OMO-0250 — Don Goyo y la Jerusalén de piedra
Crónicas, estampas y semblanzas
Don Goyo y la Jerusalén de piedra
Crónica de un caballo, quince conventos y un volcán que lleva quinientos años guardando secretos

Crónica de un caballo, quince conventos y un volcán que lleva quinientos años guardando secretos
Et ego Ioannes vidi sanctam civitatem Ierusalem novam descendentem de caelo a Deo.
Apocalipsis 21, 2
Fecerunt itaque civitates duas amores duo.
San Agustín, De civitate Dei, XIV, 28
PRÓLOGO
El viejo que fuma
Los mexicanos tenemos la costumbre de tutear a lo que debería hacernos temblar. A la muerte la hacemos de azúcar y le escribimos nuestro nombre en la frente; al diablo lo sentamos en la pastorela, a perder cada diciembre contra un pastor con bastón; y a una montaña de más de cinco mil metros, que guarda en la memoria erupciones capaces de sepultar pueblos enteros, le decimos Don Goyo, como al vecino de genio difícil que fuma en el zaguán y saluda sólo cuando le da la gana.
No es irreverencia. Es la forma mexicana de la reverencia. Sólo se tutea de veras a lo que se ama, y sólo se ama del todo a lo que se teme un poco.
En los pueblos de sus faldas se cuenta que Don Goyo baja de vez en cuando con figura de anciano, que pide tortillas o un cigarro, que se hace llamar Gregorio Chino Popocatépetl y que se aparece en sueños a los tiemperos, esos hombres y mujeres de antiguo oficio que hablan con las nubes, piden el agua y apartan el granizo. Cada 12 de marzo, día en que el calendario viejo honraba a san Gregorio Magno, suben a llevarle su ofrenda: flores, comida, música y, por supuesto, tabaco. Al santo le corresponde la misa; al volcán, el cumpleaños. Nadie en la sierra ha visto en ello una contradicción, y no seré yo quien vaya a explicársela.
A su lado duerme, desde antes de que hubiera calendarios, una mujer blanca que nunca le contesta. Los antiguos la llamaron Iztaccíhuatl; los arrieros, la Mujer Dormida. Él le hace guardia con una antorcha que no se apaga. Hay amores que se declaran en una tarde y otros que se demuestran en diez mil años de humo.
Desde esa guardia, Don Goyo contempla algo que debe de parecerle tan extraordinario como a nosotros. En sus laderas se levantan quince conjuntos conventuales del siglo XVI. Son edificios enormes, severos, desconcertantes: tienen muros de fortaleza, atrios del tamaño de una plaza mayor, claustros de monasterio medieval y campanarios que parecen empeñados en discutirle a la montaña el derecho a dominar el horizonte. Algunos conservan almenas. Otros, pinturas murales donde los ángeles cargan los clavos y la corona de espinas, donde los santos de una orden conversan con los de otra, donde se asoman bestias fantásticas y, contra toda lógica geográfica, la costa del Japón.
Los levantaron franciscanos, dominicos y agustinos, y los levantaron —conviene decirlo desde la primera página— con las manos, la técnica y el sudor de los pueblos indios que los rodeaban. En diciembre de 1994N el mundo inscribió catorce de ellos en la Lista del Patrimonio Mundial; en 2021 se sumó el de Tlaxcala. Quince monasterios, tres órdenes, tres estados de la República, cinco siglos. Y un volcán que despertó de una modorra de décadas el 21 de diciembre de 1994, apenas unos días después de que la UNESCO firmara el acta. Los vulcanólogos dirán que fue coincidencia. En la sierra hay quien sostiene que se enteró.
Decidí conocerlos. Pero no quería hacer una de esas excursiones modernas en que uno baja del automóvil, fotografía una fachada, escucha tres fechas, compra una nieve y regresa convencido de haber comprendido el siglo XVI. Quería recorrer los caminos, detenerme en los pueblos, oír sus campanas, entrar en los templos, poner la mano sobre la piedra. Y, donde se pudiera, hacerlo a caballo.
Porque el automóvil convierte la distancia en un estorbo que hay que vencer, y el caballo la devuelve a su condición de experiencia. Hay paisajes que sólo se entienden a la velocidad a la que fueron mirados por primera vez: la del paso de un animal que también se cansa, también tiene sed y también se detiene, sin que nadie se lo pida, frente a lo que merece ser visto.
Lo ensillé a la charra, porque al siglo XVI no se le visita en silla inglesa, y lo llamé Rocín. Sé que el nombre es una petulancia. Un rocín es, en rigor, un caballo de poca monta, y el de don Quijote se llamó Rocinante precisamente porque antes lo había sido. Pero todo caballo que carga con un hombre demasiado aficionado a las ideas adquiere por ese solo hecho una dignidad cervantina y una paciencia que ningún filósofo merece. Rocín, además, conocía mejor que yo los límites de la empresa: donde había vereda, mandaba él; donde había carretera, barranca, lindero ajeno o radio de exclusión del volcán, subía al remolque con la resignación de un canónigo que acepta, por obediencia, viajar en segunda.
Fue entonces cuando Don Goyo decidió intervenir.
—¿Así que vienes a ver mis conventos?
No me sorprendió oírlo. Quien pasa varias horas mirando un volcán acaba por atribuirle opiniones, y las de este resultaron ser numerosas.
—Los quince —contesté.
—¿Y qué buscas?
—Saber por qué parecen fortalezas.
Soltó una fumarola larga, de fastidio.
—Pobre hombre. Medio milenio de historia y vienes a preguntar por unas almenas.
—También quiero saber si representan la Jerusalén celestial.
Hubo un silencio de ceniza.
—Eso ya es otra cosa —dijo al fin—. A esa la busco yo desde antes que tú.
—¿Me acompañas?
—No puedo moverme. Mi señora duerme aquí junto, y no la dejo sola desde antes de que ustedes inventaran los relojes.
—Entonces no me sirves de mucho.
—Te sirvo de lo único que importa. Te voy a enseñar a mirar, que es bastante más difícil que caminar.
Rocín resopló. Lo tomé como un sí.
PRIMERA PARTE

Los hombres que llegaron con campanas
I
Tlaxcala, o la Jerusalén de utilería
Don Goyo quiso que empezáramos por Tlaxcala, que fue la última en llegar a la lista y la primera en llegar a la historia.
—Antes de ver lo que construyeron los frailes —me dijo— tienes que entender el mundo al que llegaron. Y ese mundo no se entiende sin Tlaxcala.
Existe una manera cómoda de contar la conquista de México: dos pueblos se enfrentaron, uno ganó, otro perdió, y desde entonces los mexicanos estamos obligados a escoger bando cada vez que alguien saca el tema en la sobremesa. El inconveniente de esa versión es que no resiste la segunda pregunta. En el territorio que hoy llamamos México había decenas de señoríos, cada uno con sus alianzas, sus rencores, sus tributos y sus fronteras. Tlaxcala llevaba generaciones resistiendo al poder mexica, cercada, sin sal y sin algodón, y cuando decidió aliarse con Cortés no actuó como espectadora ni como víctima, sino como lo que era: una república de guerreros que hacía política. Los tlaxcaltecas pusieron los combatientes, los cargadores, el refugio después de la Noche Triste y, más tarde, las cuatrocientas familias que en 1591 salieron a poblar el norte. El Emperador supo reconocerlo: en 1535 concedió a la ciudad escudo de armas, merced que, según Motolinía, no se había hecho a ningún otro pueblo de indios.
—¿Ves? —dijo Don Goyo—. La historia empieza a ponerse interesante cuando dejamos de tratar a los hombres del pasado como si hubieran nacido para ilustrar nuestros prejuicios.
El antiguo convento franciscano de Nuestra Señora de la Asunción se levanta en una loma sobre la ciudad, y a él se sube sin prisa, como se debe subir a todo lo que vale la pena. La torre de las campanas está separada del templo, de pie y aparte, como un centinela que prefirió no entrar. Y dentro de la iglesia, sobre nuestras cabezas, se extiende un artesonado de madera de tradición mudéjar en el que la lacería se multiplica en estrellas hasta convertir el techo en un firmamento hecho a mano. Uno levanta la vista y entiende por qué los antiguos llamaban cielo a la cubierta de una iglesia: no es una metáfora, es una ambición.
Aquella geometría venía de lejos. Se había formado durante siglos en la Península, donde la madera aprendió a hablar con acento árabe sin dejar de rezar en latín, y había cruzado el océano en la memoria de unos cuantos carpinteros y en la imaginación de unos cuantos frailes. Pero la madera no se labró sola.
—¿Quién hizo realmente este convento? —pregunté.
—La pregunta está mal hecha —contestó Don Goyo—. Una cosa es quién concibe, otra quién dirige, otra quién paga y otra quién labra. Las obras grandes necesitan a todos, y los historiadores pequeños siempre se quedan con uno.
Después me llevó, con la mirada, hasta la plaza.
—Ahí abajo la construyeron una vez.
—¿Qué cosa?
—Tu Jerusalén.
Y me contó lo que Motolinía, guardián entonces de aquella casa, dejó escrito con asombro de testigo. En el Corpus de 1539, para celebrar la paz que el Emperador y el rey de Francia habían firmado en Niza, los tlaxcaltecas decidieron representar la conquista de Jerusalén. Levantaron en la plaza una ciudad santa con sus torres y sus muros. La sitiaron dos ejércitos, el de España y el de la Nueva España, con refuerzos de Francia y de Hungría, porque cuando un pueblo se pone a soñar no repara en gastos. A un lado del campo, el Papa y su corte rezaban por la victoria. Hubo asaltos, reveses y milagros, y el ejército que más se distinguió fue el de la Nueva España, protegido por los ángeles y por san Hipólito, que era el santo del día en que había caído Tenochtitlan. Al final los defensores se rindieron, pidieron el bautismo y el Papa mandó bautizarlos. El fraile, antes de narrar la función, escribió una frase que no era de cronista sino de profeta: que aquel pronóstico lo cumpliera Dios en nuestros días.
