OMO-0233 — CORAZÓN DE MI CORAZÓN (Al Corazón Inmaculado de María en el día de su celebración).

El reloj en vela — La mirada que entiende el presente — Lic. Oscar Méndez O.
Leer por autor

Fe, Iglesia y vida cristiana

CORAZÓN DE MI CORAZÓN (Al Corazón Inmaculado de María en el día de su celebración).

Fe, Iglesia y vida cristiana · Catolicidad

Clave de archivoOMO-0233
Fecha original22 de agosto de 2026
Fuente originalCatolicidad
Tema principalFe, Iglesia y vida cristiana
Ilustración editorial original para CORAZÓN DE MI CORAZÓN  (Al Corazón Inmaculado de María en el día de su celebración).
Ilustración editorial original para el Archivo OMO.

CORAZÓN DE MI CORAZÓN

(Al Corazón Inmaculado de María en el día de su celebración).

⸻

¿Tenemos raíz sobre la tierra?

Yo lo pregunto.

Pregunto a las flores

que por la mañana se entrelazan

y al caer la tarde inclinan el rostro.

Pregunto al jade.

También el jade se quiebra.

Pregunto al oro.

También el oro se rompe.

Pregunto a la pluma preciosa.

También ella se desgarra

y el viento la lleva.

Sólo un poco aquí.

Sólo un poco

nos prestamos nuestros rostros.

¿También mi corazón

habrá venido solamente

para desaparecer?

¿También mi canto

será como pintura

que el agua borra?

¿Adónde iré?

¿Dónde está la casa

de Aquel por quien se vive?

⸻

Mucho tiempo

levanté hacia lo alto mi canto.

Allá,

en el interior del cielo,

buscaba una palabra verdadera.

Una palabra con raíz.

Una flor que no mintiera

prometiendo permanecer.

Y ahora,

Madre,

he sabido de tu Corazón.

Y mi canto

se ha quedado suspenso.

Porque tú también escuchabas.

Tú también guardabas.

Pero las cosas que entraban en tu corazón

no las entregabas al viento.

Las recogías dentro.

Las juntabas.

Las volvías silencio.

Las guardabas.

Las guardabas.

⸻

¿Qué guardabas, Madre?

¿Flores?

Más que flores.

¿Cantos?

Más que cantos.

Guardabas las palabras

del Hijo.

Guardabas sus pasos.

Guardabas su mirada.

Guardabas aquello

que todavía no comprendías

y lo dejabas descender,

más adentro,

más adentro,

hasta el lugar

donde una madre escucha

lo que no puede decir.

⸻

Por eso quiero acercar

mi pobre canto a tu Corazón.

Porque yo he preguntado:

¿tiene raíz lo verdadero?

Y en ti encuentro

una respuesta que me sobrepasa.

El que da raíz a cuanto existe

echó en ti su raíz humana.

El que no cabe

en casa alguna

quiso tener casa en ti.

El que alimenta a los vivientes

quiso alimentarse

de tu sangre.

El que sostiene las estrellas

quiso ser sostenido

por tus entrañas.

El que hizo el corazón del hombre

quiso que comenzara a latir

un corazón humano

junto al tuyo.

⸻

¡Oh flores, callad!

¡Oh cantos, deteneos!

Hay algo aquí

que no sabéis cantar.

Dos corazones

en el interior de una sola noche.

El corazón de la Madre.

El Corazón del Hijo.

Uno creado.

El otro,

Corazón humano del Verbo eterno.

Uno recibiéndolo todo.

El otro

dándolo todo.

Y tan cerca,

tan escondidos,

tan silenciosos,

que antes de que la tierra

escuchara la voz de Jesús,

María escuchó

su corazón.

⸻

¿Qué hiciste con aquel latido?

Lo guardaste.

¿Qué hiciste con aquella sangre?

La diste.

¿Qué hiciste con aquel Niño?

Lo adoraste.

¿Qué hiciste con su voluntad?

La amaste.

¿Qué hiciste cuando no comprendías?

Guardaste.

¿Qué hiciste cuando comenzó la noche?

Permaneciste.

⸻

Así fue tomando tu corazón

la semejanza del suyo.

No eras la Fuente.

Bebías.

No eras el Fuego.

Ardías.

No eras la Luz.

La recibías.

No eras el Verbo.

Lo escuchabas.

Y cuanto recibías

no encontraba en ti muralla.

Por eso amabas

lo que Él amaba.

Querías

lo que Él quería.

Callabas

cuando Él callaba.

Te entregabas

cuando Él se entregaba.

Dos corazones.

Dos voluntades.

Dos amores creados en cuanto humanos,

pero uno de ellos perteneciente

a la Persona del Verbo.

Y una concordia tan honda

que mi canto apenas sabe decir:

Corazón de tu corazón.

⸻

Pero llegaron las flores negras.

Llegó el árbol.

Llegó la hora.

Llegó la espada.

Y aquel Corazón

que primero habías escuchado

en el secreto de tu seno

fue abierto ante tus ojos.

¡Madre!

¿Dónde pusiste entonces

todas las palabras que habías guardado?

¿Dónde la voz del ángel?

¿Dónde Belén?

¿Dónde el Niño?

¿Dónde sus manos pequeñas?

¿Dónde el rostro

que buscabas entre la multitud?

Todo estaba allí.

Todo.

Dentro de tu Corazón.

Y delante de ti,

el Hijo.

⸻

Entonces comenzó

la noche dentro de la noche.

Ya no hubo flor.

Ya no hubo canto.

Ya no hubo palabra.

Sólo el Amado.

Y la espada.

Y tú.

Permaneciste.

Permaneciste cuando su rostro

ya no parecía rostro.

Permaneciste cuando sus manos

no podían abrazarte.

