Aire, Música y Verbo
Publicación original: Novedades, 4 de febrero de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: música, literatura, órgano, voz humana, arte, trascendencia.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Errabundeando el espíritu alrededor del antiguo y amistoso consorcio de la música y las letras, nos hemos detenido un punto en la leve curiosidad de una sospecha:
El aire, que es para el hombre el conductor elemental del sonido, le resulta al mismo tiempo uno de los obvios agentes de espontánea musicalidad en la naturaleza. Más que el gluglú isócrono del agua en el hontanar o que la invariable cantilena del arroyuelo, debe haber suscitado sus primeros asombros la variedad de modulaciones del viento en la magna flauta de los desfiladeros o al través del infinito cedazo de sonoridades de las frondas prehistóricas. Y un día, en alguna ribera, tal vez emitiendo casualmente un soplo en la silvestre oquedad de una caña marchita, comenzó a penetrar el arcano musical del viento. Poco después, se daría cuenta de que podía disponer de él a su voluntad en la breve escala primitiva de una hilera de cañutos de diversas longitudes. He aquí el imaginable y remotísimo origen del ahora vasto y complejo género de instrumentos de viento, en el cual el órgano, por la anchurosa gama de sus recursos, por su rica y superior expresividad, es rey. Y esto mismo hace válida, quizás, la opinión que le reconoce el primado entre todas las especies instrumentales. No en balde la emoción religiosa –“el hombre frente a Dios”- le ha hecho el vehículo antonomástico de su expresión musical.
Pero, yendo a lo de la música y las letras, pensamos que acaso más que ningún otro arte son éstos admirable instrumento de expresión de valores universales y eternos. En la música y en las letras el espíritu humano ha encontrado los elementos de mayor docilidad, o si se prefiere, los menos indóciles para exteriorizarse a sí propio en todos sus aspectos.
El hombre frente al cosmos. El hombre frente al hombre mismo. El hombre frente a Dios.
He aquí la trilogía suprema de actitudes vitales en que se cifra, al fin y al cabo, toda la inmensa gama posible de nuestros estados psicológicos superiores –que son los que cuentan para la obra artística-, y los cuales se proyectan, de manera excelsa múltiple, así en el tesoro literario como en el tesoro musical de la humanidad.
Pero hay más. Entre la música y el verbo existe no sé qué augusto misterio de analogías. Baste evocar alguno de esos términos usuales –“tono”, “acento”- que, referidos a aquélla o a éste, no hay duda que expresan realidades afines. Y ¿no se habla, con evidente propiedad, de las “frases” musicales? ¿No estas frases y sus elementos tienen un sentido, una semántica, e incluso sus reglas que pudieran llamarse sintácticas y hasta un peculiar alfabeto con precisas normas ortográficas?... ¿No se suele, también, aludir –con adjetivo irreprochable- a una voz melodiosa, o a un lenguaje cadencioso o acompasado?
No en balde, alguna vez, se ha declarado a la música “lenguaje universal”; esperanto de vigencia positiva, en el que los hombres de todos los tiempos y latitudes pueden coincidir para entenderse recíprocamente. Y no en balde, por otra parte, resulta indiscutible que el habla, cuando de algún modo asume calidad literaria, tiene como una de sus virtudes específicas un mínimo de musicalidad, de eufonía que la exalta y avalora.
No es casualidad, pues, sino vital y espontánea congruencia, el impulso humano que lleva a música y palabras a concertar su respectiva y maravillosa versatilidad para producir de consumo la obra estética. Dan de ello cumplido testimonio la himnología de todas las épocas, los aedos de la Grecia clásica, la epopeya o la trovadoresca medioevales, o la música coral que, desde el teatro griego hasta Palestrina o Clavé, incluso llega a omitir todo instrumental apoyo que no sea el solo milagro sonoro de la voz humana. Eso, sin referirnos a otras expresiones del mismo fenómeno, de las cuales el drama sinfónico, la ópera, sería insigne ejemplo.
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