—Duró una tarde —dijo Don Goyo—. Luego la desarmaron, como se desarma todo lo que se hace para una fiesta.
—Entonces no es esa la que busco.
—No. Esa se levantó en unas semanas y se cayó en un día. La que buscas, si existe, tardó más en hacerse y tarda más en caerse. Pero fíjate en quiénes la soñaron primero.
—¿Los frailes?
—Los frailes la escribieron. Los tlaxcaltecas la construyeron, la sitiaron, la ganaron y la bautizaron. Acuérdate de eso cuando alguien te diga que los indios sólo miraban.
Volví a mirar la plaza, ahora vacía, y me pareció que el aire conservaba todavía el polvo de aquel asedio.
—¿Y la Jerusalén de piedra?
—No te adelantes. Ni Dante llegó al Paraíso en el primer canto.
Rocín, que no había leído la Divina comedia, recibió la referencia con absoluta indiferencia.
II
Huejotzingo, o doce hombres contra la inmensidad
En Huejotzingo nos esperaba san Miguel Arcángel, que tiene fama de no perder batallas.
Antes de ocuparnos de las murallas, Don Goyo quiso que entráramos a la sala que llaman De profundis. En sus muros están pintados los doce primeros franciscanos que llegaron en 1524, encabezados por fray Martín de Valencia. Desembarcaron en San Juan de Ulúa y caminaron descalzos hasta México, que es una manera bastante elocuente de presentarse. Cuando llegaron, Cortés se arrodilló ante ellos y les besó el hábito delante de los señores indios, que no acababan de entender cómo el hombre que había derribado un imperio se postraba ante doce harapientos. Aquella genuflexión fue, quizá, el primer sermón de la Nueva España, y no tuvo una sola palabra. Uno de los doce oyó que la gente murmuraba a su paso motolinía, que en náhuatl quiere decir «pobre»; preguntó el significado, y desde entonces no quiso llamarse de otro modo.
—Doce hombres —dije—. Parece una empresa desproporcionada.
—Las empresas del espíritu siempre empiezan desproporcionadas —respondió Don Goyo—. Los medios son pequeños y los fines, inmensos. Por eso el mundo las juzga locuras hasta que ya no puede ignorarlas.
La cifra, por supuesto, no era inocente. Doce fueron los apóstoles; doce son los fundamentos de la Jerusalén que san Juan vio descender del cielo. Y la carta de obediencia con que su ministro general los despachó les hablaba de la viña del Señor y de los obreros contratados a la hora undécima. Aquellos hombres creían haber llegado al atardecer del mundo. Venían a trabajar la última hora de la jornada, con la prisa santa de quien sabe que el sol se está poniendo.
Traían una doctrina, una liturgia, una disciplina y una tradición intelectual madurada durante siglos. No traían, en cambio, las lenguas, ni los mapas, ni el conocimiento de unas instituciones que tuvieron que aprender a comprender de rodillas. La evangelización exigió intérpretes, escuelas, catecismos, vocabularios, imágenes, teatro y una paciencia que rara vez figura en los relatos heroicos. Hubo santidad y hubo torpeza; hubo caridad y hubo abuso; hubo predicación y hubo aprendizaje en los dos sentidos. Los señores de Huejotzingo, por cierto, lo sabían muy bien: en 1560 escribieron al rey, en su lengua, para recordarle que habían recibido en paz a los españoles y a los frailes, y para quejarse de que ahora se les cargaba de tributos. Eran cristianos, y eran litigantes. No hay contradicción en ello: la fe nunca le ha quitado a nadie el derecho de reclamar justicia.
El templo guarda un retablo mayor del siglo XVI en el que trabajó el flamenco Simón Pereyns. Don Goyo no resistió la tentación del chisme.
—Ese hombre tuvo sus diferencias con el Santo Oficio. Dicen que pagó la penitencia con el pincel.
—No parece un mal castigo.
—Para un pintor, es el único que se convierte en gloria.
Un artista de Amberes trabajando en la Nueva España, constructores nahuas levantando una iglesia de tradición europea, religiosos castellanos predicando en lenguas americanas y un volcán mirándolo todo. Quien imagine el siglo XVI como una colección de regiones incomunicadas debería pasar una mañana en Huejotzingo.
Salimos al atrio. En sus cuatro esquinas esperan las capillas posas, labradas con ángeles que sostienen los instrumentos de la Pasión, el cordón de san Francisco y el escudo de las cinco llagas. Por allí pasaban las procesiones, y en cada capilla se detenían, se posaban, como se posa un ave antes de seguir el vuelo. Algunos estudiosos piensan que servían también para agrupar a los catecúmenos; otros, que guardaron los restos de señores principales. Lo seguro es que la arquitectura no estaba hecha sólo para ser vista, sino para ser recorrida: para caminar, rezar, aprender y reunirse bajo un cielo que era, literalmente, el techo de la iglesia.
—¿Por qué no construyeron simplemente iglesias más grandes? —pregunté.
—Porque la inteligencia no consiste en agrandar una solución vieja, sino en encontrar una nueva. Tenían multitudes y no tenían naves capaces de contenerlas. Así que sacaron la iglesia al aire libre.
En esa respuesta está una de las claves de la arquitectura novohispana. Los grandes atrios, las capillas abiertas y las posas no fueron una copia de Europa, sino una invención pastoral: la forma que encontró la fe cuando tuvo que hablarle a un pueblo entero al mismo tiempo.
Antes de partir, volvimos a contemplar las almenas que coronan los muros.
—Ahora sí —dije—. ¿Para qué servían?
—Para que tú hicieras esa pregunta —contestó—. Lo demás lo vamos a averiguar. Una almena puede parecer defensa y no serlo, y puede servir para algo y significar otra cosa. Ninguna interpretación, por hermosa que sea, nos dispensa de mirar las piedras.
El viejo empezaba a parecerme un historiador bastante competente. Con la ventaja de que nunca consultaba el reloj.
III
Calpan, o los ángeles de las esquinas
San Andrés Calpan conserva las capillas posas más hermosas de México, y lo dice uno sin miedo a exagerar porque las piedras se encargan de darle la razón.
Cada una de las cuatro está dedicada a un misterio: la Virgen de los Dolores, la Pasión, la Anunciación y el Juicio Final. En esta última, Cristo aparece en majestad entre una azucena y una espada, la misericordia a un lado y la justicia al otro, mientras abajo unas figurillas diminutas salen de sus tumbas a la resurrección de los muertos. El modelo fue seguramente un grabado europeo que algún fraile tenía en su celda; la mano que lo pasó a la piedra fue india. José Moreno Villa llamó tequitqui a ese arte, palabra náhuatl que quiere decir «tributario», y acertó sin proponerse una teología: el que labra paga su tributo, pero el tributo también lleva la huella de quien lo paga. Los relieves de Calpan son planos, intensos, un poco rígidos y absolutamente inolvidables. Tienen la gravedad de lo que se aprende tarde y se dice para siempre.
Hay algo más. Los frailes representaban en náhuatl el Juicio Final con actores que se levantaban de sepulcros fingidos, y quien pasaba frente a esta capilla no veía sólo una piedra copiada de un grabado: recordaba una función en la que acaso había actuado su vecino. Otra vez el teatro.
—¿Era una especie de catecismo de piedra? —pregunté.
—En buena medida. Pero no olvides que el catecismo enseña con proposiciones, y el arte, además, mueve la imaginación y los afectos. Lo dijo hace mucho un papa que sabía de estas cosas: lo que la escritura es para los que saben leer, eso es la pintura para los que no saben.
—¿Quién?
—Gregorio Magno —y lo dijo con un orgullo que no le había visto—. Mi santo.
El cristianismo no es una religión de ideas sueltas. Su doctrina se refiere a acontecimientos ocurridos en la historia, a cuerpos, a lugares, a un Dios que se dejó ver. Si el Verbo se hizo carne, la imagen tiene derecho de ciudadanía en el templo: no sustituye lo que representa, lo recuerda, lo enseña y lo ofrece a la contemplación. Una religión que adora a un Dios encarnado no puede desconfiar de la piedra; sólo puede pedirle que diga la verdad.
Recorrimos el atrio despacio. Pensé en las generaciones que habían pasado frente a aquellas esquinas: niños aprendiendo sus primeras oraciones, ancianos repitiendo el mismo camino por cuarta, quinta, centésima vez, procesiones que habían gastado el piso con los pies descalzos.
—La arquitectura también conserva movimientos —dijo Don Goyo.
—¿Cómo puede conservarlos?
—Construyendo los lugares donde vuelven a hacerse.
Entendí entonces que un atrio no es un espacio vacío, sino un espacio dispuesto: un lugar preparado para recibir actos humanos que, repetidos durante generaciones, se convierten en tradición. Lo que se repite con amor deja de ser rutina y se vuelve herencia.
En el pueblo me contaron que en la huerta de los frailes se plantaron los primeros nogales de Castilla de la comarca, y que de ahí viene la nuez del chile en nogada. No pude verificarlo, ni quise. Hay noticias que merecen ser verdaderas aunque no puedan probarse, y ésa tiene, por lo menos, la ventaja de ser deliciosa.
IV
Tochimilco, o la fuente que sabía de política
En Tochimilco nos recibió el agua.
El antiguo convento franciscano de la Asunción mira hacia una plaza donde todavía se conserva una fuente monumental del siglo XVI, octagonal, alimentada en su día por un acueducto que traía el agua desde las faldas del volcán. Don Goyo estaba visiblemente satisfecho.
—Es mía —dijo.
—¿La fuente?
—El agua. Hoy vamos a hablar de política.
—¿En una fuente? Esperaba algo más solemne.
