OMO-0240 — Los hijos del desarraigo (I)
Educación, familia y sociedad
Los hijos del desarraigo (I)
Educación, familia y sociedad · Periódico La Esperanza
I. El umbral
Desesperar es llegar a creer que el dolor presente ha conquistado también el futuro; que ya no existe, detrás de la noche que se padece, ningún bien suficientemente grande por el cual esperar.
Hay algo particularmente terrible cuando esa convicción se apodera de un joven. La juventud tiene naturalmente más futuro que pasado: casi todo está todavía por comenzar —los hijos que no han nacido, las amistades que no se han encontrado, la obra que no se ha realizado, el amor que aún no tiene rostro, las fidelidades que no han sido probadas—. Por eso, cuando un joven deja de ver el mañana como promesa y comienza a percibirlo únicamente como prolongación de su herida, no estamos sólo ante la intensidad de un sufrimiento. Estamos ante la clausura de un horizonte.
Las estadísticas difundidas por el INEGI el 10 de septiembre de 2026, con motivo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, vuelven brutalmente concreta esa reflexión. Durante 2025 se registraron en México 8,709 muertes por suicidio: una tasa de 6.7 por cada cien mil habitantes. Entre las personas de quince a veintinueve años la tasa alcanzó 10.2 —la más alta entre los grupos de edad—, y el suicidio se consolidó como la tercera causa de muerte en ese segmento. La prensa que recogió la cifra al día siguiente contabilizó 3,318 jóvenes muertos: el 38.1 por ciento del total nacional.[1]
Tres mil trescientas dieciocho historias no admiten una explicación única. Conviene decirlo desde el principio, precisamente para poder ir después más lejos. Existen depresiones severas, trastornos psiquiátricos, adicciones, abusos, duelos, enfermedades, violencia, frustraciones afectivas, quebrantos económicos y biografías cuya oscuridad sólo conoce verdaderamente quien las ha padecido. La medicina y la psicología pueden salvar vidas; la prevención profesional no es una concesión hecha a una mirada secular del hombre, sino una exigencia elemental de prudencia y de caridad. El reportaje que motiva estas páginas pone de relieve, con razón, las barreras económicas para acceder a la atención psicológica, y reclama mejores redes de cuidado y una sociedad capaz de acoger el sufrimiento antes de que llegue a hacerse insoportable.[2]
Pero una vez reconocido todo ello, la cifra continúa allí. Y obliga a formular otra pregunta, distinta de la que ocupa a la clínica: ¿siempre fue así? No lo fue.
II. Una curva, no un accidente
La comparación histórica exige cautela. No poseemos, para las primeras décadas del siglo XX, una serie estadística perfectamente homogénea con los registros actuales: cambiaron las clasificaciones, los sistemas de certificación, la capacidad institucional para registrar las defunciones y hasta la disposición social a reconocer algunas de ellas. Pretender una continuidad matemática impecable sería poco serio. Pero desde mediados del siglo pasado disponemos de evidencia suficiente para advertir una tendencia que no puede despacharse como una simple ilusión estadística.
Hacia 1950, México registraba aproximadamente 1.5 suicidios por cada cien mil habitantes. En 2008, la tasa había llegado a 4.8.[3] El estudio demográfico que reconstruyó esa evolución observó un descenso durante los años sesenta y, a partir de los setenta, un movimiento ascendente de largo plazo. En 2015 la tasa nacional era de 5.1; en 2025, según los datos preliminares del INEGI, es de 6.7.[4]
Entre los jóvenes la transformación aparece todavía más nítida. Una investigación que examinó a la población mexicana de quince a veintinueve años entre 1990 y 2020 encontró que la tasa estandarizada de mortalidad por suicidio pasó de 3.2 a 9.6 por cada cien mil: en treinta años prácticamente se triplicó, un incremento del 198 por ciento. Entre las mujeres jóvenes el crecimiento proporcional fue del 285 por ciento; entre los varones, del 178 por ciento.[5]
He ahí el dato que cambia la naturaleza de la cuestión.
El suicidio no nació en nuestro tiempo. Tampoco la desesperación, ni la enfermedad mental, ni la desgracia, ni la ruptura amorosa, ni el sentimiento de fracaso: todo eso acompaña al hombre desde que tenemos memoria de él. Lo que necesita explicación es que el fenómeno haya adquirido esta dimensión precisamente entre generaciones que disponen de recursos materiales, médicos, educativos, comunicativos y tecnológicos incomparablemente mayores que los de sus abuelos.
