¿Al Suicidio Cósmico?
Publicación original: Novedades, 18 de julio de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: amenaza nuclear, Einstein, escatología, Apocalipsis, ciencia, Providencia, fin de la Historia.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Lo que hasta hace unos lustros era para los “espíritus fuertes” del materialismo cientificista una supervivencia de arcaicas puerilidades mitológicas aparece ahora como una amenaza tangible y aun de posibilidades inmediatas. Las sombrías advertencias acerca de los resultados sensatamente conjeturables de una guerra nuclearia en gran escala acaban de tener su expresión más clara y expresa en los labios de un científico de mundial renombre al leer un documento suscrito por otros colegas de primera línea, incluido Alberto Einstein, quien lo rubricó algunos días antes de morir.
Circunstancias como ésta tienen forzosamente que alentar la llama –nunca del todo extinguida- de las preocupaciones escatológicas. Y no es del todo ocioso recordar que la Iglesia, apegándose con rigurosa fidelidad a la palabra de Cristo, anatematiza cualquier tipo de predicción que pretenda fijar el día y la hora en que ha de cerrarse la Historia, ya que ello –afírmalo Jesús- sólo del Padre es conocido. Pero de ninguna manera puede, por supuesto, prohibir hacer sobre el tema prudentes y sensatas especulaciones conjeturales; ni podría realmente prohibirlo, ya que Jesús mismo, primeramente, y después de Él los apóstoles Pedro y Pablo, y de particular manera San Juan, habida cuenta de algunos profetas del Antiguo Testamento, dan señales –más o menos difíciles de identificar en su realización- para hacer, puntualmente reconocibles, en lo que ello sea dable, los días finales.
¿Será posible que estos días finales se abrevien precisamente teniendo –sería ello una terrible ironía- por instrumento de Apocalipsis nada menos que al mismo hombre? Nadie puede saberlo, desde luego. Lo que sí se puede afirmar es que el hombre, capaz de altísimas sublimidades, es capaz también de todas las locuras y estupideces. Volvemos a recordar –cosa que hicimos a raíz del drama sin nombre de Hiroshima- el negro desiderátum asignado a las investigaciones de la ciencia por el filósofo pesimista alemán Hartmann, hace ya un buen número de décadas: si algún día la ciencia llega a poner en manos del hombre la energía íntima del cosmos –profería este amargo desequilibrado- debe emplearla en hacer saltar en pedazos al universo. Para Hartmann, el ideal consistía en aniquilar un mundo que él juzgaba mal concebido y organizado; la meta científica tenía que ser el tornar accesible, hacedero, el “suicidio cósmico”.
Aquel infeliz es un elocuentísimo ejemplo de los despeñaderos espirituales a que puede llegar el hombre, cuando cree que el universo se reduce al breve ámbito de las disonancias que él puede percibir, y no es capaz de darse cuenta de que, lo que a él le disuena, en realidad se integra en la armonía de una orquestación vastísima que le es imposible abarcar, pero que no por ello deja de ser algo objetivo y realmente dirigido por una batuta superior que alguien maneja con impar destreza. Lo peor de todo es que lo que en los días de Hartmann pudo considerarse como una mera baladronada cientificista, como el ineficaz desahogo de un atormentado, hoy, tal vez, puede ser algo absolutamente o cercanamente a lo absoluto, realizable.
¿Será así? ¿Estaremos en vísperas o al menos en antevísperas de que nosotros mismos, de que la humana raza acorte voluntariamente el plazo para acudir a la cita suprema y universal, para el último jurado en que se pesarán los corazones de los hombres, en el valle de Josafat?... No metamos baza en ello. Escudriñemos, si bien nos parece, dentro de lo que la prudencia y Dios mismo permiten o aconsejan, si las señales de los tiempos concuerdan o no con los signos de las profecías auténticas contenidas en la Revelación. Nosotros conformémonos con subrayar la nada alentadora posibilidad de que un Hartmann cualquiera, enloquecido por una desesperación del origen que sea, pueda en un momento dado, por alguna malaventurada circunstancia, prender fuego a la santabárbara de este asendereado planeta.
Si ese hoy ya no demasiado hipotético demente o varios como él consumasen el cósmico suicidio, nos aclararían desde luego muchas cosas, entre otras las señales predichas que no supimos o no quisimos descifrar; pero ello sería ya, por supuesto demasiado tarde. Con fin próximo o no próximo del mundo, ténganos Dios de su mano que es lo que en cualquier coyuntura importa al final de cuentas.
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