Al Rescate de lo Político

Identificador: DM-342.
Publicación original: Novedades, 7 de marzo de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: liberalismo, comunismo, pensamiento político cristiano, deber cívico, abstencionismo, México.
Ciudadanos mexicanos reunidos para deliberar y participar en la vida pública

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

“Cayo Graco” Babeuf, el pionero práctico y militante del comunismo, asentó hace ya más de ciento cincuenta años en su célebre “Manifiesto de los Iguales”: “Pueblo de Francia:… La revolución francesa es únicamente la precursora de otra revolución mucho más grande, mucho más solemne, y que será la última…”

Este explícito lenguaje confirma una observación nunca suficientemente repetida, a saber, que, “en el fondo, el Estado soviético es del mismo tipo que el Estado actualmente en crisis. No hizo más que llegar al fondo de sus premisas, pero sin cambiar el contenido”. Y en efecto, el proceso del Estado liberal tiene su término forzoso en el Estado comunista. No sólo por lo que éste significa como reacción contra el individualismo de aquél, sino también porque en él se halla, en cierta manera, conceptualmente contenido. Ambos se inspiran en una visión de la vida que niega o hace caso omiso de lo sobrenatural. Rousseau, además, en medio de sus galimatías, no dice con toda claridad, una y otra vez, que con el pacto social el individuo enajena su libertad en aras de ese Leviathán político que es la “voluntad general”. Por esto, puntualmente, es que ya en plena revolución francesa Babeuf quiso llevar a sus últimas consecuencias los temas revolucionarios, y, con lógica irreprochable, pretendió instaurar desde luego en Francia el Estado comunista.

De aquí se desprende cuán substantiva sea la equivocación de ciertas fuerzas católicas que lo mismo en el viejo que en el nuevo continente, están, como más de una vez hemos subrayado, “fuera de foco”, al apelar a los principios y métodos del liberalismo político y al tremolarlos como bandera, ni aun queriendo matizarlos y ponerlos al día con apéndices que hablan de justicia social. Y una de dos, o incurren en una ingenua actitud, “anticuada, en cuanto colaboran todavía con las fuerzas conservadoras, cuyos principios están fuertemente ligados a los prejuicios del siglo pasado”, o bien se despeñan por el deslizadero de un izquierdismo delirante al tenor de las actitudes “tremendistas” del actual alcalde demócrata cristiano de Florencia, poseído al parecer de una fanática e indiscriminada manía expropiatoria golosamente aplaudida por el marxismo.

La verdad es que el Estado del futuro deben construirlo los cristianos. Pero no jaloneados a la diestra o la siniestra. No a la zaga, borreguilmente, de ajenas ideologías. Sino con propia y autónoma bandera. Ni capitalismo liberal, ni comunismo, ni siquiera un compromiso entre ambos. Porque en cualquiera de esas tres hipótesis no se trata al final de cuentas más que de grados diversos de una sola y única militancia de fuerzas anticristianas. Otra, otra cosa corresponde a los cristianos: tener fe en sus propios principios, los mismos que hicieron florecer la más alta elaboración cultural de la Historia, y ponerlos en juego para ir al rescate del orden social querido por la Providencia.

Y por otra parte, no está de más poner otra vez en guardia los espíritus, singularmente en México, contra la derrotista lacra del abstencionismo de los católicos por lo que hace a la cosa pública. No son pocos los que, ante la desproporción de fuerza material con el adversario, están propensos a acoger con beneplácito determinadas adormideras de la conciencia como las cocinadas alguna vez por Francois Mauriac y que en su oportunidad impugnamos. Esas adormideras que enfatizan: “A pesar de excepciones notables, la política es degradante”. “Hay una contradicción esencial entre la vida política, que está toda ella dirigida hacia el mundo exterior, y la vida cristiana, que está dirigida hacia lo que guardamos dentro de nosotros”.

Con estas máximas, ningún civismo sería asequible al cristiano, con gran placer de todos aquellos precisamente que tienen el mayor interés en que el cristiano se mantenga al margen de los acontecimientos como un paria de la Historia, y sólo le dan el visto bueno a su actividad pública cuando por interés, cobardía o ingenuidad se somete a los cánones ideológicos, institucionales y tácticos enemigos de la verdad cristiana, sean de derecha o de izquierda. El mismo Mauriac, con notoria inconsecuencia, acaba de dar a su pluma un inequívoco papel y militancia políticos tomando notoriamente partido en la última crisis gubernamental francesa por el derrotado Mendes-France.

Ahora que, en México, hay que insistir en la inconsistencia que hoy por hoy tiene el electoralismo para el católico y en general para el ciudadano consciente de nuestra realidad. Y esto se acaba de decir y poner muy a las claras en los debates de la última convención del partido de oposición más importante. Las voces más sinceras y avisadas hablaron sin ambages; incluso se refirieron al “palerismo”, al menos práctico, si no de intención, que a ese partido se ha llegado a atribuir con razón de sobra.

No es la única, ni siempre, la vía electoral la que cumple para obsequiar el deber ciudadano. Y a veces, recorrerla sin sagacidad o sin oportunidad logra precisamente el efecto contrario al que se busca. Porque en lugar de mantener vivo y despierto el espíritu cívico le da el tiro de gracia con los fracasos que, por razón de previsiones obvias, resultan en verdad imperdonables.

Pero el ánimo alerta, y un propósito de acción oportuna y decidida para el rescate de lo político en una coyuntura propicia jamás deben estar ausentes del que quiera cumplir su deber integral de cristiano en México.

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.