No ha cambiado la naturaleza del joven en setenta años. Ha cambiado el mundo en el que aprende a ser joven. Y acaso haya cambiado algo todavía más profundo: la manera en que ese mundo le enseña a comprender quién es, a quién pertenece, qué debe esperar de la vida y qué hacer con ella cuando la vida duele.
III. Lo que el progreso retiró
El progreso no es una sustancia indivisible. Una civilización puede avanzar extraordinariamente en determinados bienes mientras erosiona otros que sólo advierte cuando comienzan a faltar. Puede vivir más y saber menos para qué vive. Puede comunicarse más y pertenecer menos. Puede multiplicar las opciones y disminuir las certezas. Puede emancipar al individuo de ataduras concretas y, al mismo tiempo, debilitar los vínculos sin los cuales la libertad misma degenera en intemperie.
No se trata, pues, de comparar un siglo con otro como quien mide épocas por su comodidad. Se trata de identificar qué bienes concretos sostenían antes al joven frente a la desesperación, y que hoy le han sido retirados.
La urbanización mexicana ilustra este mecanismo con precisión. En 1950, cuarenta y tres de cada cien habitantes vivían en localidades urbanas; en 2020 eran setenta y nueve.[6] Esa transformación disolvió la proximidad de las generaciones, el vecindario, el arraigo territorial, la continuidad de los oficios, la memoria de un lugar: precisamente las formas concretas en que un joven aprendía, antes de poder nombrarlo siquiera, que pertenecía a algo mayor que sí mismo.
También cambió la familia. No porque toda familia anterior fuese perfecta, sino porque cambió culturalmente el modo mismo de entender el vínculo conyugal: se dejó de concebirlo como una realidad indisoluble, ordenada por su propia naturaleza al bien de los esposos y a la generación y educación de los hijos, y se lo trató progresivamente como un contrato revisable según la satisfacción subjetiva de las partes. En 2024 se registraron en México 161,932 divorcios, equivalentes a 33.3 por cada cien matrimonios celebrados ese año. La tasa de divorcios por cada mil personas adultas pasó de 1.52 en 2015 a 1.79 en 2024.[7]
Conviene decirlo sin ambages. Que existan matrimonios formalmente intactos donde reina el desamor, y hogares divididos por el divorcio donde los hijos reciben, pese a todo, un cuidado auténtico, no desmiente esta verdad: sólo la desmentiría quien confundiera la virtud de las personas con la naturaleza de la institución. El desorden dentro de un matrimonio concreto —la crueldad, la infidelidad, el abandono— no es un argumento contra el matrimonio, sino precisamente su negación práctica: es la prueba de que se ha faltado a lo que el vínculo exige por su propia naturaleza, no la prueba de que el vínculo sea indiferente. Y que unos padres separados logren, por virtud heroica, mitigar el daño de la ruptura para sus hijos no convierte la ruptura misma en un bien neutro: demuestra únicamente que la gracia y la virtud personal pueden aminorar lo que la naturaleza ya sufrió como herida. Ni la excepción prueba la regla, ni el heroísmo de algunos padres divorciados absuelve a una cultura que ha dejado de sostener la permanencia del vínculo conyugal como un bien debido a los hijos —no como una opción entre otras igualmente legítimas.
La evidencia empírica no hace sino confirmar lo que la razón natural ya sabía sin necesidad de encuestas. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada este mismo 2026 en JAMA Network Open, después de examinar decenas de estudios sobre mortalidad por suicidio juvenil, encontró entre los factores protectores más consistentes precisamente indicadores de estabilidad familiar: vivir con ambos padres, y el matrimonio de los padres.[8] La ciencia social llega, con los instrumentos y las cautelas propias de su método, a donde la filosofía del derecho natural había llegado hace siglos por otro camino: el hombre no se hace a sí mismo desde la nada; nace debiendo su primera pertenencia a un padre y a una madre unidos, y esa unión no es un arreglo revisable según las circunstancias, sino la forma misma en que la naturaleza dispuso que un hijo fuese recibido en el mundo.
