OMO-0226 — El sentido común, el menos común de los sentidos

El reloj en vela — La mirada que entiende el presente — Lic. Oscar Méndez O.
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Filosofía, metafísica y cultura

El sentido común, el menos común de los sentidos

Filosofía, metafísica y cultura · Periódico La Esperanza

Clave de archivoOMO-0226
Fecha original11 de noviembre de 2025
Fuente originalPeriódico La Esperanza
Tema principalFilosofía, metafísica y cultura
Ilustración editorial original para El sentido común, el menos común de los sentidos
Ilustración editorial original para el Archivo OMO.

I. Introducción. El cultivo del caos

Hay épocas en que el hombre duda de sus conclusiones; la nuestra ha aprendido a dudar de sus propios ojos. A fuerza de repetir que toda evidencia es «construcción», el siglo ha logrado un prodigio sombrío: sembrar desconfianza en el primer acto de la inteligencia, ese contacto originario por el cual lo real se ofrece y el entendimiento lo acoge. No es un mero extravío académico: es una tragedia ontológica. Cuando el vínculo entre el intelecto y el ser se destruye, el pensamiento se vuelve reflejo sin objeto, palabra sin cosa, voluntad sin verdad.

El sentido común —ese primer asentimiento a lo que es— no es la opinión del vulgo, sino el umbral de toda ciencia. Antes de toda teoría, se sabe que lo que es, es; que nada procede de la nada; que cada efecto reclama causa; que el fin explica el orden del mundo. Ese conjunto de evidencias primeras es el humus de la razón. Destruirlo es desertificar la inteligencia.

La filosofía perenne no aplasta ese humus: lo cultiva. Lejos de convertirlo en ideología, lo eleva a ciencia. La metafísica tomista es ese agricultor sabio que no improvisa semillas: reconoce las que ya laten en la naturaleza, distingue sus especies (acto y potencia, causa y fin, sustancia y accidente) y las conduce a su fruto. En tiempos de desierto, volver al manantial no es nostalgia: es supervivencia. Es el instinto del sediento.

Glosa: Esta ceguera no es un simple accidente histórico, sino la condena de la razón que se ha atrevido a juzgar a Dios. Es el intelecto que, al decir «no» a la Fe, se ha vuelto ciego a la evidencia, porque la Verdad y el Bien no son distintos en el Ser divino. Así, el hombre, al negar al Verbo, se ha quedado sin palabras para nombrar la realidad.

II. El valor del sentido común. La estructura del ser

Aristóteles no inventó la lógica: escuchó al ser. Llamó «principio de no contradicción» a lo que toda mente recta ya vive al pensar: que lo que es no puede no ser en el mismo respecto. No es una regla de cálculo, sino la ley de lo real. Su negación no inaugura la libertad del pensamiento, sino su suicidio: si lo contradictorio puede ser verdadero, ningún lenguaje significa, ninguna proposición afirma, ningún argumento concluye.

Santo Tomás tomó ese patrimonio y le dio orden. Distinguió con pulso de cirujano entre el conocimiento confuso —propio del inicio— y el saber científico que lo desenvuelve. Mostró que el sensus communis unifica las percepciones y entrega al entendimiento el dato del ser, que la inteligencia eleva a universal por abstracción. Allí, en la evidencia, resplandece la verdad como adaequatio rei et intellectus: conformidad de la mente con lo que es, no con lo que imagina.

Por eso el tomismo no desprecia las certezas primeras: las protege, las depura de ilusiones, les da armazón. Donde el escepticismo ve ingenuidad, la filosofía del ser reconoce semilla. Y la conduce a fruto: «acto» para nombrar la perfección presente; «potencia» para explicar el devenir; «causa» para salvar el porqué; «fin» para inteligir el orden. Así, lo que el pueblo intuye con acierto, el sabio lo demuestra con la certeza de la necesidad metafísica.

Garrigou-Lagrange: «La filosofía moderna es la negación de los primeros principios, que son la luz de la inteligencia.»

Fabro: «El yo que se absolutiza es el yo que se vacía de ser.»

Maritain: «La evidencia es el resplandor de la verdad en el entendimiento.»

III. El ataque moderno. La autodestrucción de la razón

Todo asedio comienza quebrando las murallas. Descartes eligió la duda como ariete. No la duda metódica que purifica, sino la duda maligna que disuelve el primer asentimiento. Al desconfiar de los sentidos y retroceder hasta un yo encerrado en su propia reflexión, invirtió el orden: ya no es el pensamiento sobre el ser, sino el ser como sombra del pensamiento. En ese retiro, se funda la cárcel del yo solo: jaula de cristal, luminosa y estéril.

Hume abatió el puente de la causalidad. Si la causa no es más que hábito de expectación, el mundo deviene polvo de impresiones yuxtapuestas. Nada explica nada; todo «sucede». La razón, desarmada, contempla un teatro de sombras sin nexo. La naturaleza deja de ser libro y se convierte en álbum de estampas, sin nexo ni narrativa.

