Aguas Superficiales

Identificador: DM-363.
Publicación original: Novedades, 25 de julio de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: vida cívica, elecciones, oposición, fraude electoral, reeleccionismo, democracia, México.
Ilustración de Aguas Superficiales

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Los acontecimientos de carácter político siguen siendo incapaces de rebasar el mero valor anecdótico y adquirir el rango de verdaderos sucesos. Quiere ello decir que se prolonga este “statu quo” grisáceo, caracterizado muy singularmente por el desvío que, respecto de las exigencias prácticas que pediría la vocación histórica nacional, puede advertirse –hablando en términos generales– en las fuerzas varias de signo positivo que tienen alguna significación en el instante político de México.

Tan ya largo paréntesis, ¿será cerrado por un espontáneo movimiento de reivindicación brotado de la entraña popular o porque alguna de las fuerzas que acabamos de aludir rectifique, antes, sus propios caminos?

Un pesimismo extremo contestaría a lo primero dando por totalmente muertas las reservas y la capacidad de reacción vital del organismo social mexicano. Con ello, saldría desde luego sobrando conjeturar acerca de lo segundo.

Por nuestra parte pensamos que, no obstante realidades muy desconsoladoras, todavía existen en nosotros, en dosis suficientes para restablecer el equilibrio, reservas y “anticuerpos”. Pero lo malo es que no basta de ordinario el solo juego espontáneo de estos elementos de recuperación en los organismos sociales. Para suscitar su reacción y orientarla luego lúcidamente hacia las grandes metas colectivas suele requerirse el concurso de influjos más reflexivos.

Ahora bien, por un lado cabría pensar, verbi gratia, que es plausible la extendida indiferencia con que íntimamente acaba de acudir a las urnas la gran mayoría de los votantes –relativamente numerosos, aunque tal vez no lleguen al 50% del defectuoso censo respectivo– o el comprobar que a nadie ha quitado el sueño el extemporáneo asunto del reeleccionismo o antirreeleccionismo. Esto significa que popularmente el buen sentido persiste, aunque sea en forma de instinto intelectual muy eficaz para discernir sumariamente –al menos en presencia de determinados fenómenos– cuándo sí y cuándo no se ventilan intereses substantivos para la Patria.

Pero por otra parte entristece el dato de que no se avizora una fuerza importante con signo positivo que parezca darse cuenta –como no sea en forma asaz fragmentaria– de lo que este lapso pide en materia de acciones o abstenciones incluso para no comprometer el propio prestigio frente a un pueblo que no sabe cómo salir de su asombro ante el llamado a empresas electorales que, hoy por hoy, de antemano sabe perdidas, llamado hecho con frecuencia por personas con categoría intelectual y evidente buena fe y desinterés. La desilusión y la desconfianza populares respecto de toda clase de posibles orientadores no hacen así más que acentuarse. Queremos decir, en consecuencia, que no se trata en estos casos de una mera indecisión provisional –que podría ser muy explicable, atendidas las circunstancias– sino de algo a nuestro entender mucho más grave: la abierta selección de derroteros erróneos por parte de aquellas fuerzas de las que se tendría derecho a pedir actitudes, para el punto de vista popular, más esperanzadoras.

Es posible que –juntamente con el pueblo– estemos equivocados acerca de la ineficacia, aquí y ahora, de una oposición de caracteres comiciales. Pero suponiendo que no lo estamos, añadiremos que hay muchos matices sintomáticos de esa aciaga carencia de sentido práctico y positivamente actual.

Por ejemplo, la opinión, hoy no raramente expresada, que ve un incremento del espíritu cívico en el forzado aflujo a las urnas del fraude. Parecería más razonablemente considerar, en todo caso, lo lamentable que podría juzgarse la resignación con que primero, durante un larguísimo período, ante las intimidaciones violentas, el electorado se alejó sistemáticamente de las casillas, y la docilidad con que, de pronto, acude a ellas ante una intimidación a base de sanciones con fundamento legal muy cuestionable, sin asomo de objeción alguna. Por supuesto que, en términos generales, lo positivo es que el cuerpo electoral, en uno y otro caso, ha tomado el camino que desde un punto de vista práctico inmediato representa molestias menores, pero reservándose tácitamente el derecho de hacer prevalecer su verdadera voluntad cuando el momento sea propicio. Sólo que de esta realidad del voto forzado –realidad obvia, para todo espíritu sincero y avisado– al aumento del civismo genuino que presupone una libérrima determinación, hay una muy anchurosa distancia. Creemos, en cambio, que un ardoroso civismo medular, en espera de una hora de gloriosas epifanías, persiste, subyacente, en este pueblo nuestro que, a pesar de pesimismos superficiales, tenemos por “generoso y de subida calidad” y en el cual seguimos creyendo con fe inquebrantable.

Otro síntoma desalentador sería también la facilidad con que los inmunes a la intimidación han creído, en cambio, por uno u otro motivo, en la obligatoriedad moral de acudir al sufragio de farsa. Si ello puede justificarse por razones de índole práctica del momento, no vemos, por el contrario, qué base objetiva pueda tener –en las sabidas circunstancias actuales de México– la creencia de que el concurso a las urnas va a lograr que el fraude se torne cada vez más difícil hasta llegar al punto en que se vuelva rigurosamente imposible. Los métodos del engaño electoral podrán abandonar las actitudes vandálicas de otros años. Quédanles, de todas maneras, abiertos los caminos de formas todo lo suave que se quiera, pero igualmente eficaces cuando detrás persiste el apoyo de una fuerza material que aparece punto menos que incontrastable.

Cabe esperar, por consiguiente, una renovación de tácticas en los grupos sanos –y en los saneables– de oposición, desechando fundamentalmente la ingenuidad electoralista que, por el momento, sólo sirve para perfeccionar la publicidad que para consumo interior y exterior se hace a nuestra supuesta democracia. O bien, pensar que tiene que surgir una nueva fuerza que no gaste la pólvora en infiernitos y abra la brecha por la que pueda irrumpir la gran reacción cívica, a fondo, decidida y lúcida, por la que México está clamando con la voz más patética de toda su historia.

De otra manera, todo seguirá siendo como el tema del reeleccionismo o antirreeleccionismo, como la campaña electoral y las elecciones mismas con todo y su minúsculo epílogo poselectoral: paréntesis de moderado vocerío, tenue movimiento de aguas superficiales.

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