—Ese es el problema de los que hablan mucho de política: prefieren las grandes palabras a las obras necesarias.
Me acerqué a la fuente. Su existencia suponía conocimientos de nivelación, organización del trabajo, materiales, reglas de reparto y un mantenimiento de siglos. Nada de eso es secundario. Una comunidad necesita agua para beber, para sembrar, para lavar, para vivir. La vida religiosa no suprime esas necesidades, ni las convierte en asuntos eclesiásticos; el orden temporal tiene sus propios fines y sus propias exigencias. Pero una sociedad cristiana no puede desentenderse de ellos sin traicionarse.
Santo Tomás lo dejó escrito en su tratado sobre el gobierno: quien funda una ciudad debe buscar, antes que nada, aires sanos y aguas salubres, porque sin ellas no hay vida buena posible, ni siquiera vida. Y las ordenanzas que Felipe II dictó en 1573 para fundar pueblos en Indias repetían el mismo consejo con prosa de escribano. El bien común no es la suma de los intereses particulares, sino el conjunto de condiciones —justicia, paz, suficiencia material— que permiten a las personas y a las familias vivir como corresponde a su naturaleza. Una fuente no realiza por sí sola el bien común. Pero lo sirve de una manera que ningún discurso ha igualado.
—¿Ves? —dijo Don Goyo—. La filosofía política también puede empezar por una acequia.
—Y terminar en un pleito por el agua.
—Lo cual suele ser más útil que terminar en un pleito por quién dijo el discurso más bonito.
Tochimilco es uno de los pueblos más cercanos al cráter, y sus vecinos conocen bien la otra cara de la generosidad de la montaña. Se lo hice notar.
—Les mando el agua y, de vez en cuando, la ceniza —admitió—. Nadie es perfecto.
Una civilización no se construye sólo con templos. Necesita caminos, acueductos, instituciones y trabajo. La grandeza espiritual no dispensa de las obligaciones materiales: las ordena. Mientras mirábamos el agua caer en la piedra, comprendí que la que bajaba de la montaña había participado en la historia de estos pueblos tanto como las campanas, y con bastante menos ruido.
SEGUNDA PARTE
La montaña, el hombre y el orden
V
Tetela del Volcán, o santo Tomás bajo la mirada de Don Goyo
Tetela del Volcán vive tan cerca de la montaña que allí Don Goyo deja de ser paisaje y se vuelve vecindario. Se le ve desde la plaza, desde las milpas, desde la puerta de cada casa, con esa presencia excesiva de los parientes que nunca se van del todo.
El antiguo convento de San Juan Bautista conserva en su claustro pinturas murales donde los santos de la orden aparecen con la serenidad de quienes ya terminaron de discutir. Entre ellos está santo Tomás de Aquino. Me detuve ante el Doctor Angélico con la familiaridad un poco pedante de quien ha pasado media vida leyendo sus artículos.
—Aquí está el hombre que mejor podría explicarnos todo esto —dije.
—Siempre que no le hagas decir lo que nunca dijo —respondió Don Goyo—. Ese vicio es muy frecuente entre sus admiradores.
Tenía razón. Santo Tomás no conoció estos conventos, ni escribió sobre almenas, ni tuvo una teoría de los atrios americanos. Pero su filosofía permite entender lo que aquí se intentó. Para él, las cosas tienen naturalezas, y su perfección consiste en alcanzar los fines que esas naturalezas reclaman. No todo sirve para lo mismo. Una iglesia no es un palacio, un monasterio no es una ciudad, la autoridad civil no es la eclesiástica, y la vida contemplativa no deslegitima el trabajo de los que siembran, comercian o gobiernan. Pero esas realidades distintas pueden ordenarse entre sí sin confundirse, como los instrumentos de una orquesta que no necesitan sonar igual para sonar juntos.
Los dominicos habían llegado a la Nueva España en 1526, y traían a santo Tomás en la sangre. Por esos mismos años, en Salamanca, otro dominico, Francisco de Vitoria, se atrevía a preguntar en voz alta con qué títulos se gobernaban las Indias. Lo hizo en 1539, el mismo año en que los tlaxcaltecas sitiaban su Jerusalén de utilería. Hay años en que la historia parece escribir en dos columnas: en una, el entusiasmo; en la otra, el examen de conciencia. Los pueblos que sólo conservan una de las dos se vuelven fanáticos o se vuelven cínicos.
—Entonces el convento era el centro de todo —dije.
—De muchas cosas, sí. Pero no confundas el centro espiritual de un pueblo con la absorción de toda su vida. Un corazón que quisiera ser también las manos y los pies no sería más corazón, sino un monstruo.
Una civilización cristiana no exige que todas las instituciones se conviertan en monasterios. Exige que cada una sepa qué es, para qué existe y hacia dónde se ordena, sin perder de vista el fin último del hombre. El orden no es uniformidad; es la armonía de lo diverso.
Volví a mirar los muros. Los habían levantado hombres que sabían de piedras, de morteros, de pendientes y de temblores. Su obra pertenecía por entero al mundo material y estaba destinada por entero al culto. En esa unión de materia, inteligencia y finalidad estaba precisamente su misterio.
—La piedra no reza —dije.
—No —respondió Don Goyo—. Pero puede servir a los que rezan. Que es más de lo que hacen muchos que hablan.
Afuera, la montaña permanecía inmóvil. O, por lo menos, tenía la cortesía de aparentarlo.
VI
Hueyapan, o la montaña que enseña humildad
Hueyapan está alto, y se nota en los pulmones antes que en el mapa. Las pendientes, el frío de la mañana y la severidad de los caminos recuerdan que la evangelización no ocurrió sólo en ciudades con cronista, sino en pueblos serranos a los que se llegaba con las piernas y se permanecía con la paciencia.
El antiguo convento dominico de Santo Domingo de Guzmán es pequeño, y no pide disculpas por serlo. A su alrededor todavía se habla náhuatl, y en los telares de cintura de las casas se teje lana teñida con plantas del monte, con la misma calma con que se reza un rosario. Los frailes que llegaron aquí tuvieron que conseguir materiales, organizar el trabajo, asegurar el abasto, aprender la lengua y sostener, año tras año, una comunidad mínima en un lugar máximo.
—Todo eso parece bastante complicado —observé.
—Lo era.
—Las crónicas lo cuentan con mucha facilidad.
—Las crónicas tienen la ventaja de que el papel pesa menos que la piedra.
En la sierra, la relación entre el hombre y el territorio se ve sin adornos. Nadie escoge dónde vivir con absoluta libertad: se vive donde hay agua, tierra que se deje sembrar, un camino y un clima soportable. La arquitectura religiosa tuvo que acomodarse a esa realidad, y sin embargo introdujo en ella una presencia que cambió para siempre la manera de mirar el paisaje. Un campanario en la sierra es una frase escrita en el horizonte: aquí vive alguien, y ese alguien reza.
En el atrio, un anciano me pidió fuego. Llevaba sombrero viejo, gabán de lana y unos ojos de una claridad que no correspondía a su edad. Le encendí el cigarro. Dio una fumada larga, miró hacia el volcán y me dijo, sin que yo le hubiera preguntado nada, que a la iglesia había que venir aunque fuera chiquita, porque las cosas no valen por lo que miden. Luego se fue cuesta arriba, sin prisa, y no volví a verlo.
—¿Eras tú? —le pregunté a Don Goyo esa tarde.
—Yo no fumo cigarros ajenos —contestó, y soltó una fumarola que me pareció sospechosamente satisfecha.
No insistí. En la sierra se aprende pronto que hay preguntas cuya respuesta empobrece.
—Hay edificios inmensos —dijo después— que apenas sobreviven a la moda que los produjo. Y hay iglesias pequeñas que organizan la memoria de un pueblo entero durante cinco siglos. La importancia de una casa no se mide por el número de personas que caben dentro, sino por el número de generaciones que vuelven a ella.
Hueyapan me enseñó la humildad de la escala. Y me enseñó también que la montaña, cuando quiere decir algo, a veces manda a un viejo a pedir fuego.
VII
Ocuituco, o el convento donde la historia perdió la inocencia
En Ocuituco está el antiguo convento agustino de Santiago Apóstol, que fue el primero que la orden levantó en la Nueva España. Los agustinos habían llegado en 1533, y en junio del año siguiente empezaron a construir aquí. Don Goyo no quiso presentármelo como una estampa piadosa.
—Aquí tenemos que hablar de algo incómodo —anunció.
El pueblo estaba en encomienda del primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, que destinaba sus tributos a sostener un hospital. Los indios pagaron con trabajo en la obra del convento lo que debían en especie, y pronto vino el pleito. El obispo acusó a los frailes de levantar una casa desmesurada, de empezar el convento antes que la iglesia y de encarcelar indios para la obra. Los agustinos acabaron por marcharse, y no volvieron hasta años después. Y en el otoño de 1539 —otra vez ese año—, el mismo Zumárraga, ahora como inquisidor apostólico y todavía como encomendero, procesó a varios vecinos de Ocuituco por celebrar ritos antiguos y los condenó a azotes y a ser paseados por las calles del pueblo.
Lo incómodo no es sólo que hubiera abusos. Lo incómodo es quién los cometía, o quién los denunciaba, o las dos cosas a la vez. Zumárraga fue el defensor de los indios frente a la primera Audiencia, el fundador del colegio de Tlatelolco, el que trajo la imprenta y el que sostuvo hospitales. Y fue también el encomendero que pleiteó por sus tributos y el juez que mandó azotar a sus encomendados. Los frailes que llegaron a predicar la pobreza levantaron, según su acusador, una casa demasiado grande con brazos que no eran libres.
—¿También los religiosos cometieron abusos? —pregunté.
—Los hombres los cometen, aunque lleven hábito. El hábito no hace al monje; a lo más, lo compromete.
—¿Y cómo hay que contar esta historia?