IV. Pertenecer es también estar obligado
La observación resulta casi obvia una vez pronunciada: la familia no proporciona solamente alimento, techo o afecto. Proporciona situación. Antes de que un niño pueda preguntarse quién quiere ser, ya sabe —si la familia funciona— de quién es hijo, quién es su hermano, quién lo espera, quién recuerda su infancia, quién tiene derecho a preocuparse por él. Entra en una historia que comenzó antes de su voluntad. Y esa experiencia posee una densidad que el lenguaje contemporáneo de la autonomía a veces no alcanza a nombrar, porque pertenecer significa también estar obligado.
Durante décadas hemos aprendido a mirar los deberes principalmente como restricciones. No faltaban razones: hubo deberes falsamente invocados para justificar abusos y autoridades indignas de ese nombre. Pero al limpiar el terreno de toda obligación no elegida, quizá arrojamos junto con la maleza alguna raíz.
El padre no encuentra sentido solamente porque sus hijos lo quieran. Lo encuentra también porque lo necesitan. El hijo adulto sabe que unos padres envejecidos pueden esperar su presencia. El esposo sabe que existe alguien frente a quien una ausencia puede convertirse en infidelidad. El amigo verdadero sabe que no todas sus decisiones son privadas, porque hay otro cuya vida será tocada por ellas. La comunidad auténtica nos dice algo que ninguna plataforma puede decirnos: que nuestra existencia no nos concierne solamente a nosotros.
He aquí una paradoja de nuestro tiempo que merece ser considerada con cuidado: el hombre que alcanza la posibilidad de no deber nada a nadie puede terminar descubriendo que tampoco nadie parece tener derecho a esperar nada de él. Y la independencia absoluta, llevada hasta su extremo, corre el riesgo de adquirir el rostro de la irrelevancia.
V. El desarraigo antes de la pantalla
Juan Vallet de Goytisolo había advertido muy pronto que la sociedad de masas no debía estudiarse únicamente por su dimensión política o económica: su efecto más profundo se producía sobre el hombre mismo. En El hombre en la sociedad de masas, publicado en Verbo en 1977, aparecen expresiones que hoy parecen escritas después de las redes sociales: desarraigo religioso, desarraigo intelectual, desarraigo existencial, sustitución mental del mundo real por un mundo artificial, pérdida de interioridad, homogeneización social.[9]
Vallet no conoció las plataformas digitales capaces de acompañar a un adolescente desde el despertar hasta el sueño, ni el teléfono que hoy nunca se apaga. No conoció el algoritmo que selecciona aquello que verá, la economía de la atención, ni la posibilidad de someter cada instante de una vida a comparación con las vidas cuidadosamente editadas de millones de desconocidos. Pero había visto el fenómeno anterior a la técnica que después lo multiplicaría: el desarraigo.
El problema no consiste simplemente en que el joven utilice demasiado una pantalla. Consiste en preguntarnos qué clase de relación con la realidad puede formarse cuando una parte creciente de la existencia se vive en espacios donde todo puede exhibirse, compararse, sustituirse y desaparecer.
Nunca habíamos estado tan comunicados. Y quizá nunca haya resultado tan necesario distinguir comunicación de comunión. Un contacto no es todavía un amigo. Un seguidor no es un prójimo. Una audiencia no es una comunidad. Una reacción no equivale a reconocimiento. Ser visto no significa ser conocido. Y la posibilidad de hablar con miles no garantiza tener a quién llamar a las tres de la mañana.
La cuestión, sin embargo, vuelve a ser anterior a la tecnología. La pantalla encontró un terreno preparado por una determinada concepción del hombre.
VI. La carga de inventarse a sí mismo
Durante siglos, el occidental se comprendió dentro de realidades que lo precedían: familia, pueblo, patria, religión, naturaleza, sexo, deberes, tradición. Podía rebelarse contra ellas; podía abandonarlas; algunas merecían ser corregidas. Pero ninguna persona seria podía imaginar que había comenzado consigo misma.
La modernidad fue modificando gradualmente esa relación. Lo recibido comenzó a mirarse como sospechoso en cuanto límite, y lo elegido adquirió dignidad precisamente en cuanto elección. De la libertad entendida como capacidad de gobernarse para realizar el bien se pasó, progresivamente, a una libertad que reclama también el derecho de determinar por sí misma qué deba ser tenido por bien.