Kant consumó la clausura. Con la cosa en sí declarada incognoscible, el entendimiento quedó encerrado en la fenomenalidad: una mazmorra luminosa, pero mazmorra. La metafísica se declaró imposible, la verdad objetiva se volvió límite asintótico, y el juicio práctico, árbitro de lo que no puede saberse. El idealismo institucionalizó lo que la duda inició y el escepticismo fracturó. El veneno estaba en la raíz, que daría fruto —más tarde— en el posmodernismo, negación de toda verdad objetiva y reducción del lenguaje a juego de poder, y en el posthumanismo, negación de la naturaleza humana misma en nombre de una autodeterminación tecnológica sin esencia.

El positivismo hizo del tubo de ensayo tribunal supremo. Lo inmedible se juzgó inexistente; lo inmaterial, superchería. La ciencia —magnífica en su esfera— fue entronizada como ontología. Y cuando la medida reemplaza al ser, el hombre mismo se reduce a reacción, la libertad a epifenómeno, el espíritu a metáfora.

Quedaba el desenlace: existencialismo y nihilismo. Si no hay verdad del ser, no hay sentido. La libertad, desanclada de la naturaleza, se convierte en vértigo; la voluntad, sin bien objetivo, se abisma en el capricho o en la nada. No son accidentes: son frutos.

IV. Consecuencias. La desintegración de la realidad humana

La primera víctima es el pensamiento. Sin primeros principios, todo razonamiento se vuelve retórica, toda teoría, opinión. El posmodernismo pulveriza el dogma y las certezas, disuelve el sentido de verdad en la disputa de relatos y convierte el juicio en estrategia. En teología, el dogma —que es verdad revelada definida— se transmuta en expresión de experiencias; la Revelación, en lenguaje simbólico adaptable; la fe, en afecto sin objeto inteligible. Quien quiebra el ser termina diluyendo la Verdad.

El derecho pierde su eje. Sin ley natural, la norma ya no declara lo justo: lo fabrica. Nace el decisionismo: la voluntad de poder reviste de «legalidad» lo que apetece, mientras la justicia —dar a cada quien lo suyo— se reduce a procedimiento. El Estado de derecho deviene Estado de reglamentos; el juez, contable de formalidades; y el hombre, sujeto de concesiones revocables, no de derechos inmutables. De la mano, el posthumanismo exige un biopoder tecnojurídico que administre identidades fluidas, cuerpos editables y voluntades sin naturaleza: la ley deviene interfaz de laboratorio.

La política se vuelve administración de opiniones. Si no hay bien común arraigado en la naturaleza, sólo queda negociación de intereses, ingeniería social, propaganda. La autoridad, despojada de su fundamento en la verdad del orden, se administra por encuestas y se sostiene por fuerza.

Y la herida alcanza el hogar. Una cultura que niega la naturaleza humana no sabe qué es un padre, qué una madre, qué un hijo. La familia —institución natural anterior al Estado— se ve tratada como construcción mutable. No se contabilizan «casos», se verifica un drama: hogares sin cimientos, niños sin presencia, ancianos sin cobijo, vínculos sin promesa. Y el alma lo sabe. Cuando el ser se niega en las aulas, llora en la mesa.

V. La defensa católica. La firmeza del magisterio

En medio del estruendo, la Iglesia alzó la voz. León XIII, con Aeterni Patris, no convocó a una moda, sino a un regreso: volver al Doctor común para restaurar, con la metafísica del ser, las columnas del pensamiento. No fue arqueología: fue providencia. Pío X, con Pascendi, discernió el nervio del modernismo: la sustitución de la verdad por la «experiencia», la inversión de la inteligencia en psicología. Denunció la herejía que disuelve y encendió faros para siglos.

No se defendía a un autor: se defendía la inteligencia de sí misma; no una escuela, sino la luz del Ser que sostiene toda verdad. La Iglesia, como Madre y Maestra, sabe que el camino hacia la gracia pasa por el recto uso de la naturaleza; por ello, el tomismo no es «una doctrina más», sino la doctrina de la Iglesia, porque en él la razón está sana y dispuesta a ser elevada por la fe. En Santo Tomás la inteligencia no usurpa: sirve al ser. Su distinción de acto y potencia salva el movimiento sin negar la permanencia; su doctrina de las causas reconcilia la explicación con la realidad; su teleología preserva el orden sin mecanicismos; su analogía del ser evita tanto el panteísmo como el nominalismo. Se rescataba, con él, la posibilidad de conocer y la dignidad de la verdad.

Los grandes maestros sociales lo entendieron. Donoso mostró que, negada la soberanía de Dios y el orden natural, la política oscila entre anarquía y tiranía. Balmes demostró que la buena filosofía es condición de la buena civilización. Vázquez de Mella recordó que la tradición no es rutina: es vida de un principio en el tiempo. No defendían «sistemas»; defendían la realidad contra la ideología.

