¿Quién libera a la mujer?

Una voz femenina contemporánea

Valeria Castillo

Cabeza clara, corazón de mujer y voz de madre.

¿Quién libera a la mujer?

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Mujer serena vestida de color vino permanece firme en medio del movimiento y las presiones de una ciudad contemporánea

Es probable que ninguna mujer de otra época haya escuchado tantas veces que es libre.

La palabra aparece en la publicidad, en las canciones, en las campañas políticas y en las conversaciones cotidianas. Se nos invita a elegir nuestro camino, expresar nuestros deseos, disponer de nuestro tiempo, construir nuestra identidad y no permitir que nadie decida por nosotras.

Muchas de esas afirmaciones nacieron como respuesta a injusticias verdaderas.

Durante siglos hubo mujeres a quienes se negó la educación, la administración de sus bienes, la participación pública y la posibilidad de abandonar una situación de violencia. Se toleró que algunos hombres llevaran una vida que habría deshonrado a una mujer. Se llamó autoridad al abuso, prudencia al silencio de la víctima y conservación de la familia al esfuerzo por mantener oculto aquello que la estaba destruyendo.

Nada de eso merece ser defendido.

Una mujer debe poder cultivar su inteligencia, desarrollar sus talentos, expresar su pensamiento y recibir protección frente a la violencia. Debe ser respetada como persona y no tratada como propiedad, instrumento o adorno. Reconocerlo no constituye una amenaza contra la familia ni una concesión a la moda. Es una exigencia de justicia.

Sin embargo, después de afirmar estas libertades necesarias todavía queda una pregunta:

¿Qué significa ser libre?

Podemos haber multiplicado nuestras opciones sin haber aprendido a distinguir cuáles nos hacen mejores. Podemos haber derribado prohibiciones injustas y, al mismo tiempo, haber aceptado nuevas dependencias. Podemos incluso sentirnos autónomas mientras obedecemos deseos que otros despertaron, inseguridades que otros aprovechan y modelos de vida que otros diseñaron para nosotras.

Por eso no basta con preguntar de qué ha sido liberada la mujer.

También debemos preguntar quién define ahora su libertad, qué espera obtener de ella y hacia dónde pretende conducirla.

La palabra feminismo no contiene hoy una sola respuesta. Bajo ese nombre han existido causas legítimas, experiencias de dolor, esfuerzos jurídicos necesarios y también corrientes filosóficas incompatibles entre sí. Algunas reclamaron que la mujer fuera reconocida como persona. Otras parecen exigir que, para ser verdaderamente libre, deje de reconocer cualquier verdad acerca de su cuerpo, sus vínculos o su naturaleza.

No sería honrado aprobar o condenar todo en bloque.

Es justo combatir la violencia, la discriminación y el desprecio a la inteligencia femenina. Es justo exigir responsabilidad al hombre que abandona, utiliza o humilla. Es justo abrir caminos para que una mujer pueda estudiar, trabajar y participar en la vida de su comunidad.

Pero una causa justa no vuelve verdadero todo lo que después se afirma en su nombre.

En nuestro tiempo se ha extendido una idea de libertad que parece sencilla: soy libre cuando nadie limita mi voluntad y puedo hacer lo que deseo con aquello que me pertenece.

No todo lo que históricamente se ha llamado liberalismo significa lo mismo. Pero una de sus derivaciones más radicales —el individualismo que considera soberana la voluntad personal— ha penetrado de tal manera en el lenguaje común que muchas veces repetimos sus conclusiones sin advertir la filosofía que contienen.

La frase resulta atractiva porque contiene una parte de verdad. Nadie debe ejercer dominio injusto sobre otra persona. Nadie tiene derecho a violentar el cuerpo de una mujer, apropiarse de su conciencia o imponerle una decisión mediante el miedo.

El error comienza cuando esa verdad parcial se convierte en una soberanía absoluta de la voluntad.

