«Busca novia el domingo en la fila de la confesión»

Una voz femenina contemporánea

Valeria Castillo

Cabeza clara, corazón de mujer y voz de madre.

«Busca novia el domingo en la fila de la confesión»

Si deseas compartir la vida con alguien de fe, importa dónde buscas y qué puedes conocer allí de esa persona.

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Duración: 9:56 · Lectura con voz generada mediante inteligencia artificial.

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Una abuela conversa con su nieto y su nieta durante una sobremesa de domingo

Imaginemos una sobremesa de domingo. Quedan dos tazas de café, un plato con migajas y un muchacho que lleva un rato diciendo que no encuentra a una mujer con quien pensar en casarse.

Su hermana lo escucha mientras recoge las cucharitas. Le pregunta si ha conocido a alguien nuevo. Él responde que sale, que tiene amigos, que tampoco vive encerrado.

La abuela, que hasta entonces había seguido la conversación sin intervenir, deja su taza sobre el plato.

—Busca novia el domingo en la fila de la confesión.

La hermana se ríe. El muchacho también.

—Abuela, ¿voy a confesarme o a buscar novia?

La ocurrencia podría quedarse ahí, entre las bromas del café. Pero vale la pena escuchar lo que hay debajo.

Si deseas encontrar a alguien que ame a Dios, que procure vivir su fe y que tenga disposición para reconocer sus faltas, importa que esas cosas tengan lugar en los ambientes que frecuentas.

La misma pregunta cabe para una mujer que desea conocer a un buen hombre. Puede imaginar un futuro esposo respetuoso de su fe, responsable y dispuesto a servir. ¿En qué ocasiones podría conocer personas con quienes esos bienes sean algo más que un tema de conversación?

El consejo tiene algo de razón. Pero, si lo seguimos al pie de la letra, podemos equivocarnos.

La confesión es un encuentro con la misericordia de Dios. Quien espera su turno necesita recogimiento y libertad para acercarse al sacramento. Merece que respetemos ese momento, sin intentar llamar su atención ni convertir su presencia en una oportunidad de conquista.

Tampoco sabemos lo que sucede en su conciencia. Ver a alguien entrar al confesonario no nos autoriza a suponer qué ha hecho, cuánto ha cambiado o cómo sería como esposo o esposa.

Podemos agradecer que busque el perdón de Dios. Lo demás habrá que conocerlo en el trato.

La frase de la abuela nos ayuda, entonces, a mirar más allá de la fila: hacia una vida en la que la fe se recibe, se aprende y procura llevarse a las obras. Allí puede haber amistades, encuentros y, quizá, un amor que nazca con naturalidad.

En el artículo anterior abríamos espacio en nuestros días y ampliábamos los círculos de convivencia. Ahora la pregunta tiene otro matiz: ¿qué nos permite conocer el ambiente al que estamos entrando?

Una joven es recibida por un grupo que prepara paquetes de alimentos

Pensemos en una mañana de servicio. Un grupo prepara paquetes de alimentos para varias familias. Hay cajas abiertas, bolsas que nadie consigue separar y una mesa demasiado pequeña para todo lo que pusieron encima.

Una joven llega por primera vez. Conoce a la amiga que la invitó, pero a nadie más. Se queda junto a la puerta con esa sonrisa de quien quiere ayudar y todavía no sabe dónde acomodarse.

Un muchacho levanta la vista.

—Ven, aquí estamos contando el arroz. Yo tampoco sabía qué hacer la primera vez.

Le acerca una caja. Alguien pregunta si ya tomaron café. Otro descubre que llevan diez minutos contando dos veces las mismas bolsas. Hay risas. El trabajo continúa.

Durante la mañana pueden conversar sin tener que inventar una conversación entera. Una pregunta sobre el sábado lleva a hablar del trabajo; otra, de una afición. Los nombres empiezan a tener caras y las caras, una historia pequeña.

Al terminar, faltan manos para guardar las mesas. Algunos tienen que irse; otros pueden quedarse. La joven y el muchacho siguen ayudando unos minutos, junto con los demás.

No sabemos si llegarán a gustarse, si alguno tiene pareja o si solamente tendrán una amistad agradable. La escena no necesita acabar en boda para haber sido buena.

Pero allí hubo una posibilidad real de conocerse mientras hacían algo útil. Ninguno tuvo que presentarse como el futuro esposo perfecto. Compartieron una tarea, una dificultad pequeña y un rato de alegría.

Ese es uno de los bienes de una comunidad: podemos conocernos mientras compartimos algo, sin cargar cada saludo con una expectativa matrimonial. Aquella mañana pudieron conversar y ver cómo se trataban al trabajar juntos. Si vuelven a coincidir, habrá ocasión de conocerse un poco más.

