¿Para qué empezar un noviazgo?
¿Para qué empezar un noviazgo?
Dos veces «Tengo novia»; dos maneras de mirar el futuro.
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Tengo hijos e hijas que empiezan a vivir sus primeros noviazgos. Otros se acercan a esa edad en la que una mirada puede alegrar el día entero y uno descubre, con cierta sorpresa, que desea volver a ver a alguien. En casa empiezan a asomarse esas mariposas en el estómago que los padres reconocemos antes de que nadie nos diga nada.
Verlos crecer me alegra. También me hace pensar en todo lo que van a descubrir: la dicha de sentirse queridos, la emoción de conocer a otra persona y las preguntas que aparecen cuando el cariño empieza a ocupar un lugar importante en la vida.
Por ellos he querido escribir esta serie. Ojalá sirva también a otros jóvenes, a quienes llevan tiempo de novios y a las familias que desean acompañarlos con afecto y buen juicio. No pretendo resolverles el amor desde una página. Quisiera ofrecerles palabras para conversar sobre él, comenzando por una pregunta sencilla: ¿para qué empezar un noviazgo?
El muchacho esperó a que todos estuvieran sentados. Su madre acababa de poner las tortillas en la mesa; su hermana buscaba la salsa y su padre servía agua en los vasos. Él llevaba varios minutos sonriendo sin explicar por qué.
—Tengo novia.
Lo dijo de un tirón, como si temiera perder el valor antes de terminar la frase.
Su hermana fue la primera en reaccionar. Le preguntó quién era, aunque probablemente ya lo sabía. Su padre levantó la vista con una sonrisa que intentó disimular. La madre vio en la cara de su hijo una alegría nueva y se alegró con él.
Tenía dieciséis años. La muchacha le gustaba desde hacía meses. Habían empezado a hablar después de clases y ahora cualquier mensaje suyo era capaz de transformar una tarde común en una tarde memorable. Él quería contar cómo le había preguntado si quería ser su novia y qué había respondido ella. Las palabras le salían atropelladas. Nadie tuvo prisa por interrumpirlo.
Durante la cena hubo bromas y una pequeña discusión sobre quién de los dos había dado el primer paso. Su madre quiso preguntarle qué entendían ellos por ser novios. Su padre estuvo a punto de decirle que quizá convenía esperar. Pero vieron su felicidad y callaron. Ya encontrarían un momento mejor, pensaron.
Las semanas siguientes estuvieron llenas de novedades. Él esperaba sus mensajes al salir de clases; ella le guardaba un lugar cuando se reunían con los amigos. Descubrieron canciones que después les parecieron suyas. Hicieron planes para el sábado siguiente y hablaron alguna vez, entre risas, de lugares a los que irían «cuando fueran grandes».
A sus padres les gustaba verlo contento. También notaron que empezó a vivir pendiente del teléfono y a dejar algunas cosas para después. Se decían que era una etapa, que no convenía exagerar. Ninguno quería ser la persona que apagara aquella primera alegría.
La conversación quedó pendiente.
Un viernes discutieron porque él había olvidado que ella saldría con unas amigas y pasó la tarde esperando verla. Hubo mensajes escritos con enojo, respuestas que parecían más duras en la pantalla y palabras que ninguno supo retirar después. Terminaron.
La causa inmediata podía parecer una bobada. La tristeza de los dos era verdadera.
Días después, él se sentó a cenar sin el teléfono junto al plato. Sus padres lo dejaron hablar. Les contó que la extrañaba y que, cuanto más pensaba en lo sucedido, menos entendía qué habían sido durante aquellos meses.
—Me gustaba muchísimo —dijo—. Yo también le gustaba. Pero nunca hablamos de otra cosa que no fuera vernos, escribirnos y estar juntos el siguiente fin de semana.
Recordó los lugares que habían prometido visitar de mayores. No habían sido planes; eran una manera alegre de imaginarse todavía cerca. Él apenas empezaba a pensar qué estudiaría. Ella tenía sus propios sueños, que él no conocía bien. Ninguno se había preguntado qué significaría, más adelante, compartir una vida. Ni siquiera habían pensado si estaban preparados para empezar a conocerse con esa intención.
