos o próximos puedan estar esos días, lógico resulta que se torne más intensa ante los terríficos prenuncios que declaran la certeza, la probabilidad o la mera posibilidad de que toda clase de vida –en primer término, la humana- sea raída de la faz del planeta por el empleo bélico de la energía nuclearia.
La Iglesia, apegándose con rigurosa fidelidad a la palabra de Cristo, anatematiza cualquier tipo de predicción que pretenda fijar el día y la hora en que ha de cerrarse la Historia, ya que ello –afírmalo Jesús- sólo del Padre es conocido. Pero de ninguna manera prohíbe el hacer sobre el tema especulaciones conjeturales, ni podría hacerlo ya que Jesús mismo, primeramente, y después de Él los apóstoles Pedro y Pablo, y de particular manera San Juan, habida cuenta de algunos profetas del Antiguo Testamento, dan señales –más o menos difíciles de identificar en su realización- puntualmente para hacer, en los que es dable, reconocibles los días finales.
¿Será posible que estos días finales se abrevien precisamente teniendo –sería ello una terrible ironía- por instrumento de Apocalipsis nada menos que al mismo hombre? Nadie puede saberlo, desde luego. Lo que sí se puede afirmar es que el hombre, capaz de altísimas sublimidades, es capaz también de todas las locuras y estupideces. Volvemos a recordar –cosa que hicimos a raíz del drama sin nombre de Hiroshima- el negro desiderátum fijado a las investigaciones de la ciencia por el filósofo pesimista alemán Hartmann, hace ya algunas décadas: si algún día la ciencia llega a poner en manos del hombre la energía íntima del cosmos debe emplearla –profería este amargo desequilibrado- en hacer saltar en pedazos al universo. Para Hartmann, el ideal consistía en aniquilar un mundo que él juzgaba mal concebido y organizado; la meta científica tenía que ser el tornar accesible, hacedero, el “suicidio cósmico”.
Aquel infeliz es un elocuentísimo ejemplo de los despeñaderos espirituales a que puede llegar el hombre, cuando cree que el universo se reduce al breve ámbito de las disonancias que él puede percibir, y no es capaz de darse cuenta de que lo que a él le disuena, en realidad se integra en la armonía de una orquestación vastísima que le es imposible abarcar, pero que no por ello deja de ser algo objetivo y realmente dirigido por una batuta superior y magistral que Alguien maneja con impar destreza. Lo peor de todo es que lo que en los días de Hartmann pudo considerarse como una mera baladronada, como el ineficaz desahogo de un atormentado, hoy, tal vez, puede ser algo absolutamente o cercanamente a lo absoluto, realizable.
¿Será así? ¿Estaremos en vísperas o al menos en antevísperas de que nosotros mismos, de que la humana raza acorte voluntariamente el plazo para acudir a la cita suprema y universal para el último jurado en que se pesarán los corazones de los hombres, en el valle de Josafat?... No metamos baza en ello. Escudriñemos, si bien nos parece, dentro de lo que la prudencia y Dios mismo permiten o aconsejan, si las señales de los tiempos concuerdan o no con los signos de las profecías auténticas contenidas en la Revelación. Nosotros conformémonos con subrayar la nata alentadora posibilidad de que un Hartmann cualquiera, enloquecido por una desesperación del origen que sea, pueda en un momento dado, por alguna malaventurada circunstancia, tener acceso a la energía del núcleo, a la santabárbara de este amenazado planeta.
Si tal demente consumase el cósmico suicidio, nos aclararía desde luego muchas cosas, entre otras las señales predichas que no supimos o no quisimos descifrar; pero ello sería ya, por supuesto, demasiado tarde, porque ya para entonces nos faltaría tiempo para despachar lo del valle de Josafat, antes de que ese último vestigio geográfico también desapareciese.
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