Permaneciste cuando el Corazón

que había latido junto al tuyo

dejó de latir.

⸻

¡Oh noche!

¿Qué hiciste con la Madre?

La despojaste de todo

menos de Dios.

Y cuando ya no podía guardar al Hijo

entre sus brazos,

lo guardó

donde siempre lo había guardado:

en el corazón.

Allí no murió el amor.

Allí ardió más puro.

Allí la herida encontró la llama.

Allí la llama entró en la herida.

Y ya no sé decir

si aquel Corazón estaba herido porque amaba

o amaba tanto

porque estaba herido.

⸻

Ahora comprendo

por qué me llaman tus flores.

No son flores para una mañana.

Hay dentro de tu Corazón

un jardín escondido.

Pero para entrar en él

hay que hacerse pequeño.

Más pequeño.

Dejar afuera el ruido.

Dejar afuera el oro.

Dejar afuera el nombre.

Dejar incluso el propio canto.

Entrar pobre.

Entrar de noche.

Entrar buscando solamente

al Amado.

⸻

Y cuanto más entro,

menos te encuentro sola.

Más adentro:

Jesús.

Debajo de tu silencio:

Jesús.

Dentro de tu alegría:

Jesús.

En el fondo de tu dolor:

Jesús.

En la raíz de tu pureza:

Jesús.

En el centro de tu Corazón:

Jesús.

Todo conduce a Él.

Todo vuelve a Él.

Todo en ti parece decirme:

más adentro.

⸻

Entonces entiendo

por qué tu Corazón es refugio.

No porque allí

no llegue la espada.

Llegó.

No porque allí

no exista noche.

La conociste.

No porque allí

no se llore.

Lloraste.

Es refugio porque ninguna espada

pudo separar tu corazón de Dios.

Es refugio porque ninguna noche

apagó el fuego.

Es refugio porque el dolor

no pudo arrancarte al Amado.

Es refugio

porque dentro de ti

el corazón aprende

a no huir de Dios.

⸻

Madre,

mira ahora el mío.

También guarda cosas.

Pero guarda polvo.

Guarda heridas.

Guarda rostros que se fueron.

Guarda palabras inútiles.

Guarda flores secas.

Guarda demasiado de sí mismo.

Tómalo.

No para que deje de ser mío.

Para que aprenda

a ser de Dios.

Enséñale tu ciencia escondida:

recibir.

Guardar.

Callar.

Ofrecer.

Permanecer.

Arder.

⸻

Si tiene que llegar la noche,

que llegue.

Si tienen que caer mis flores,

que caigan.

Si el jade tiene que quebrarse,

que se quiebre.

Si mis plumas preciosas

han de ser llevadas,

que las lleve el viento.

Si mi canto tiene que callar,

que calle.

Pero una cosa te pido,

Corazón de mi Madre:

no permitas

que mi corazón se disperse.

⸻

Porque ésta ha sido siempre

mi tristeza:

ser un poco aquí.

Mirar un rostro

y perderlo.

Amar una flor

y verla caer.

Pronunciar un nombre

y escuchar después silencio.

¿Para esto recibimos corazón?

¿Para despedirnos?

¿Para convertirnos en pintura borrada?

¿Para que también nuestro amor

sea llevado por el viento?

⸻

Ahora sé que no.

Hay una casa.

Hay un jardín.

Hay una raíz.

Pero no están aquí

como yo los buscaba.

La casa es Él.

El jardín conduce a Él.

La raíz está en Él.

Y tú,

Madre,

guardaste estas cosas

en tu Corazón.

⸻

Guárdame también.

Cuando llegue mi última tarde,

guárdame.

Cuando mis amigos ya no escuchen

mi voz,

guárdame.

Cuando se borre mi pintura,

guárdame.

Cuando se quiebre mi jade,

guárdame.

Cuando el viento pregunte

qué debe llevarse de mí,

no le entregues mi corazón.

Guárdalo.

Guárdalo en el tuyo.

Como guardabas las palabras.

Como guardabas el misterio.

Como guardaste al Niño.

Como guardaste la Cruz.

Como guardaste al Amado

cuando ya no podías verlo.

⸻

Y allí,

en el interior de tu Corazón,

deja que muera

cuanto todavía no sea de Dios.

Que arda.

Que se purifique.

Que se haga silencio.

Hasta que mi corazón

ya no pregunte:

¿eres verdadero?

¿tienes raíz?

¿permanecemos?

Porque habrá escuchado

la respuesta.

No una palabra.

Un latido.

El mismo que tú escuchaste

en el interior de tu seno.

⸻

Entonces abre tu Corazón, Madre.

No para devolverme a la tierra.

Ábrelo hacia Él.

Déjame caer

de tu corazón

en su Corazón,

de tu herida

en su herida,

de tu amor

en el Amor.

Hasta que no quede de mí

ni flor que defender,

ni jade que guardar,

ni pintura que preservar,

ni canto que me pertenezca.

Sólo Dios.

Sólo el Amado.

Sólo Aquel por quien se vive.

⸻

Y si todavía queda

una última flor,

déjala caer.

Y si todavía queda

una última palabra,

que sea ésta:

María,

Corazón de mi corazón,

no dejes que me esparza

en el viento.

Guárdame.

Guárdame en tu Corazón

hasta que todo mi corazón

sea de Dios.

Ficha documental

Autor en esta ediciónLic. Oscar Méndez O.
Fecha original22 de agosto de 2026
Publicación de procedenciaCatolicidad
Firma registrada en la fuenteAutor: Óscar Méndez Oceguera
Tema principalFe, Iglesia y vida cristiana
Consultar publicación original →
Apoye este archivo
↑

Comentarios

Entradas populares de este blog

La niña del caracol

La campana silenciosa y el destino de la rana

La parábola del tesoro olvidado