—Creo que los dos nos dejamos llevar —dijo—. Era bonito. De verdad era bonito. Pero nos dijimos que éramos novios sin saber para qué.
Su madre lo escuchó. No hacía falta quitarle belleza a lo vivido para reconocer lo que le había faltado.
Él levantó la vista.
—¿Ustedes habían pensado que era demasiado pronto?
Su padre asintió.
—Lo pensamos. Nos dio miedo echarte a perder la ilusión.
—Me habría enojado si me lo hubieran dicho —admitió el muchacho—. Pero me habría servido pensarlo.
Ninguno de los tres podía saber con certeza si una conversación a tiempo habría cambiado su decisión. Tal vez no. Ahora tampoco podrían averiguarlo: habían dejado pasar la ocasión de hablar cuando la ilusión todavía estaba intacta.
El muchacho no concluyó que quererla hubiera sido un error. Concluyó que todavía tenía que crecer antes de pedirle a alguien, y de pedirse a sí mismo, lo que entendía ahora por un noviazgo. Podía recordar aquella alegría con gratitud, aceptar que la despedida dolía y reconocer que ambos habían emprendido un viaje sin preguntarse hacia dónde querían ir.
En otra casa, durante otra cena, un joven esperó también a que todos se sentaran.
—Tengo novia.
Su madre dejó la cuchara sobre el plato. Su padre pidió el nombre de la muchacha. Hubo sonrisas y preguntas parecidas a las de la primera mesa.
Él tenía veintitrés años. Estaba por terminar la licenciatura y trabajaba medio tiempo. Había conocido a su novia entre amigos de la universidad. Le gustaba hablar con ella: podía contarle una buena noticia sin tener que explicarle primero por qué era importante, y cuando discutían sobre algo ninguno parecía empeñado en ganar por cansancio.
Unos días antes habían salido a caminar después de clase. Él le contó que pensaba buscar un trabajo de tiempo completo al graduarse, aunque aún no sabía si tendría que mudarse. Ella le habló de los estudios que quería continuar. Ninguno tenía resuelto el futuro. Se habían escuchado sin convertir las dudas del otro en un obstáculo que hubiera que esconder.
La familia recibió su noticia con gusto. Después de cenar, mientras él ayudaba a guardar los vasos, su padre le preguntó qué esperaba de esa relación.
—Quiero conocerla bien —respondió—. Nos estamos tomando tiempo.
Era una respuesta honrada. Tampoco él tenía por qué anunciar una boda, fijar una fecha o fingir una seguridad que aún no poseía. Pero ya podía hablar con ella de trabajo, vivienda, fe y familia. Podían preguntarse si algún día querrían compartir la vida entera y qué necesitarían aprender para hacerlo.
Las palabras «Tengo novia» habían provocado la misma alegría en las dos mesas. Pero ¿para qué había empezado cada uno ese noviazgo? El menor sólo pudo formular la pregunta cuando terminó. El mayor comenzaba a hacérsela mientras todavía podía conversar sobre ella con su novia.
La edad no decide por ellos. Sí cambia lo que están en condiciones de ofrecer y de pedir. El muchacho de dieciséis años necesitaba espacio para crecer y prepararse antes de asumir un vínculo con miras reales al matrimonio. El universitario podía mirar ese horizonte más de cerca, aunque tener veintitrés años y un empleo no lo volvía maduro por sí solo.
A veces hablamos de la seriedad del noviazgo como si hubiera que defenderla de la ilusión. Yo creo que conviene empezar reconociendo lo hermosa que puede ser esa ilusión.
Esperar una llamada. Elegir con cuidado unas palabras. Descubrir que alguien recuerda un detalle que todos los demás olvidaron. Caminar más despacio porque todavía queda algo por decir. Alegrarse al encontrar a una persona concreta, con una voz y una manera propia de mirar el mundo: nada de eso necesita disculpa.
La ilusión nos vuelve atentos y nos deja ver posibilidades que antes no imaginábamos. Sería triste recibir cada historia naciente con una lista de sospechas. También sería triste pedirle a la ilusión que decidiera por nosotros.