VI. Elevar el sentido común. El esplendor de la metafísica

El escepticismo es desierto: todo parece arena, nada arraiga. La filosofía del ser es manantial: no inventa el agua, la hace aflorar. Elevar el sentido común no es reemplazarlo: es llevarlo a su plenitud. He aquí su pedagogía:

«El niño puede llegar a ser hombre.» En esa frase palpita un misterio: lo que no es aún, puede ser. La distinción de potencia y acto le da nombre y necesidad. El devenir ya no es ilusión ni salto mágico: es tránsito inteligible desde una capacidad real a su perfección. La educación, la virtud, el arte, encuentran allí su razón profunda: actualizar posibilidades según la forma que las mide.

«Nada viene de la nada.» La experiencia exige causa porque la razón pide razón. La causalidad no es hábito psicológico: es exigencia del ser. De la observación humilde brota la escalera que permite remontar: de las causas segundas a la Causa primera, que no recibe el ser, sino que es el Ser por esencia. Así, la metafísica no suplanta a la ciencia: la funda.

«Lo que es, no puede no ser (en el mismo respecto).» El principio de no contradicción no encierra, libera: hace posible toda afirmación, toda negación, toda ciencia. Sin él, la medicina y la ingeniería, el derecho y la teología, se evaporan en juego verbal. Con él, el pensamiento camina con pie firme y la caridad puede decir «sí» sin traicionarse.

Esta elevación no es un mero silogismo; es un milagro de la razón. Es el momento en que lo confuso se vuelve claro, lo particular se ilumina en lo universal, y lo sabido por connaturalidad se afirma por demostración. Y la inteligencia, lejos de envanecerse, se ordena: al verdadero, al bien, al fin.

VII. Síntesis y conclusión. La batalla por la inteligencia

Todo está en juego. No se disputa un matiz de escuela ni una preferencia pedagógica. Se combate por el derecho mismo de la inteligencia a poseer la verdad de lo real. Allí se decide la posibilidad del dogma y de la justicia, de la familia y de la patria, de la libertad que no se suicida y de la autoridad que no oprime.

El sentido común —el menos común de los sentidos— no pide privilegios: reclama defensa. La metafísica tomista se la ofrece con modestia de siervo y fuerza de bastión. Devuelve a la razón su objeto, al lenguaje su sentido, a la vida su orden. Restituye a la fe su suelo: porque si la naturaleza se niega, la gracia se evapora en sentimiento.

Que la clausura resuene con la evidencia que salva:

La gran batalla de nuestro tiempo no es entre izquierda y derecha, sino entre ser y no-ser;

no es entre una ideología y otra, sino entre la verdad objetiva y la opinión subjetiva;

no es por el poder efímero, sino por la posesión misma de la inteligencia.

Vencen, al fin, la claridad y el orden: el manantial acaba por imponerse al desierto. Y donde el ser es reconocido, la verdad vuelve a ser luz, la libertad vuelve a ser camino y la caridad —sostenida por la inteligencia— vuelve a ser la Ley que ordena el universo y el corazón del hombre.

Epílogo. De la negación del ser a la negación del hombre

Lo que comenzó como sospecha contra la evidencia concluye como sospecha contra la naturaleza humana. El posmodernismo proclama la incredulidad ante toda «gran narrativa» y reduce la verdad a disputa de relatos: hablar ya no es decir lo que es, sino disputar un lugar en el poder. El posthumanismo, por su parte, trata al hombre no como naturaleza, sino como proyecto indefinido: cuerpo editable, identidad programable, voluntad sin medida. Es la metafísica de la auto-fabricación, donde la técnica suplanta a la forma y la programación reemplaza a la educación.

Glosa: Lo que comenzó en el jardín de Edén con la promesa «seréis como dioses», se cumple hoy en el laboratorio. El posthumanismo es la última y más vulgar manifestación del gnosticismo, que desprecia la naturaleza dada por Dios para fabricar un «yo» espiritualizado y desencarnado. El hombre, negada su forma sustancial, se convierte en un fantasma de datos, un «software» que busca su libertad en la disolución de su propio cuerpo y de su propia alma. Pero, como enseña el Aquinate, no se puede amar lo que no se conoce, ni ser lo que no se es.

Frente a ese doble desafío, la respuesta no es nueva, pero es más actual que nunca: reconocer el ser, custodiar la naturaleza, obedecer a la verdad. Porque sólo donde el ser es afirmado, el hombre puede ser amado; sólo donde la naturaleza es medida, la libertad es camino; sólo donde la verdad es luz, la caridad es ley.

Ficha documental

Autor en esta ediciónLic. Oscar Méndez O.
Fecha original11 de noviembre de 2025
Publicación de procedenciaPeriódico La Esperanza
Firma registrada en la fuenteÓscar Méndez
Tema principalFilosofía, metafísica y cultura
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