¿A la Unidad Europea?
Publicación original: Novedades, 27 de marzo de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: unidad europea, Francia, Alemania, Reino Unido, reconciliación, Guerra Fría y Tratado de Verdún.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
¿Estaremos en vísperas de una rectificación de los errores que encendieron la hoguera de las dos guerras mundiales? El infortunio suele hacer buenos camaradas, y por la última guerra la desgracia ha alcanzado tanto a los vencidos como a algunos de los vencedores, así sea en desiguales medidas. Ello, tardíamente –más vale tarde que nunca-, parece comenzar a abrir los ojos de los protagonistas de la más acerba de las contiendas que registra la Historia. Adenauer, canciller alemán de occidente; Churchill, la más vigorosa personalidad política de Inglaterra, y De Gaulle, jefe de la “resistencia” francesa en los años bélicos, vienen ahora a dar tácita razón a los que en esos años opinábamos que lo peor de todo era la ceguera de los conductores de naciones de médula occidental, ceguera que les había impedido salvar –de uno y otro bando- cuanta diferencia se hubiese opuesto al interés mayor de hacer frente al supremo peligro que para todos representaba el Oriente moscovita.
El jefe de la oposición inglesa parece ahora darse cuenta de que la injusticia intrínseca de infligir a un enemigo una “derrota cartaginesa”, no paga a la postre más que dividendos negativos. Demuestra ahora un interés vehemente –increíble, hace cinco años- por “la reconciliación de Francia e Inglaterra con Alemania” la cual “está siendo obstaculizada (sic) por el desmantelamiento tardío de algunas fábricas, y el proceso, todavía más tardío, de algunos viejos generales alemanes. Y todo esto no puede sino inclinarse y jugar en favor de la quinta columna comunista de la Alemania Occidental”.
De Gaulle invoca, para aplaudir y recoger la oferta de unión y amistad francoalemana de Adenauer, entre otras cosas, razones de originario entronque histórico, racial y cultural. Ha hablado bien. Porque esos son hechos positivos, escuetos, que militan en la objetividad del ser nacional de Alemania y de Francia. No se trata de una de esas citas históricas del género vacuo y de los recursos literarios de ocasión.
Claro que hay que admitir la dificultad evidente de querer borrar, de un momento a otro, una larga historia posterior; pero más de un milenio de antagonismo desatado o latente con motivo de las regiones renanas, creemos que vale la pena de olvidarse ante la perspectiva de otro milenio, ya no de rivalidad sino de ignominia bajo un poder tan extraño al genio alemán como al francés. La hermandad de orígenes históricos es una excelente base para procurar el entendimiento que, ante el peligro común inmediato, lleve a la hermandad. Salvado el peligro, la hermandad se encaminaría a la cooperante realización de pacíficas y altas empresas también comunes, para bien de la civilización, a la que ambos pueblos han dado, sí espléndidas aportaciones, pero a la que asimismo han dañado mortalmente con sus tremendas rivalidades. Sin ahondar la vieja llaga con disquisiciones inoportunas sobre quiénes hayan sido los ofensores y quiénes los ofendidos, urge ahora enmendar –en lo posible- el desafortunado reparto feudal carolingio del Tratado de Verdún, en 843, cuando los nietos de Carlomagno –infieles a la idea imperial del abuelo- se distribuyeron artificiosamente su herencia, en tres reinos francos: el del poniente, o sea, Francia; el del oriente o Germania, y el intermedio, esto es, el que tocó a Lotario, el mayor de los hermanos. Este tercer reino, como se recuerda, además de Italia, y de ciertas regiones hoy francesas o alemanas, belgas u holandesas, comprendía, por ejemplo, la zona denominada entonces Lotaringia y después Lorena. Como el reino de Lotario se desmembró en el cortísimo lapso de un lustro, la rivalidad por recoger sus despojos empezó desde entonces entre los dos reinos francos subsistentes, y no ha podido desaparecer después de mil cien años.
Esa circunstancia ha sido uno de los más influyentes factores para impedir la reconstitución de la unidad imperial europea, ideal jamás del todo olvidado. Lo que los grandes adalides sucesivos de esa tendencia histórica no lograron, bajo el signo de una sola fuerza fuerza política unitiva fundamental, es de desearse que se realice ahora de abajo hacia arriba, es decir, por obra del impulso libérrimo y federativo de los diversos y debilitados poderes del momento, incapaces, por sí solos, para salvar el gran riesgo de ahora.
Porque lo mismo Churchill, que Adenauer y De Gaulle coinciden en que la amistad francoalemana no significaría más que el primer paso para la integración de un gran bloque europeo occidental en que de inmediato ingresarían así Inglaterra como los países de Benelux. Ojalá que este movimiento –que podríase llamar incluso instintivo- de salvación de Europa, se cumpla, Si se llega a superar el peligro comunista, quedaría con ello, además, suprimida para el mundo la pesadilla del tremendo polvorín significado por los territorios renanos, y más equilibrada tal vez la balanza internacional de fuerzas si se juzga excesiva la prepotencia de Norteamérica.
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