Elegir algo no lo vuelve bueno. Desearlo no lo vuelve justo. Que una conducta sea posible, aceptada o incluso legal no significa que favorezca nuestra dignidad ni que carezca de consecuencias para los demás.

La libertad no consiste solamente en poder escoger. Consiste también en aprender a escoger bien.

De otro modo, la persona más libre sería la que obedece inmediatamente cada impulso, rompe todo vínculo que le exige algo y rechaza cualquier límite. Pero quien no sabe decirse que no termina gobernado por aquello que desea. Puede llamar autonomía a esa obediencia, aunque haya perdido el dominio de sí mismo.

La diferencia entre libertad y libertinaje no se encuentra en la cantidad de opciones disponibles, sino en la relación de la voluntad con la verdad y el bien.

También las palabras pueden ayudarnos a reconocer esa diferencia o impedirnos verla.

Hay expresiones que se repiten tantas veces que dejan de parecer argumentos y comienzan a utilizarse como principios demostrados: “mi cuerpo es mío”, “ser libre es no necesitar a nadie”, “todo límite es una forma de opresión”, “si fue mi decisión, nadie puede juzgar sus consecuencias”.

Cada una contiene una inquietud que merece ser escuchada. Pero ninguna debería quedar exenta de examen.

Mi cuerpo no es propiedad de otra persona. Sin embargo, tampoco es un objeto separado de mí que pueda utilizar sin preguntarme qué bien protege, qué deber compromete o a quién puede afectar. Yo no solamente poseo un cuerpo: soy también corporal. Lo que hago con él forma parte de lo que hago conmigo misma.

No necesitar absolutamente de nadie puede parecer fortaleza, pero una vida sin dependencias humanas no existe. Todos llegamos al mundo necesitados; enfermamos, envejecemos, amamos y alguna vez debemos dejarnos cuidar. Hay dependencias que humillan y deben romperse. Hay otras que nacen del amor, la responsabilidad y la palabra empeñada. Confundirlas nos deja incapaces de distinguir una cadena de un vínculo.

Una cinta color vino se desenreda de un teléfono, un espejo y unas monedas, y se ordena junto a una rama viva

Tampoco todo límite oprime. La prohibición del abuso protege. La fidelidad resguarda una promesa. El pudor custodia la intimidad. El deber impide que abandonemos a quien depende justamente de nosotros. Existen límites injustos que deben derribarse y límites verdaderos que hacen posible la convivencia, el amor y la confianza.

Una sociedad comienza a perder claridad cuando ya no pregunta si una idea es verdadera, sino solamente si resulta incómodo contradecirla.

A veces no se modifica primero la conducta, sino su nombre. Se elige una expresión más técnica, más administrativa o menos perturbadora. Después, cuando las nuevas palabras han dejado de incomodar, aquello que antes exigía una justificación empieza a presentarse como si ya hubiera sido justificado.

Cambiar el nombre de una acción no transforma su naturaleza. Añadirle la palabra legal explica cómo la clasifica el Estado; no resuelve, por sí mismo, si es justa. Llamar elección a una conducta confirma que alguien la decidió; no demuestra que la decisión haya sido buena.

La libertad necesita un lenguaje que no oculte aquello sobre lo que estamos eligiendo.

Pero las palabras no son la única influencia. También el mercado ha aprendido a hablar el idioma de la liberación.

Nos dice que somos dueñas de nuestra imagen, mientras calcula cuánto puede obtener de nuestras inseguridades. Nos invita a mostrarnos, compararnos y competir por la atención. Después convierte esa atención en datos, publicidad, contratos, suscripciones y ganancias.

Los likes y los seguidores funcionan como una moneda inicial. No siempre depositan dinero en una cuenta, pero pueden comprar visibilidad, aprobación y la sensación de existir ante los demás. Cuando aumentan, parecen confirmar el propio valor; cuando disminuyen o no llegan, pueden hacer que una joven se pregunte qué le falta, qué debe exhibir o hasta dónde necesita llegar para recuperar las miradas.