El noviazgo, vivido con honestidad, nos permite conocer a la otra persona y reconocer si podemos formar con ella un matrimonio. Eso no significa que cada pareja de novios deba casarse ni que, al comenzar, ya pueda saber si lo hará. Significa que ambos necesitan comprender hacia dónde desean caminar. Si hoy sabemos que formar un hogar es todavía una posibilidad muy lejana, conviene preguntarnos qué estamos prometiendo entretanto y qué esperamos que el otro entregue a cambio.
Para un muchacho o una muchacha de dieciséis años esa pregunta puede resultar incómoda. Sus sentimientos son intensos; el porvenir parece remoto. Aun así, los meses pasan dentro de la vida real. Una relación temprana puede ocupar el tiempo destinado a crecer, estudiar y cultivar amistades; puede acostumbrar a dos jóvenes a depender de una atención constante. También puede acercarlos a decisiones afectivas o sexuales cuyas consecuencias todavía no alcanzan a comprender y que pueden ofender a Dios. Nada de ello ocurre inevitablemente, pero sería poco honesto fingir que nunca ocurre.
Y si la relación termina, puede doler mucho. El dolor de alguien joven no es pequeño porque sus padres sepan, por experiencia, que podrá superarlo. En ocasiones ese sufrimiento forma parte de aprender a amar. Otras veces pudo haberse evitado dejando que un afecto creciera con más calma, sin adelantar compromisos para los que ninguno estaba listo.
Conviene hablar de todo esto sin convertir la historia sentimental de nadie en medida de su valor. Una muchacha no pierde dignidad por haber tenido dos novios, como tampoco un muchacho gana prestigio por haber tenido varias novias. Es injusto juzgar con dureza en ellas lo mismo que se disculpa en ellos. Lo que importa, para ambos, es aprender a tratar y a ser tratados con respeto, sin acostumbrarse a prometer lo que todavía no pueden ofrecer.
Un padre o una madre pueden ayudar mucho si recuerdan cómo se sentía aquel primer amor. Pueden recibir la noticia con ternura y, después, en un momento tranquilo, preguntar qué espera su hijo de esa relación. Pueden proponerle tiempo para conocerse, convivir con amigos y atender sus deberes sin dar por hecho que toda atracción debe convertirse de inmediato en noviazgo. Acompañarlo incluye atreverse a hablar, aun cuando no sea seguro que quiera escuchar.
No existe una edad que resuelva por sí sola todas estas preguntas. Hay personas muy jóvenes capaces de una prudencia admirable; hay adultos que huyen de cualquier responsabilidad afectiva. Siempre habrá que mirar a las personas concretas.
Conocerlas exige tiempo. Al principio nos encontramos en momentos escogidos: cuando los dos quieren verse, cuando han preparado qué contar, cuando las diferencias todavía parecen pequeñas. Después aparecen el cansancio, la contrariedad, los deberes que se cruzan y las opiniones que ninguno sabía que el otro tenía. Entonces empezamos a descubrir si admiramos a la persona real.
Idealizar no consiste en esperar cosas buenas. Consiste en apartar de la vista lo que ya conocemos porque tememos que cambie nuestra historia. «En el fondo respeta mi fe, aunque se burle de ella». «Nunca cumple lo que promete, pero conmigo aprenderá». Podemos desear sinceramente el bien de alguien sin construir sobre una versión imaginaria de esa persona.
También conviene mirarnos a nosotros mismos. ¿Sabemos pedir perdón? ¿Sostenemos nuestros deberes mientras estamos enamorados? ¿Podemos escuchar una respuesta que no esperábamos?
Hay parejas que han dado pasos muy grandes sin conversar sobre lo que significan. Comparten fines de semana, viajes y contraseñas. Conocen los horarios del otro, pero nunca se han sentado a decir qué esperan construir.
Otras han comenzado una vida sexual o se han instalado bajo el mismo techo, como si ya fueran esposos. Aquí hace falta hablar con claridad: el noviazgo no es todavía el matrimonio. Quererse mucho, llevar años juntos o tener planes de boda no sustituye el compromiso matrimonial ni el sacramento.