—Sin ocultar el mal y sin negar el bien.
La respuesta era tan sencilla que parecía imposible mejorarla. Álvaro d’Ors distinguía la autoridad, que es un saber socialmente reconocido, de la potestad, que es un poder socialmente reconocido, y sostenía que una sociedad sana necesita que la primera modere a la segunda. Ocuituco enseña lo que ocurre cuando ambas se confunden en las mismas manos: el protector se vuelve parte, el consejero se vuelve juez, y quien debía frenar al poder termina ejerciéndolo con la conciencia tranquila de quien se cree autorizado.
Una investigación seria tiene que reconocer las dos dimensiones de aquella historia: el sacrificio, la inteligencia, la caridad y la santidad, junto a los intereses, los errores y las conductas incompatibles con lo que se predicaba. No para llevar una contabilidad mezquina de méritos y culpas, sino para entender a los hombres concretos que hicieron aquello. La verdad no necesita ser protegida con omisiones. Y una civilización no se defiende falsificando su historia; se defiende siendo capaz de mirarla entera.
Desde la fachada nos miraba Santiago, el apóstol peregrino. Pensé en los caminos, en los viajes, en la dificultad de transmitir una doctrina sin traicionar sus exigencias morales.
—La fe se predica con palabras —dijo Don Goyo—. Pero los hombres terminan juzgándola por las obras de quienes la predican. Es injusto, y es inevitable.
Salimos de Ocuituco sin conversar. Hay lugares que no necesitan conclusión brillante. Basta con dejar que sus contradicciones nos enseñen algo.
VIII
Zacualpan de Amilpas, o la vida que no aparece en los grandes libros
Llegamos a Zacualpan un domingo, de madrugada, y la plaza ya estaba llena. Frente al antiguo convento agustino de la Inmaculada Concepción, sobre petates y mantas, se ofrecían cacahuates tostados, huevos, frutas criollas, hierbas, figuritas de palma. Y no todo se vendía: buena parte se cambiaba. En Zacualpan sobrevive el trueque, como sobreviven en los pueblos las cosas que nadie se tomó la molestia de prohibir porque a nadie se le ocurrió que fueran importantes. Al fondo, por encima de los toldos, Don Goyo vigilaba el mercado con aire de inspector.
Cambié dos piezas de pan por un puño de cacahuates y recibí, de pilmón, una lección de economía que ningún manual me había dado: el precio justo existe, y se reconoce a simple vista cuando las dos partes se van contentas.
Alrededor de los grandes acontecimientos hay siempre miles de personas cuyos nombres casi nunca llegan a los documentos: campesinos, albañiles, arrieros, carpinteros, mujeres que sostenían su casa con un ingenio que ningún ministro de hacienda ha igualado, niños aprendiendo sus primeras oraciones, ancianos que guardaban las historias del pueblo. La historia de los conventos también es suya. Quizá sobre todo suya.
—¿Por qué casi nunca hablamos de ellos? —pregunté.
—Porque los papeles conservan mejor las decisiones de los poderosos que las costumbres de los humildes. Pero una civilización vive, antes que nada, en sus costumbres.
En la manera de trabajar y de celebrar. En la forma de casarse, de educar a los hijos, de resolver los pleitos, de honrar a los muertos. En Zacualpan dicen que el mole del pueblo lo inventaron los frailes; en septiembre sale la Mojiganga a la calle y en octubre se festeja a la Virgen del Rosario. Las campanas marcaban los acontecimientos, las fiestas patronales ordenaban el calendario, los sacramentos acompañaban los momentos decisivos de la existencia. Pero los vecinos también vivían en instituciones civiles, en tratos económicos y en lazos de familia que tenían su propia naturaleza y su propio derecho. La vida cristiana no consistía en permanecer dentro del templo, sino en ordenar desde él la existencia entera.
—Los códigos llegan tarde —dijo Don Goyo—. Las costumbres ya estaban. Tu época quiere reglamentarlo todo y ya no sabe celebrar casi nada.
—Entonces la civilización no estaba sólo en las piedras.
—Nunca lo estuvo.
—¿Dónde estaba?
—En los hombres que las levantaron, las usaron y las transmitieron. Y en los que todavía vienen los domingos a cambiar cacahuates frente a ellas.
Miré el convento. Había sobrevivido a generaciones enteras, y la vida que le dio origen había cambiado innumerables veces. Quizá por eso los edificios antiguos producen una emoción tan particular: nos dejan contemplar algo que permanece mientras todo lo demás se transforma. Son la prueba de piedra de que no todo es pasajero.
TERCERA PARTE
Las fortalezas y sus secretos
IX
Yecapixtla, o contra quién se defendían los frailes
Yecapixtla parecía esperarnos desde el principio del viaje. El antiguo convento agustino de San Juan Bautista tiene la monumentalidad de un castillo de frontera: muros macizos, contrafuertes que parecen apuntalar el cielo, almenas en el remate. Y luego, en medio de tanta severidad, un rosetón gótico en la fachada, abierto como un ojo que no termina de creer lo que ve, y dentro un púlpito de piedra calado con tracería medieval. La fortaleza tiene encajes. Esa sola contradicción merece el viaje.
—Ahora sí —dije—. Quiero una respuesta.
—Entonces tendrás que aguantar una discusión entre historiadores.
—Estoy preparado.
—Eso dicen todos antes de oír la segunda hipótesis.
Pero antes de los historiadores, Don Goyo quiso hablar de sí mismo, que es un tema en el que nunca se fatiga.
—De guerras sé más que todos ellos. En 1519 un capitán de Cortés, un tal Ordaz, quiso subirme para ver de dónde salía el humo; el Emperador le dio después un escudo con mi figura, y yo nunca he visto un peso de regalías. Dos años más tarde, otro, Montaño, se descolgó dentro de mi cráter para sacarme azufre, porque se les había acabado la pólvora. Así que no me vengas con fortalezas: la conquista también se hizo con mis entrañas.
—No sabía que fueras parte interesada.
—En esta tierra todos lo somos. Ahora sí, los historiadores.
Durante mucho tiempo se sostuvo que los conventos fortificados se habían concebido para proteger a los frailes y a sus fieles de posibles levantamientos indios. La explicación parecía razonable en los años inseguros que siguieron a la caída de Tenochtitlan. Pero tropezaba con dificultades. Muchos elementos aparentemente militares no servían para una defensa efectiva: almenas demasiado delgadas, pasos de ronda sin parapeto, troneras que no miran a ninguna parte. Los conventos estaban en medio de poblaciones indias que los habían construido con sus manos, y no abundan los documentos que prueben ataques ni planes de defensa.
George Kubler, a mediados del siglo XX, empezó a desconfiar de las explicaciones puramente defensivas. Otros estudiosos propusieron lecturas simbólicas: las murallas evocarían la Iglesia militante, las almenas una fortaleza espiritual, el recinto entero la ciudad protegida por Dios. La interpretación era sugerente, y tenía a su favor siglos de tradición cristiana en que el alma es un castillo y la Iglesia una ciudad amurallada. Pero quedaba una pregunta incómoda: ¿hay papeles que permitan atribuir esa intención a los constructores?
Javier Gómez Martínez, en su estudio sobre las fortalezas mendicantes, propuso mirar el problema desde las tensiones de la primera Nueva España. Los frailes no sólo lidiaban con las comunidades indias; también pleiteaban con encomenderos, con autoridades civiles y con el clero secular, que veía con malos ojos el poder de las órdenes. En ciertas circunstancias, un muro alto protegía de amenazas muy distintas de las que había imaginado la historiografía tradicional, y una almena podía ser, antes que un arma, una declaración de jurisdicción: aquí mandamos nosotros.
—Entonces ¿eran fortalezas de verdad? —pregunté.
—Algunos elementos pudieron defender. Otros fueron estructurales, u ornamentales, o políticos. No hay una respuesta que valga igual para los quince sin examinarlos uno por uno.
—¿Y la Jerusalén celestial?
—También hay que estudiarla. Pero sin convertir cada almena en un versículo del Apocalipsis.
La frase me hizo sonreír. Don Goyo tenía una saludable desconfianza hacia las interpretaciones demasiado perfectas, que suelen decir más del intérprete que de lo interpretado. Yecapixtla me enseñó que una misma forma puede ser útil, hermosa y significativa a la vez, y que la tarea del historiador no es escoger la función que más le guste, sino demostrar cuáles tuvo de verdad.
Comimos cecina en la plaza, porque en Yecapixtla no comer cecina es una forma de herejía. Rocín, que no tiene opinión sobre las fortalezas, se conformó con un manojo de alfalfa y con la sombra de un fresno. Fue, de los tres, el único que esa tarde no defendió ninguna tesis.
X
Atlatlahucan, o los monstruos también entraron al convento
En el antiguo convento agustino de San Mateo nos esperó una sorpresa. La arquitectura religiosa novohispana no fue sólo severa: también supo divertirse. En sus muros y bóvedas se despliegan grutescos renacentistas, follajes que se enroscan sobre sí mismos, figuras híbridas mitad hoja y mitad bestia, criaturas que parecen salidas de un bestiario que alguien leyó con fiebre. Llegaron de Italia por la vía de los grabados, pasaron por España y aquí fueron pintadas de nuevo por manos que ya habían imaginado sus propios monstruos antes de conocer los ajenos.
—¿Qué hacen esas criaturas en un convento? —pregunté.
—Recordarte que el cristianismo no abolió la imaginación. La bautizó.
El arte medieval y renacentista había desarrollado un universo de una riqueza abrumadora: animales verdaderos y animales imposibles, plantas, emblemas, alegorías, profetas, santos, ángeles y demonios. No todo tenía la misma función. Algunas figuras enseñaban doctrina; otras pertenecían simplemente al repertorio decorativo del oficio; otras admitían lecturas diversas. El problema empieza cuando el observador moderno, con el entusiasmo del converso, quiere encontrar una doctrina secreta detrás de cada voluta.