La vida parroquial puede ofrecer esas ocasiones: una formación seria, una tarea de servicio, un rato de conversación al terminar. Si deseas un hogar en el que puedan rezar juntos y educar cristianamente a sus hijos, compartir la fe importa mucho. Conviene buscar también donde esa fe se cuide y se viva. Más adelante nos detendremos en lo que significa ese acuerdo dentro de la pareja.

También podemos conocer a alguien en los estudios, el trabajo, una actividad cultural o a través de amigos. Allí puede empezar una historia hermosa. Habrá que descubrir qué cree esa persona y cómo procura vivirlo.

Y dentro de un grupo católico también habrá que hacerlo. Todos necesitamos conversión. Participar no borra por sí solo la impaciencia, la vanidad o el egoísmo. La oración y los sacramentos nos ayudan; hace falta cooperar con la gracia y llevar la fe al trato diario.

Una sala sencilla puede albergar conversaciones ricas y amistades nobles. Un lugar elegante también puede reunir a personas superficiales. La formación, la cultura y los intereses compartidos importan para la vida común, pero el dinero, un diploma o un oficio no nos dicen por sí solos cómo es alguien.

Vale la pena escucharla y tratarla antes de sacar conclusiones por sus estudios, su trabajo o el lugar del que viene.

A veces será útil preguntar a un amigo de buen juicio cómo es una actividad antes de incorporarnos. Qué hacen, cómo reciben a quienes llegan, si hay ocasión de conversar y si podemos participar con cierta continuidad.

Tal vez descubramos que un grupo tiene un nombre prometedor, pero casi nadie convive. O que una actividad modesta reúne a personas con quienes compartimos intereses y convicciones.

Elegir pide esa atención sencilla. Después hay que participar.

Si llegamos a una tarea comunitaria y pasamos la mañana averiguando quién está soltero, quizá terminemos sin haber ayudado ni conocido a nadie. Los demás tienen derecho a ser recibidos como personas. Su amistad merece interés aunque nunca llegue a convertirse en noviazgo.

Podemos llevar en el corazón el deseo de encontrar esposo o esposa y, al mismo tiempo, interesarnos de verdad por lo que estamos haciendo y por quienes tenemos delante.

No hace falta esconder aquel deseo como si fuera vergonzoso. Tampoco ponerlo sobre cada conversación desde el primer minuto.

A una mujer puede gustarle un hombre con quien colabora. A un hombre puede alegrarle descubrir a una mujer con quien habla con facilidad. Qué bonito que aparezca esa ilusión en medio de una mañana común.

Podemos darle tiempo y un paso proporcionado. Al terminar una actividad, proponer tomar un café con algunos del grupo; en otra ocasión, retomar una conversación que quedó pendiente. Si nace un interés recíproco, habrá espacio para expresarlo con claridad y respeto.

Hace falta también libertad para recibir una respuesta distinta de la que esperábamos. Una comunidad sana debe seguir siendo un lugar habitable para quien no corresponde a nuestro interés. La cortesía y el servicio permanecen.

También podemos ayudar a quien llega por primera vez.

Volvamos a aquella joven junto a la puerta. Si nadie hubiera levantado la vista, tal vez habría pasado la mañana sintiéndose de sobra. A veces todos estamos tan cómodos con los conocidos que una persona nueva no encuentra cómo incorporarse.

Presentarla, explicarle la tarea o hacerle sitio en una conversación puede bastar para que empiece una amistad. Es un gesto al alcance de hombres y mujeres, de solteros y casados. Las familias también pueden facilitar encuentros con discreción, sin anunciar posibles noviazgos antes de que dos personas hayan hablado.

Me parece hermoso que una comunidad cuide esa bienvenida. El bien que hacemos juntos puede ensanchar la vida de todos, también la de quien desea formar un hogar.

Nada de esto garantiza encontrar pareja. Puede haber encuentros valiosos que permanezcan en la amistad. Puede haber una espera larga, aun cuando una persona haya hecho prudentemente lo que estaba a su alcance.

Esa espera no mide su valor ni vuelve inútil el bien que ha recibido y ofrecido. Podemos llevar a Dios el deseo de casarnos, pedir luz y seguir viviendo con esperanza, sin exigir a cada nueva actividad que resuelva nuestra vida.

Quizá, después de aquella sobremesa, el muchacho recuerde la frase de su abuela de otra manera. El domingo irá a confesarse porque necesita el perdón de Dios. Y al terminar la actividad del grupo, quizá se quede a conversar un rato, ayude a guardar las mesas y dé la bienvenida a quien acaba de llegar.

¿En qué ambiente podrías conocer a nuevas personas mientras compartes con ellas algo bueno que también deseas para tu futuro hogar?

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