Por eso, los novios no deben iniciar una vida conyugal antes de casarse. La intimidad sexual y la vida en común como esposos pertenecen al matrimonio. Vivir juntos «para probar» adelanta una entrega propia de ese vínculo sin haberlo asumido.
Decirlo con claridad no nos autoriza a despreciar a quienes ya se encuentran en esa situación. Podemos hablar con respeto, comprender sus dificultades y acompañarlos a ordenar su vida, sin ocultarles el bien al que están llamados.
Si alguien les pregunta qué esperan de su relación, quizá respondan:
—Estamos bien así.
Puede ser verdad que disfruten estar juntos. Pero sentirse bien no resuelve por sí solo qué se están prometiendo ni si la manera de vivir ese cariño corresponde a su fe. La pregunta que han dejado pendiente sigue allí. Tal vez uno imagina un matrimonio y teme espantar al otro si lo menciona. Tal vez el otro desea compañía, pero no contempla dar ese paso. Mientras ninguno hable con claridad, los dos pueden sentirse de acuerdo y vivir, en realidad, dentro de proyectos diferentes.
Hablar no obliga a prometer lo que aún no se sabe. Permite que cada uno conozca la verdad necesaria para elegir libremente. Una respuesta incierta, expresada con sinceridad, puede abrir una conversación. Una seguridad fingida para conservar la relación acaba cobrando un precio mayor.
Por eso el noviazgo necesita una dirección aun cuando todavía no tenga una fecha. Nos da ocasión de descubrir si queremos y podemos caminar hacia el matrimonio con esta persona. En ese camino aprendemos si existe estima además de atracción, si la confianza resiste una dificultad y si podemos hablar de nuestros desacuerdos sin castigarnos por tenerlos. También necesitamos conversar sobre cómo ayudarnos a acercarnos juntos a Dios y qué lugar tendrá la fe en la vida que imaginamos compartir.
Ese conocimiento puede llevarnos a concluir que no debemos casarnos. Es una conclusión dolorosa, pero puede ser honrada y buena para ambos. Nadie debe continuar una relación sólo porque pasó mucho tiempo, porque las familias se encariñaron o porque teme herir a quien ama. La delicadeza importa al decir la verdad; callarla indefinidamente suele herir más.
La preparación tampoco empieza cuando se compra un anillo. Comienza en gestos modestos: cumplir una palabra, ordenar el propio tiempo, aprender a trabajar, administrar lo que se tiene y dominar un impulso que podría dañar al otro. Quien todavía es muy joven puede ejercitar esas virtudes sin adelantarse a un compromiso. Quien ya contempla formar un hogar necesita mirar, además, qué pasos reales puede dar para hacerlo posible.
En los siguientes artículos de esta serie iremos conversando sobre estas preguntas: cómo distinguir el enamoramiento del conocimiento verdadero, qué significa vivir la castidad y por qué vivir juntos «para probar» no equivale a prepararse para el matrimonio. También hablaremos de las conversaciones que los novios necesitan tener y de lo que significa preparar una vida compartida, además de una boda.
Por ahora, quisiera que nos quedáramos con la pregunta del comienzo: ¿para qué empezar un noviazgo? La ilusión merece ser recibida con alegría. Y las dos personas que la viven merecen saber hacia dónde están caminando.
Pienso de nuevo en las dos mesas: en el teléfono que ya no estaba junto al plato del muchacho y en los vasos que el universitario guardaba mientras hablaba con su padre. Ninguno necesitaba recibir una fecha de boda durante la cena. Los dos merecían una familia capaz de alegrarse, de acompañar y de decir la verdad con cariño.
Esa conversación puede empezar también entre los propios jóvenes, una tarde cualquiera, sin solemnidad ni examen. Después de hablar del día, cuando ya no tengan que llenar cada pausa, uno puede preguntar al otro:
—¿Qué estamos aprendiendo a construir juntos y hacia dónde podría llevarnos?
Vale la pena escuchar la respuesta. Y vale la pena tener la libertad de dar la propia.
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