—¿Entonces no todo significa algo?
—Todo tiene una razón para estar allí. Pero no toda razón es teológica. A veces el pintor tenía un hueco que llenar y un grabado a la mano.
Una flor puede significar una virtud. También puede ser una flor. La diferencia la decide el contexto, no el deseo de quien mira. Suele atribuirse a Chesterton, aunque la escribió uno de sus intérpretes, la idea de que quien deja de creer en Dios no acaba creyendo en nada, sino en cualquier cosa; algo semejante le ocurre al que no sabe leer un símbolo: acaba viéndolos en todas partes.
Atlatlahucan también nos recordó su fragilidad. El sismo del 19 de septiembre de 2017 dañó gravemente buena parte de los conventos de Morelos, y este estuvo entre ellos. Muros agrietados, pinturas desprendidas, bóvedas heridas. Los trabajos de restauración permitieron recuperarlo y devolverlo a la comunidad, pero la historia que llevaba siglos escrita en sus paredes estuvo a punto de perder algunas páginas.
Antes de que yo dijera nada, Don Goyo se adelantó.
—No fui yo. Aquello vino de más abajo, de las placas, de un lugar donde ni yo mando. Pero me tocó verlo.
Guardó un silencio que no le conocía.
—Hasta los monstruos necesitan restauradores —dijo al fin.
Era difícil discutir semejante afirmación.
XI
Totolapan, o cuando la tierra quiso recuperar sus piedras
San Guillermo de Totolapan nos recibió con la gravedad de los edificios que han conocido una desgracia reciente. El 19 de septiembre de 2017, las cámaras de seguridad del templo grabaron el momento exacto en que la bóveda principal se vino abajo y las torres se desmoronaron. Durante meses, por el hueco del techo entraron el sol, la lluvia y las nubes, como si el cielo, cansado de esperar a que los fieles subieran, hubiera decidido bajar a ver qué pasaba.
Este convento guarda una historia que conviene contar despacio. En 1543, dice la tradición agustina, fray Antonio de Roa deseaba para su pueblo un crucifijo semejante al Santo Cristo de Burgos, y un día apareció en el convento una imagen que nadie supo explicar de dónde había salido. Desde entonces se le llama el Cristo Aparecido. Roa era un asceta de los que ya no se fabrican: para enseñar a los indios la Pasión, se hacía abofetear y maltratar por ellos, y su hagiógrafo cuenta que los indios lo hacían a regañadientes, porque no entendían cómo un hombre podía pedir que lo hirieran por amor. En Ocuituco, a unos frailes se les acusó de encarcelar indios para la obra; en Totolapan, un fraile pedía a los indios que lo azotaran a él. La historia de la evangelización cabe entera entre esos dos pueblos vecinos, y quien sólo quiera contar uno de los dos está contando una mentira.
El Cristo fue llevado a la capital en el siglo XVI y regresó a su pueblo casi tres siglos después. Todavía hoy, el quinto viernes de Cuaresma, llegan peregrinos a visitarlo desde los pueblos del sur del valle de México, caminando como caminaban sus abuelos.
Don Goyo permaneció callado.
—¿No vas a decir nada? —le pregunté.
—Esta vez prefiero escuchar.
Pensé en los hombres que levantaron aquellos muros: los que acarrearon la piedra, los que prepararon la cal, los que pintaron las superficies, los que vivieron y murieron en esas celdas. Y pensé en los especialistas de nuestro tiempo que tuvieron que recoger los fragmentos caídos, clasificarlos, estudiar los morteros, reconstruir lo que podía reconstruirse y dejar honradamente señalado lo que no. Unos construyeron, otros conservaron, otros restauraron. Ninguno conoció a todos los demás, pero sus trabajos quedaron cosidos en una misma obra.
Esa es la dimensión más honda de la tradición. No consiste sólo en recibir algo del pasado, sino en reconocer que lo recibido nos impone obligaciones hacia el futuro. Una herencia no es un regalo: es un encargo.
—¿Crees que los primeros constructores imaginaron que sus muros seguirían importando quinientos años después? —pregunté.
—Esperaban que duraran. Nadie conoce todas las consecuencias de su trabajo, y es una suerte: si las conociéramos, no nos atreveríamos a empezar nada.
En 2025, después de años de obra, el convento volvió a abrirse. La noticia habría complacido a sus constructores. Aunque seguramente les habría asombrado la cantidad de trámites que exige, en nuestros días, reparar una iglesia. Ellos sólo necesitaban piedra, cal, fe y un guardián con carácter.
XII
Tlayacapan, o los niños que no terminaron de marcharse
Tlayacapan es uno de esos pueblos donde el paisaje parece tener más memoria que sus habitantes. Lo rodean cerros de formas caprichosas, y en su centro se levanta el antiguo convento agustino de San Juan Bautista.
En 1982, durante unos trabajos en el edificio, aparecieron entierros infantiles. Los cuerpos se habían conservado por momificación natural, y con ellos sus ropas: algunos párvulos fueron sepultados con atuendos de santos, vestidos para el cielo. Se les atribuye, de manera provisional, una fecha entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. No todo se sabe de ellos. Basta, sin embargo, mirarlos para comprender que detrás de cada entierro hubo una familia. Alguien cosió aquella ropa. Alguien acompañó el cuerpo. Alguien lloró. Alguien volvió a casa con un silencio que antes no estaba.
En México, cuando moría un niño bautizado, se decía que se iba de angelito. Se le vestía de fiesta y, en muchos pueblos, se le velaba con música, porque la fe aseguraba que aquel niño había entrado al cielo sin escalas. No era insensibilidad. Era la forma más heroica de la esperanza: cantar con el corazón roto porque se cree, contra toda evidencia, que el amor no termina en la tierra.
Don Goyo no dijo nada. Y le agradecí que callara.
La muerte de un niño tiene una gravedad ante la cual las explicaciones históricas se quedan cortas. Pensé en todas las generaciones que habían vivido a la sombra de estos conventos: los niños bautizados, los matrimonios celebrados, los enfermos atendidos, los muertos acompañados hasta su sepultura. La historia de una civilización no puede escribirse sólo con los nombres de sus gobernantes y fundadores. También pertenece a los que nunca dejaron un libro, ni un retrato, ni una lápida. Y a los que ni siquiera dejaron eso.
—¿Seguimos? —preguntó por fin Don Goyo.
Asentí. Rocín avanzó despacio, como si él también supiera. Durante un buen trecho ninguno de los tres dijo una palabra.
CUARTA PARTE
La ciudad y sus caminos
XIII
Oaxtepec, o el jardín que existía antes del convento
Oaxtepec nos recordó que la historia de México no empezó en 1521. A mediados del siglo XV, Moctezuma Ilhuicamina mandó hacer aquí un jardín de plantas traídas de todas las provincias de su señorío, con sus manantiales, sus ribazos y sus jardineros que conocían de memoria las virtudes de cada hoja. Cuando lo vio, escribió al Emperador que era la huerta más hermosa y fresca que había visto, atravesada por un río gentil. Viniendo de un conquistador poco dado a la lírica, el elogio es casi una confesión.
Después llegaron los dominicos, y el antiguo convento de Santo Domingo se asentó en un territorio que llevaba siglos de historia humana a cuestas. Los españoles no destruyeron el jardín: lo conservaron y le pusieron al lado un hospital. Lo fundó Bernardino Álvarez, un hombre que había sido soldado, jugador y pendenciero antes de dedicarse a recoger locos y enfermos por los caminos de la Nueva España. En aquel hospital de la Santa Cruz vivió años después un ermitaño madrileño, seglar y sin estudios, a quien sus contemporáneos tuvieron por santo. Recogió los remedios que le enseñaron los indios y el personal del hospital en un libro que llamó Tesoro de medicinas, y escribió además, en el silencio de su celda, una declaración del Apocalipsis.
—¿Cómo se llamaba? —pregunté.
—Gregorio —dijo Don Goyo, con la voz de quien anuncia a un pariente—. Gregorio López. Los Gregorios tenemos tendencia a la contemplación, a las hierbas y al humo.
—Y al Apocalipsis, por lo visto.
—Al final todos los caminos de este viaje llevan a la misma ciudad. Ya te darás cuenta.
La observación importante, sin embargo, era otra.
—Los frailes no llegaron a una tierra vacía —dijo—. Llegaron a una tierra llena: de gente, de saberes, de dioses, de pleitos y de jardines.
La evangelización supuso transformaciones religiosas, culturales y políticas profundísimas, pero esas transformaciones ocurrieron sobre sociedades que existían, que sabían cosas y que tenían su propia relación con el territorio. Entender la Nueva España exige estudiar a la vez las rupturas y las continuidades, sin la ingenuidad de quien cree que todo empezó con los frailes ni la de quien cree que todo terminó con ellos. En Oaxtepec, el saber botánico de los antiguos pasó al hospital cristiano, y de éste a un libro impreso en México un siglo después. La caridad hizo de puente.
—¿Qué te parece más admirable? —me preguntó Don Goyo—. ¿Que los hombres transformen el paisaje o que aprendan a vivir dentro de él?
Lo pensé un momento.
—Que sepan distinguir cuándo toca una cosa y cuándo la otra.
El viejo pareció satisfecho. La civilización no consiste en destruir la naturaleza para demostrar que se la domina, ni en renunciar a transformarla por miedo a tocarla. Consiste en usar sus bienes con razón, respetando lo que son y ordenándolos a fines humanos legítimos. Un jardín es exactamente eso: naturaleza a la que se le ha pedido permiso.
XIV
Tepoztlán, o el perro que llevaba fuego
Tepoztlán nos recibió con sus cerros abruptos, de formas tan teatrales que parecen escenografía. En lo alto del Tepozteco quedan los restos del templo de Tepoztécatl, uno de los dioses del pulque, al que se subía por una escalinata que todavía hoy deja sin aliento a los turistas. Abajo, en el valle, se levanta el antiguo convento dominico de la Natividad. Don Goyo, desde la distancia, contemplaba aquellos peñascos con la condescendencia de un grande de España ante un hidalgo de provincia.