Joven de diecinueve años abrumada entre la presión de las pantallas y un camino de lectura, naturaleza, amistad y oración

No toda fotografía es exhibicionismo. No hay nada indigno en desear verse hermosa, cuidar la apariencia o compartir un momento de alegría. La belleza no es enemiga del pudor y la feminidad no necesita esconderse para ser respetable.

Pero sí debemos preguntarnos qué ocurre cuando una mujer aprende a contemplar su cuerpo principalmente desde los ojos de quienes lo desean.

Durante mucho tiempo se denunció que otros utilizaran el cuerpo femenino para vender. Hoy puede suceder algo más difícil de reconocer: que la propia mujer administre la exhibición, mida su éxito por la reacción que provoca y la considere una prueba de independencia.

El antiguo escaparate no desapareció. Se hizo portátil.

Administrarlo personalmente no garantiza que hayamos dejado de convertirnos en mercancía.

Sería injusto responsabilizar solamente a las mujeres. Existe una multitud que mira, consume, paga y exige. Existen plataformas que premian la provocación, empresas que convierten la sensualidad en publicidad y hombres que desean obtener mediante una pantalla aquello que no han aprendido a respetar en una persona.

La mujer que se exhibe no es la única responsable de un mercado sostenido por quienes la contemplan como producto.

Pero reconocer esa responsabilidad compartida no vuelve irrelevante la propia decisión. La dignidad exige algo más que poder administrar nuestra imagen. Exige no entregar a la multitud aquello que pertenece a la intimidad, aunque la multitud esté dispuesta a recompensarnos por hacerlo.

Algo semejante ocurre con la sexualidad.

Durante generaciones se toleraron en los hombres conductas que causaron dolor a incontables mujeres: la infidelidad, la promiscuidad, el abandono y la costumbre de presumir conquistas como si utilizar a otra persona demostrara hombría. Aquello no dignificaba al hombre. Revelaba su falta de dominio y responsabilidad.

La justicia no consiste en extender ahora esa licencia a ambos sexos.

La mujer no alcanza la igualdad cuando obtiene permiso para repetir los vicios que degradaron al hombre. La alcanza cuando la misma norma de fidelidad, respeto y dominio de sí se exige a los dos.

No era injusto pedir virtud a la mujer. Era injusto convertir esa exigencia en una carga exclusiva, deformarla en dominio o no pedirla también al hombre.

La castidad suele presentarse como una antigua prohibición dirigida contra el deseo femenino. En realidad, es una virtud para todos. No niega la sexualidad; la ordena para que la otra persona nunca se convierta en objeto de consumo. Enseña que el cuerpo puede expresar una entrega verdadera y que la intimidad merece algo más firme que el deseo de un instante.

Una mujer no necesita avergonzarse de su cuerpo. Necesita reconocer que posee tal dignidad que no toda mirada tiene derecho a él ni todo deseo merece ser obedecido.

También en la maternidad se pone a prueba nuestra idea de libertad.

Una mujer embarazada puede encontrarse atemorizada, abandonada o sometida a una presión que quienes la rodean prefieren no mirar. Con demasiada frecuencia, el padre desaparece y la sociedad presenta como solución individual aquello que comenzó con una responsabilidad compartida.

No puede llamarse liberación a dejar sola a una mujer ante su hijo y hacerle creer que, para conservar su futuro, necesita terminar con la vida humana que depende de ella. La respuesta verdaderamente humana consiste en sostener a ambos: exigir responsabilidad al padre, acompañar a la madre y proteger al ser indefenso que todavía no puede pedir ayuda por sí mismo.

Este ejemplo merece una reflexión propia y más profunda. Aquí basta para advertir que la voluntad de una persona no puede ser la única medida cuando existe también la vida de otra.

La libertad sin responsabilidad casi siempre descarga sus consecuencias sobre alguien más débil.

Por eso el debate sobre la mujer no puede excluir a los hombres.