La diferencia puede parecer abstracta. Para un muchacho de veinte años no lo es. El joven contemporáneo recibe un mensaje de una grandeza embriagadora: sé aquello que quieras ser. Pero detrás de esa promesa se oculta una carga enorme: averigua tú solo qué merece la pena ser.
Tiene que encontrar su vocación, diseñar su personalidad, escoger su identidad, construir una carrera, administrar su apariencia, cultivar sus relaciones, realizarse afectivamente, vivir experiencias, cuidar su salud, alcanzar independencia económica, conservar una imagen atractiva de sí mismo y, al mismo tiempo, demostrar que es feliz. Todo ello bajo la comparación continua con incontables vidas ajenas.
Nunca una generación dispuso de tantos caminos. Quizá ninguna tuvo tanta necesidad de que alguien le explicara hacia dónde.
VII. La crisis de los fines
Aquí comienza a aparecer una transformación todavía más profunda que la del hogar, la ciudad o la tecnología: la crisis de los fines.
Nuestra civilización sabe contestar una cantidad prodigiosa de preguntas que comienzan por cómo: cómo vivir más, cómo producir más, cómo viajar más lejos, cómo acceder inmediatamente a la información, cómo reducir el dolor, cómo reconstruirse después de una ruptura, cómo mejorar el cuerpo, cómo incrementar el rendimiento, cómo multiplicar las experiencias, cómo prolongar la juventud.
Mucho menos segura se encuentra ante una palabra más breve: ¿para qué?
La pregunta no desaparece porque dejemos de formularla. Lo único que ocurre es que otros bienes ocupan silenciosamente el lugar de la respuesta: éxito, reconocimiento, placer, salud, dinero, amor romántico, experiencias, prestigio, apariencia, autorrealización. Muchos son bienes verdaderos —precisamente por eso pueden engañarnos cuando pretendemos convertirlos en el Bien.
Todos ellos comparten una característica: pueden perderse. La salud se quiebra. Una persona amada se marcha. La belleza envejece. Una carrera fracasa. La reputación puede desaparecer en una tarde. El dinero se acaba. El proyecto al que se entregaron veinte años puede no realizarse. El cuerpo que obedecía deja de hacerlo. No hay pesimismo en reconocerlo: hay realidad.
El problema comienza cuando a un bien limitado se le exige justificar una existencia completa. Entonces su pérdida deja de ser la pérdida de algo y amenaza con convertirse en pérdida de todo. Una relación debe proporcionar el sentido último. El éxito debe demostrar el valor de la persona. La belleza debe garantizar su dignidad. El reconocimiento de otros debe certificar que se merece existir. Y cuando cualquiera de esas cosas desaparece, el hombre puede encontrarse sin un bien superior desde el cual juzgar la pérdida.
(Continuará)
[1] Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), Estadísticas de Defunciones Registradas 2025 (resultados preliminares), difundidas con motivo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, 10 de septiembre de 2026.
[2] Brenda Salas, «Atención psicológica, un lujo inalcanzable», Excélsior, 11 de septiembre de 2026.
[3] «El suicidio en México», estudio sobre la evolución nacional de las tasas de mortalidad por suicidio entre 1950 y 2008.
[4] Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), Estadísticas de Defunciones Registradas 2025 (resultados preliminares), difundidas con motivo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, 10 de septiembre de 2026.
[5] Hilda Ortiz-Pérez, Enrique Bravo-García y José Samuel Bravo-García, «Epidemiology of Suicide Mortality in Mexican Young People (Ages 15–29) from 1990 to 2020», Salud Mental, vol. 46, núm. 6, 2023.
[6] INEGI, Censos de Población y Vivienda, 1950 y 2020 (proporción de población residente en localidades urbanas).
[7] INEGI, Estadísticas de Matrimonios y Divorcios, 2015 y 2024.
[8] Marie-Claude Geoffroy et al., «Risk and Protective Factors for Suicide Mortality in Youths: A Systematic Review and Meta-Analysis», JAMA Network Open, 2026. Los autores señalan, como es propio del método epidemiológico, las limitaciones habituales de una revisión de estudios observacionales; ello no afecta la tesis del presente ensayo, que no depende de la ciencia social para su fundamento, sino que encuentra en ella una confirmación adicional.
[9] Juan Vallet de Goytisolo, «El hombre en la sociedad de masas», Verbo, núms. 159–160, 1977.
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