El contraste es extraordinario: dos historias religiosas en un mismo territorio, una arriba y otra abajo, mirándose. Y la historia, que tiene sentido del humor, no resolvió el diálogo con un decreto sino con una función de teatro. Cada año, en las fiestas de la Natividad, se representa en náhuatl el Reto al Tepozteco: el antiguo señor del lugar, ya cristiano, es desafiado por los reyes de los pueblos vecinos, que le reprochan haber abandonado a sus dioses, y él se defiende y los vence con la palabra. Otra vez el teatro, como en Tlaxcala y en Calpan. Este país se convirtió actuando, y sigue actuando para no olvidar que se convirtió.
En el convento hay pinturas murales y emblemas de la Orden de Predicadores. Entre ellos aparece el perro que lleva una antorcha en el hocico.
—¿Qué hace un perro con fuego en la boca? —pregunté.
—Es una vieja imagen de santo Domingo. Cuentan que su madre soñó, antes de darlo a luz, que llevaba en el vientre un perro con una tea encendida, que iba a prender fuego al mundo. Los dominicos hicieron de aquello un emblema, y de su nombre un juego: Domini canes, los perros del Señor.
—Un perro predicador.
—Un recordatorio de que la predicación debe llevar luz y no limitarse a hacer ruido. Los perros que sólo ladran abundan; los que alumbran, no tanto.
Pensé en la cantidad de discursos contemporáneos que habrían mejorado notablemente si sus autores hubieran comprendido esa diferencia.
Después me di cuenta de algo, y se lo dije.
—Tú también llevas una antorcha.
—Desde hace más tiempo que ese perro —contestó—. Y a mí nadie me ha hecho santo.
—Tu antorcha no predica.
—No. Vela. Que es la otra mitad del oficio.
Los dominicos dieron al estudio una importancia que no tenía nada de adorno. La predicación exigía conocer la doctrina, argumentar, distinguir, responder objeciones. No bastaba con conmover: había que enseñar, y para enseñar había que entender. En Tepoztlán, esa tradición intelectual se encontró con una comunidad de historia larga y carácter fuerte, que no abandonó de golpe todas sus costumbres porque los procesos culturales rara vez obedecen la simplicidad de los decretos. Persistieron memorias, cambiaron prácticas, hubo resistencias, nacieron formas nuevas.
—¿Entonces qué representa este convento? —pregunté.
—Un encuentro que transformó a un pueblo, y cuya memoria todavía se discute en náhuatl cada septiembre. Pocas instituciones pueden decir lo mismo.
Los grandes edificios no sólo guardan respuestas. Guardan preguntas que cada generación tiene que volver a hacer, de preferencia en voz alta y frente al cerro.
XV
Cuernavaca, o el camino que terminó en Japón
Llegamos a Cuernavaca creyendo que el viaje estaba por concluir. Don Goyo parecía divertirse.
—Todavía falta una sorpresa.
El antiguo convento franciscano de la Asunción, uno de los primeros que levantó la orden y hoy catedral, guarda en los muros de su nave una pintura que nadie esperaría encontrar aquí: el martirio de san Felipe de Jesús y sus compañeros en Japón. Estuvo oculta durante siglos bajo capas de decoración posterior, y reapareció en el siglo XX, cuando se renovó la catedral y alguien raspando un muro encontró detrás un barco, una multitud y una hilera de cruces.
Habíamos recorrido pueblos de Tlaxcala, Puebla y Morelos; habíamos hablado de franciscanos, dominicos y agustinos. Y de pronto aparecía Nagasaki.
—¿Qué hace Japón en Cuernavaca? —pregunté.
—Recordarte que la historia de la Iglesia no termina donde termina tu mapa.
El 5 de febrero de 1597 fueron crucificados en Nagasaki veintiséis cristianos. Entre ellos estaba un franciscano joven nacido en la Ciudad de México, que de muchacho había sido más bien inquieto, que se embarcó a Manila, que naufragó en las costas japonesas cuando volvía a su tierra y que murió lejos de ella con una lanza en el costado. Fue el primer santo nacido en México. Su historia empezó en América, pasó por Filipinas y terminó en Japón, porque la Nueva España no era el fin del mundo sino su encrucijada. Por el Pacífico iba y venía el galeón, y la ruta de regreso que lo hizo posible la había descubierto en 1565 un fraile agustino, Andrés de Urdaneta, hermano de hábito de los que levantaron la mitad de los conventos que habíamos visitado.
Las pinturas muestran embarcaciones, figuras, paisajes y la ejecución misma, con una gravedad que no necesita adjetivos. Es una historia de fe, de viajes y de muerte. Pero también de comunicaciones entre continentes: rutas comerciales que cruzaban el océano, religiosos que iban a Asia, artistas que conocían tradiciones diversas, noticias de sucesos ocurridos a miles de leguas que alguien, en Cuernavaca, consideró dignas de pintarse en la pared de su iglesia para que no se olvidaran.
—Ahora entiendes —dijo Don Goyo— que estos conventos no son una historia encerrada alrededor de una montaña.
Era cierto. El volcán había sido nuestro centro geográfico, pero no podía ser el límite de nuestra comprensión. Los conventos pertenecían a una red de caminos, instituciones, creencias y personas que atravesaba océanos. Y la Jerusalén que buscábamos empezaba a cambiar de sentido ante mis ojos: no era una ciudad situada en un punto del mapa, sino una comunidad cuya vocación desbordaba todas las fronteras. Un mexicano crucificado en Japón y pintado en Morelos es una prueba bastante elocuente de que la cristiandad nunca fue un barrio.
QUINTA PARTE
La Jerusalén de piedra
XVI
Las murallas de la ciudad que desciende del cielo
Habíamos recorrido quince conjuntos conventuales. Habíamos visto iglesias con traza de fortaleza, atrios capaces de recibir a un pueblo entero, capillas para posar las procesiones, retablos, fuentes, claustros, sepulturas. Habíamos hablado de pleitos y de caridad, de ingeniería y de doctrina, de teatro y de terremotos. Faltaba responder la pregunta que daba nombre al viaje.
—¿Por qué Jerusalén? —pregunté.
—Porque ahora ya puedes oír la respuesta sin confundirla con una leyenda —dijo Don Goyo—. Abre el libro.
El Apocalipsis describe la Jerusalén nueva que baja del cielo, ataviada como una esposa. Tiene una muralla grande y alta, con doce puertas guardadas por doce ángeles, y doce cimientos que llevan los nombres de los doce apóstoles. Su planta es un cuadrado perfecto; sus medidas, una aritmética de la plenitud. Pero luego vienen tres frases que lo cambian todo. La primera: el vidente dice que no vio templo en ella, porque su templo es el Señor Dios y el Cordero. La segunda: la ciudad no necesita sol ni luna, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero. La tercera: sus puertas no se cerrarán nunca, porque allí no habrá noche.
Me quedé callado un buen rato.
—Entonces la ciudad que los frailes querían evocar con templos es una ciudad sin templo.
—Exactamente. Construyeron iglesias para anunciar un lugar donde ya no harán falta. Así son las cosas verdaderas: señalan más allá de sí mismas.
—Y es una ciudad amurallada con las puertas siempre abiertas.
—Ahí tienes la respuesta a tu pregunta de las almenas, o por lo menos la única que me interesa. Una muralla con las puertas abiertas no es una defensa. Es una definición. No sirve para dejar fuera a nadie, sino para que se sepa dónde se está dentro.
Pensé en los atrios que habíamos visto, cercados por bardas almenadas y abiertos por arcos sin puerta. Pensé en la plaza de Tlaxcala, donde un pueblo entero había sitiado una Jerusalén de utilería para terminar bautizando a sus defensores. Pensé en los doce de Huejotzingo, llegados a trabajar la hora undécima, y en Motolinía pidiendo que Dios cumpliera el pronóstico en sus días. Pensé en Gregorio López escribiendo sobre el Apocalipsis en su celda de Oaxtepec. Aquellos hombres vivían con la mirada puesta en el fin de la historia, y no como quien teme una catástrofe, sino como quien espera una boda. Algunos historiadores han estudiado esa esperanza a fondo, y han visto en los conventos novohispanos una arquitectura de la ciudad, del templo y del escenario: una piedra que quería ser liturgia y una liturgia que quería ser anuncio.
San Agustín había explicado, en La ciudad de Dios, que dos amores fundaron dos ciudades: el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial; el amor de sí hasta el desprecio de Dios, la terrena. No son dos territorios separados por aduanas, sino dos comunidades definidas por lo que aman. Durante la historia sus ciudadanos viven revueltos, en las mismas calles y a veces en el mismo corazón, y su separación definitiva pertenece sólo al juicio de Dios. Por eso la ciudad celestial no puede identificarse sin más con ningún reino, ni con un monasterio, ni con una época, ni con una civilización temporal, por grande que haya sido. Quien confunde la Jerusalén con su propio país acaba adorando a su país; quien la separa por completo de la historia acaba por no esperarla.
—Entonces —pregunté—, ¿podemos llamar Jerusalén a estos conventos?
—Puedes decir que la arquitectura cristiana expresa con signos materiales realidades espirituales. Las murallas pueden recordar la protección; las puertas, el acceso; los cimientos, la permanencia; las almenas pueden venir de un repertorio militar, ornamental o simbólico, y para saber qué fueron en cada edificio hay que estudiar cada edificio. Lo que no puedes decir es que los quince se trazaron como un programa único para representar el Apocalipsis. Los papeles no dan para tanto.
—Entonces nuestra Jerusalén de piedra es una interpretación.