No se puede pedir a una mujer que valore la maternidad mientras el padre considera opcional su presencia. No se puede hablar de pudor femenino y guardar silencio ante el hombre que consume, comparte o compra la exposición de otras mujeres. No se puede exigir fidelidad a una esposa y disculpar la infidelidad del esposo. No se puede pedir delicadeza a las jóvenes y celebrar entre los varones la vulgaridad que después las humilla.

La dignidad femenina necesita hombres capaces de gobernarse, cumplir su palabra y mirar a una mujer sin reducirla a aquello que desean de ella.

Pero necesita también mujeres capaces de no entregar a la aprobación pública la definición de su propio valor.

Ésta es una de las nuevas esclavitudes más difíciles de reconocer. No lleva cadenas visibles. Ofrece recompensas. Hace sentir poderosa a la persona mientras la vuelve dependiente de ser observada, deseada o celebrada. Le permite elegir continuamente, pero reduce el horizonte de sus elecciones a aquello que el mercado, la moda o el deseo están dispuestos a premiar.

Nunca habíamos tenido tantas posibilidades legales para decidir sobre nuestra vida. Quizá tampoco habíamos recibido tantas presiones para utilizar esa libertad de una manera determinada.

¿Quién libera entonces a la mujer?

No la libera quien utiliza sus heridas para enfrentarla con el hombre. No la libera quien mide su valor por su productividad. No la libera quien le asegura que todo vínculo la limita, que toda renuncia la disminuye o que toda norma moral pretende controlarla. Tampoco quien obtiene provecho de su cuerpo mientras la convence de que exhibirse es poder.

La mujer comienza a ser libre cuando reconoce que su dignidad no depende de la autorización de una ideología ni de la aprobación de una multitud.

Es libre cuando puede decir que sí sin miedo y decir que no sin sentirse culpable; cuando cultiva su inteligencia sin despreciar su ternura; cuando trabaja sin convertir el éxito en su único destino; cuando ama sin permitir el abuso; cuando sirve sin desaparecer y cuando acepta responsabilidades sin considerarlas automáticamente una derrota.

Es libre, sobre todo, cuando aprende a gobernarse a sí misma.

El cristianismo no ofrece una libertad vacía de verdad. Cristo no libera al ser humano para que quede a merced de todos sus impulsos. Lo libera del pecado, del miedo y de la mentira para que pueda amar el bien.

Esa libertad no consiste en hacer siempre lo que queremos, sino en llegar a querer aquello que nos hace verdaderamente buenos.

María no fue libre porque careciera de vínculos, deberes o sufrimiento. Fue libre porque ninguna presión exterior ni temor interior consiguió separarla de la verdad que había reconocido. Su entrega no borró su voluntad: la convirtió en una respuesta consciente, firme y fecunda.

Tal vez la pregunta más urgente no sea cuántas cosas puede hacer hoy una mujer que antes no podía hacer.

Debemos preguntarnos también cuáles de esas posibilidades la ayudan a crecer en dignidad, cuáles la vuelven dependiente y quién obtiene beneficio cuando confunde una cosa con la otra.

Una idea no se vuelve verdadera porque se repita. Un deseo no se vuelve justo porque sea intenso. Una conducta no se vuelve digna porque produzca ganancias. Y una decisión no se convierte en libertad solamente porque nadie nos impidió tomarla.

La auténtica liberación no exige que la mujer reniegue de su cuerpo, de su capacidad de amar, de su maternidad posible, de su necesidad de vínculos ni de su vocación eterna.

Le permite reconocerlos, ordenarlos y vivirlos sin miedo, sin servilismo y sin dejar que otros establezcan su precio.

Perfil femenino que deja atrás capas confusas y vuelve serenamente el rostro hacia la luz

Antes de celebrar que nadie puede decirnos qué hacer, conviene formular una pregunta más difícil:

¿Quién nos enseñó a desear aquello que estamos eligiendo?

Quizá allí descubramos si somos verdaderamente libres o si solamente hemos aprendido a llamar libertad a una forma más moderna de obediencia.

 



 

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