—Es una imagen literaria fundada en una tradición teológica verdadera. Y una imagen así vale más que cien certezas inventadas.
—No parece una respuesta muy poética.
—La poesía no mejora cuando obliga a la historia a mentir.
Tenía razón. La belleza no exige abandonar la verdad; al contrario. Cuando una imagen ilumina una realidad sin deformarla, alcanza una dignidad que la fantasía arbitraria jamás consigue. Lo que es hermoso y falso dura lo que dura una función de teatro. Lo que es hermoso y verdadero se queda.
XVII
La ciudad que se ordena hacia un centro
Volvimos entonces a la pregunta más importante: qué habían querido construir aquellos hombres.
No basta responder que iglesias, ni que conventos. Los establecimientos religiosos formaron parte de una reorganización entera de la vida en común. Alrededor de ellos se trazaron pueblos con su iglesia, su atrio, su plaza y sus casas de gobierno. Los indios se gobernaban en sus propias repúblicas, con gobernador, alcaldes y regidores elegidos entre ellos, y se agrupaban en cofradías, barrios, oficios y mayordomías que tenían sus fiestas, sus cajas y sus pleitos. La Nueva España no fue un bloque, sino un tejido: una comunidad de comunidades, cada una con su derecho, sus costumbres y su manera de servir al bien de todas.
La arquitectura hacía visibles esas relaciones. El templo ocupaba el lugar más alto; el atrio reunía a los fieles; el claustro ordenaba la vida de los religiosos; la plaza y las casas reales atendían otras necesidades, igualmente legítimas. Los caminos comunicaban los pueblos y las fuentes los abastecían. Cada cosa en su sitio, y todas mirando, de un modo u otro, hacia el mismo punto.
—¿Y cuál era ese punto? —pregunté.
—Para los frailes, Dios, que es el fin último del hombre. Pero no olvides que la vida política tiene también fines propios, temporales y legítimos. El campanario no está en lugar del cabildo, sino por encima de él. Que no es lo mismo.
Pensé en santo Tomás y en su distinción de los órdenes: no confundir lo espiritual con lo temporal, no reducir uno al otro, y sin embargo reconocer que entre ambos hay una jerarquía, porque el hombre es uno solo y su vida no puede partirse en dos sin romperse. El bien común no es una abstracción de filósofos, sino el criterio que permite juzgar si una sociedad está bien o mal ordenada: si sus instituciones sirven a la perfección de las personas y de las comunidades, o si las personas y las comunidades han terminado sirviendo a sus instituciones.
No era un organismo perfecto. Ninguna sociedad histórica lo es, y las que lo pretenden suelen ser las peores. Hubo abusos, hubo pleitos, hubo hambre, hubo epidemias que vaciaron pueblos enteros. Pero existía una concepción del orden que permitía poner las cosas en relación, y por eso mismo permitía juzgarlas. Los señores de Huejotzingo podían escribir al rey porque creían que existía una justicia por encima del tributo. Zumárraga podía acusar a los frailes y los frailes a Zumárraga porque ambos aceptaban un mismo tribunal de la conciencia. Una sociedad que ha perdido su centro no comete menos injusticias: simplemente pierde el lugar desde el cual podría reconocerlas.
La civilización cristiana no fue una acumulación de iglesias. Fue una realidad histórica complejísima, hecha de instituciones, costumbres, leyes, familias, escuelas, oficios, tradiciones artísticas, formas de autoridad y una fe que lo empapaba todo sin sustituirlo todo. Los conventos del Popocatépetl no contienen por sí solos aquella civilización. Pero permiten ver, en piedra, algunos de sus principios.

Las campanas y el tiempo
Habíamos hablado mucho del espacio: de murallas, atrios, caminos y ciudades. Faltaba algo más hondo.
—Escucha —dijo Don Goyo.
A lo lejos sonó una campana. No supe de qué pueblo venía. Quizá de alguno de los que habíamos recorrido; quizá de otro escondido entre las barrancas.
La campana organizó durante siglos la vida pública de estos pueblos. Llamaba a misa, anunciaba fiestas, doblaba por los muertos, avisaba de un incendio, convocaba al cabildo. Y en muchos lugares se tocaba también contra las tormentas, para conjurar el granizo que amenazaba la cosecha. Se lo hice notar a Don Goyo, que se rió con una fumarola corta.
—En esta sierra —dijo— el campanero y el tiempero se pasaron siglos disputándose la misma nube.
Entonces caí en la cuenta de algo que tenía delante desde el principio. En español, la misma palabra sirve para la lluvia y para las horas. El tiempero cuida el tiempo que cae del cielo; la campana ordena el tiempo que pasa por la tierra. Nuestra lengua, que es más sabia que nosotros, sospechó desde siempre que las dos cosas tienen que ver, y que ni la lluvia ni las horas nos pertenecen del todo.
La campana introducía una dimensión pública del tiempo. No todo dependía del reloj de cada quien: había un calendario compartido. Adviento y Navidad, Cuaresma y Semana Santa, Pascua, Corpus, las fiestas patronales, los santos del mes. Y, entrelazados con él, los ciclos de la tierra: las aguas, la siembra, la cosecha, las secas. La vida humana se desarrollaba dentro de varios ritmos a la vez, y la campana les daba voz a todos.
Recordé la carta con que su ministro general había despachado a los doce franciscanos. Creían llegar a la hora undécima, al atardecer del mundo, con la jornada a punto de cerrarse.
—Esa hora undécima ha resultado bastante larga —dije.
—Para Dios mil años son como un día —contestó Don Goyo—. Y para mí también, aunque yo no tengo mérito: soy de piedra. Lo admirable es que ustedes, que duran tan poco, hayan aprendido a vivir como si cada tarde pudiera ser la última y como si cada obra tuviera que durar siempre. Esa contradicción es lo más cristiano que he visto.
Luego me preguntó:
—¿Qué diferencia encuentras con tu tiempo?
—Que ahora podemos medir cada segundo con una precisión extraordinaria.
—¿Y eso significa que saben mejor qué hacer con él?
No respondí. La pregunta era demasiado buena.
Nuestra época ha perfeccionado los instrumentos para medir el tiempo y ha olvidado casi por completo el arte de ordenarlo. Sabemos la hora exacta en cualquier ciudad del planeta y no sabemos qué merece de verdad nuestras horas. Hemos sustituido la campana por la notificación, que también suena, pero no convoca a nadie: sólo interrumpe. La campana no resolvía por sí sola el problema del sentido. Pero recordaba en público, varias veces al día, que la vida tiene dimensiones que no se reducen al trabajo ni al consumo.
—Quizá —dije— una civilización también se reconoce por aquello para lo que reserva su tiempo.
—Y por aquello que considera digno de celebrarse —añadió Don Goyo—. Dime qué fiestas guarda un pueblo y te diré qué ama.
EPÍLOGO
La última campana de Don Goyo
No sé si Rocín entendió algo de nuestro viaje. Sospecho que no. Aunque debo reconocer que, de los tres, fue el único que nunca confundió una cuestión filosófica con una necesidad inmediata. Cuando tuvo hambre, buscó pasto; cuando tuvo sed, agua; cuando se cansó, se detuvo. Y cuando consideró que habíamos dedicado demasiado tiempo a una fachada, manifestó su desacuerdo con una claridad que muchos profesores universitarios envidiarían. En el orden de los fines, Rocín era un tomista impecable: nunca tomó un medio por un fin, ni un fin por un medio.
Habíamos recorrido quince conventos, pero lo que me llevaba de regreso no cabía en quince edificios. Me llevaba la Jerusalén de utilería de Tlaxcala y a Cortés de rodillas ante doce descalzos; al Cristo de Calpan entre la azucena y la espada; el agua de Tochimilco y a santo Tomás en el claustro de Tetela; al viejo que me pidió fuego en Hueyapan; al obispo y a los frailes de Ocuituco, acusándose unos a otros ante el mismo Dios; el trueque de Zacualpan bajo la mirada del volcán; el rosetón de Yecapixtla, los monstruos de Atlatlahucan, la bóveda caída de Totolapan, los angelitos de Tlayacapan; al ermitaño de Oaxtepec comentando el Apocalipsis entre sus hierbas; al perro de la antorcha en Tepoztlán y a los mártires de Nagasaki pintados en una pared de Cuernavaca.
Quince lugares. Quince memorias. Una sola pregunta: ¿qué hace que una civilización merezca ser recordada?
Don Goyo guardó silencio durante un buen rato. La tarde bajaba sobre las montañas, las nubes empezaban a reunirse alrededor de su cumbre y, a lo lejos, los pueblos encendían sus primeras luces.
—¿Sabes qué me sorprende de ustedes? —preguntó por fin.
—¿Qué?
—Que construyan cosas destinadas a sobrevivirlos.
Pensé en los albañiles indios que levantaron aquellos muros sin firmarlos; en los frailes que murieron sin ver terminadas sus obras; en los pintores cuyos nombres se perdieron; en los campesinos que trabajaron las tierras de alrededor; en las mujeres que llevaron a sus hijos a bautizar; en quienes se casaron bajo aquellas bóvedas; en los ancianos que oyeron las mismas campanas durante décadas; en los restauradores que, después del terremoto, recogieron fragmentos de pinturas hechas por hombres muertos hacía quinientos años. Todos participaron en una historia que ninguno pudo contemplar completa.
—Tal vez construimos —respondí— porque queremos entregar algo a quienes todavía no conocemos.
—Puede ser.
—¿Y tú? ¿Qué has aprendido de nosotros en todos estos siglos?
El viejo soltó una fumarola pequeña.
—Que son capaces de levantar obras admirables y de destruirlas con una facilidad desconcertante.
—Eso no es muy alentador.
—También he visto que, después de destruirlas, algunos regresan a reconstruirlas. Eso no lo hace ninguna otra criatura que yo conozca. Las hormigas reconstruyen por instinto. Ustedes lo hacen por fidelidad.
Miré los pueblos. Pensé en los conventos heridos por los sismos, en las comunidades que se empeñaron en recuperar sus iglesias, en los años de andamios y de paciencia. Y comprendí que aquella terquedad encerraba una lección. Una civilización no se conserva sólo con monumentos. Necesita hombres capaces de reconocer el valor de lo recibido, de distinguir lo esencial de lo accesorio, de corregir los errores, de transmitir lo que saben y de conservar las instituciones justas; hombres que comprendan que no todo lo antiguo merece permanecer, pero tampoco todo lo nuevo es un progreso. Las piedras pueden sobrevivir a quienes las labraron. Pero no pueden transmitir por sí solas el sentido de lo que representan. Para eso necesitan hombres que sepan leerlas.
—Entonces —pregunté—, ¿cuál era la verdadera fortaleza de aquellos conventos?
Don Goyo pareció escoger con cuidado sus palabras.
—No lo sé en todos los casos. Algunas murallas pudieron defender; otras quisieron decir algo; muchas hicieron las dos cosas. Pero hay algo que sí puedes afirmar.
—¿Qué?
—Que sus constructores creyeron que había cosas dignas de permanecer.
La respuesta me conmovió, no porque resolviera las controversias de los historiadores, sino porque devolvía la arquitectura a su dimensión humana. Construir es un acto de confianza en el futuro. Levantar un muro supone creer que alguien lo necesitará mañana. Plantar un árbol es imaginar una sombra que disfrutará otro. Fundar una escuela es confiar en hombres que todavía no han aprendido. Y edificar una iglesia es destinar materia, trabajo e inteligencia a un culto que se espera continúe cuando sus fundadores ya no estén. Aquellos edificios siguen en pie no porque sus constructores hayan escapado de la historia, sino porque las generaciones siguientes encontraron razones para conservarlos. La permanencia no es un don de la piedra: es una decisión renovada de los hombres.
—¿Y Jerusalén? —pregunté por última vez.
Don Goyo volvió la mirada hacia el horizonte.
—Jerusalén no está en mis faldas. Ni puede confundirse con ninguna ciudad hecha por los hombres. Pero hay edificios que recuerdan que el hombre no fue hecho sólo para habitar la tierra.
Entonces me atreví a decirle lo que llevaba días pensando.
—En esa ciudad no habrá noche. Tu antorcha no hará falta.
Tardó en contestar. Por primera vez en todo el viaje, me pareció que el viejo no estaba seguro de si debía reírse.
—Lo sé —dijo al fin—. Por eso la sostengo. Se vela mientras es de noche. El día que amanezca la apagaré con gusto, y mi señora despertará.
No dijo nada más, y yo tampoco. Hay frases que no se comentan; se guardan.
Contemplé el perfil de los conventos que todavía podían distinguirse entre los pueblos: las almenas, los campanarios, los muros, las cruces. Y pensé que acaso ésa fuera la imagen más justa del viaje. Una montaña que recuerda la inmensidad de la creación. Un caballo que devuelve al viajero la medida humana de las distancias. Y quince conventos levantados por generaciones que creyeron que la existencia debía ordenarse hacia algo más grande que ellas. No todos sus constructores fueron santos. No todas sus decisiones fueron acertadas. No todos sus edificios significaron lo mismo. Pero sus obras quedaron como testimonio de un tiempo en que la piedra, el trabajo y la fe se pusieron de acuerdo para durar.
Y comprendí que el protagonista de esta historia no era el volcán, ni el caballo, ni siquiera los edificios. Era el hombre. Ese ser extraño que nace sabiendo tan poco, vive un tiempo brevísimo y, sin embargo, es capaz de levantar obras que atraviesan los siglos. El que necesita agua y pan, pero también belleza y verdad. El que funda ciudades y luego se pregunta por su destino. El que conoce la muerte y aun así construye para los que vendrán. El que habita la tierra y no consigue dejar de mirar al cielo.
Entonces sonó una campana. Una sola, lejana. No supe de qué pueblo venía, ni quise averiguarlo. Su sonido se extendió por la tarde y se perdió entre las barrancas. Don Goyo soltó una última fumarola, y tuve la impresión de que el viejo, después de quinientos años de oír aquellas campanas, todavía encontraba en ellas algo digno de atención. Quizá porque la montaña conoce mejor que nosotros la fragilidad de lo que construimos. Quizá porque ha visto pasar demasiadas generaciones. O quizá porque, desde su altura, puede contemplar a la vez lo que a nosotros tanto nos cuesta reunir: la pequeñez de nuestras obras y la grandeza de los fines a los que podemos destinarlas.
Rocín echó a andar. El camino empezaba a oscurecerse. Los volcanes tienen esa ventaja sobre los cronistas: no necesitan encontrar un buen final; les basta con permanecer. Nosotros, en cambio, tenemos que despedirnos.
Mientras bajábamos hacia el pueblo, pensé que había salido en busca de unas fortalezas y regresaba con una pregunta mucho más seria. No qué defendían aquellas murallas, sino qué debemos defender nosotros. Porque las piedras pueden conservar la memoria de una civilización, pero sólo los hombres pueden conservar aquello que la hizo digna de memoria.
Atrás, Don Goyo, el viejo que fuma, seguía en su sitio con la antorcha en alto, velando a la que duerme. Como quien sabe que toda vigilia, por larga que sea, termina en una mañana. ●
Nota documental y de método
Esta crónica es una obra literaria original. Los diálogos con Don Goyo, la figura de Rocín, el anciano que pide fuego en Hueyapan y las conversaciones filosóficas son recursos de ficción. El itinerario reúne los quince componentes del bien inscrito por la UNESCO, pero no describe una cabalgata efectivamente realizada ni acredita la existencia de una ruta ecuestre continua entre ellos: median carreteras, barrancas, propiedades privadas y zonas restringidas por la actividad del volcán.
Las tradiciones sobre Don Goyo —su aparición como anciano, el nombre de Gregorio Chino Popocatépetl, los tiemperos y la ofrenda del 12 de marzo— pertenecen a la religiosidad popular de la región y se recogen como tales, sin afirmar su realidad sobrenatural. La coincidencia de fechas de diciembre de 1994 entre la inscripción en la Lista del Patrimonio Mundial y el reinicio de la actividad del volcán es real; lo que «se sostiene en la sierra» es licencia literaria.
La relación entre los conventos y la Jerusalén celestial es una interpretación historiográfica, apoyada en la escatología de los primeros franciscanos y en estudios sobre la arquitectura y el teatro novohispanos, que debe distinguirse de los hechos arquitectónicos acreditados. La obra la usa como eje literario y teológico sin atribuir a los quince edificios un programa iconográfico común que no se ha demostrado documentalmente. Del mismo modo, la cuestión de las fortalezas se presenta como un debate abierto, con funciones defensivas, estructurales, simbólicas y jurisdiccionales que deben examinarse caso por caso.
Fuentes primarias
- Apocalipsis 21 (Vulgata); San Agustín, De civitate Dei, XIV, 28; santo Tomás de Aquino, De regno, sobre la fundación de ciudades; Gregorio Magno, carta a Sereno de Marsella, sobre las imágenes.
- Fray Toribio de Benavente, Motolinía, Historia de los indios de la Nueva España: fiestas del Corpus de 1539 en Tlaxcala, representación de la conquista de Jerusalén, merced del escudo de armas de 1535.
- Obediencia e instrucción de fray Francisco de los Ángeles a los doce franciscanos (1523).
- Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de Felipe II (1573).
- Carta de los señores de Huejotzingo al rey (1560).
- Francisco Losa, Vida del siervo de Dios Gregorio López (1613); Gregorio López, Tesoro de medicinas.
Estudios
- George Kubler, Mexican Architecture of the Sixteenth Century (1948).
- John McAndrew, The Open-Air Churches of Sixteenth-Century Mexico (1965).
- Javier Gómez Martínez, Fortalezas mendicantes. Claves y procesos en los conventos novohispanos del siglo XVI (1997).
- John Leddy Phelan, The Millennial Kingdom of the Franciscans in the New World (1956).
- Jaime Lara, City, Temple, Stage: Eschatological Architecture and Liturgical Theatrics in New Spain (2004).
- Robert Ricard, La conquista espiritual de México.
- José Moreno Villa, La escultura colonial mexicana (1942), origen del término tequitqui.
- Antonio Rubial García, «Santiago de Ocuituco: la organización económica de un convento rural agustino a mediados del siglo XVI», Estudios de Historia Novohispana, 7 (texto); y «Cuando las ovejas actuaron. El teatro náhuatl en el siglo XVI», Revista de la Universidad de México (2001) (texto).
- Beatriz Aracil Varón, sobre el teatro evangelizador y la Conquista de Jerusalén de 1539 (texto).
- Jennifer Scheper Hughes, Biography of a Mexican Crucifix: Lived Religion and Local Faith from the Conquest to the Present (2010), sobre el Cristo Aparecido de Totolapan y fray Antonio de Roa (capítulo).
- Julio Glockner, Los volcanes sagrados. Mitos y rituales en el Popocatépetl y la Iztaccíhuatl (1996).
- Álvaro d’Ors, sobre la distinción entre auctoritas y potestas.
Fuentes institucionales
- UNESCO: Primeros monasterios del siglo XVI en las laderas del Popocatépetl. Reconocimiento internacional, características arquitectónicas, quince componentes y ampliación de 2021.
- INAH: fichas de los conjuntos y sus advocaciones; Museo Local de la Evangelización de Huejotzingo; investigación sobre los entierros infantiles de Tlayacapan; la catedral de Cuernavaca y el mural de los mártires de Nagasaki; estudios de 2024 sobre la gestión y conservación del conjunto.
- INAH Morelos, El Tlacuache, núm. 1203 (2025), sobre el convento de Santiago Apóstol de Ocuituco (texto).
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