OMO-0165 — La ciudad que enterró a sus ríos
Crónicas, estampas y semblanzas
La ciudad que enterró a sus ríos
Viaje por la ciudad de las acequias
Viaje por la ciudad de las acequias
Hay tardes en que la Ciudad de México se acuerda de algo, y a uno se le pone la carne rara sin saber por qué.
No digo que recuerde. Recordar es cosa de la cabeza, y la cabeza es mentirosa y educada: recuerda lo que le conviene. Yo hablo de acordarse como se acuerda el cuerpo: de esa manera en que una rodilla vieja sabe que va a llover mucho antes que el cielo, y lo avisa con una punzada, sin pedirle permiso a nadie. Así se acuerda esta ciudad de lo suyo: por debajo, cuando menos la vigilan.
Aquella tarde yo salía del despacho con esa alegría chueca del que ha logrado sobrevivir al día —victoria más modesta que resolverlo, y por eso más sincera—. Un expediente cerrado, dos asuntos pospuestos hasta mañana, y yo en la banqueta mirando el cielo.
Y el cielo, hay que decirlo, no prometía nada bueno.
Estaba ahí, encima del Centro, de ese color de plomo mojado que cualquiera lee como lo que es: una amenaza. Yo lo miré. Él me miró.
Y entonces cometí el error de siempre. Calculé la distancia hasta el coche, calculé de reojo la distancia hasta la nube, hice mis cuentas de ingeniero optimista —que son las peores del mundo, porque suman las ganas y restan la experiencia— y dictaminé, con la solemnidad de un juez que se equivoca: Alcanzo.
Y crucé.
Un hombre cruzando una avenida convencido de que le va a ganar a la lluvia es una de las estampas más conmovedoras de la condición humana. Va de prisa, pero digno. Va apurado, pero sin correr —porque correr sería admitir la derrota, y todavía no—. Todavía cree. Todavía, en su cabeza, va ganando.
Iba yo exactamente a la mitad —ni de un lado ni del otro, en ese punto de no retorno donde regresar ya no tiene caso y llegar todavía es un sueño lejano— cuando el cielo, que me había estado observando todo el rato con una paciencia casi cariñosa, decidió que la hora había llegado.
Y se soltó.
No a gotas. Las gotas son para los principiantes. Se soltó entero, de un jalón, con esa puntualidad malévola que sólo tiene la lluvia de esta ciudad: siempre lo agarra a uno a media calle, con el coche lejos, sin paraguas, y con la cara del que comprende, tres segundos tarde, que nunca se alcanza.
Y ahí, mientras trotaba hacia el primer alero con los zapatos ya convertidos en dos animales ahogados —esos que uno bolea en la mañana con cierta esperanza y que a las seis de la tarde son una lástima con agujetas—, la ciudad hizo una cosa que las ciudades sólo hacen cuando creen que nadie las mira.
Empezó a acordarse de su agua.
Lo supe por el olor.
No el de la lluvia sobre la piedra —ese ya me lo sé, es el olor honrado del tezontle y de la cal que despiertan—. Éste venía de más hondo. Subía de abajo del empedrado y no era de esta tarde ni de este siglo. Olía a lodo dormido, a madera que pasó mucho tiempo bajo el agua y no ha querido olvidarlo. Es un olor que aquí no se aprende: se hereda, como el apellido. Cualquiera que haya nacido en esta ciudad lo reconoce sin haberlo olido jamás, porque es el olor de lo que tenemos debajo y fingimos no tener.
La ciudad estaba destapando, distraída, algo que le había costado siglos enterrar.
Y entonces lo oí.
Tac.
Me quedé quieto. Esperé, con el corazón haciéndose el desentendido, silbando bajito como el que pasa junto al panteón.
Tac.
Madera contra algo duro. Debajo del agua. Debajo de mí.
Y no me dio miedo, que habría sido lo sensato. Me dio algo peor y más dulce: me dio ternura y vértigo a la vez. Como cuando uno reconoce de lejos, entre el gentío, el modo de caminar de un muerto querido, y por medio segundo el corazón le grita que corra a alcanzarlo antes de que la razón le recuerde que es imposible. Así. Porque supe —con esa certeza tonta y total que sólo dan los sueños— que ahí abajo, debajo del asfalto y de mis zapatos difuntos, todavía venía entrando, remando despacio en lo oscuro, una canoa a la que nadie tuvo nunca la decencia de avisarle que dejara de venir.
Y comprendí, ahí parado bajo mi alero, que para volver a ver la ciudad enterrada no hacía falta ningún prodigio. Bastaba con quitar.
Quíteme usted, hágame el favor, los automóviles de Corregidora. Las motos. Los postes, los cables que tachonean el cielo como enmendaduras, los anuncios. Quite el asfalto. Quite cien años. Y ya encarrerado, quíteme otros cien.
Pero no me toque Palacio. Ése déjelo donde está. Lleva ahí desde el principio, mirándolo todo con esa cara larga de piedra que ha visto pasar virreyes, emperadores, presidentes y peatones empapados, a todos con la misma paciencia un poco desdeñosa.
Ahora, sobre lo que quedó limpio, devuélvame el agua.
Y ahí está. Ahí aparece, como si nunca se hubiera ido.
La Acequia Real.
Y cuidado, que no es lo que usted está pensando. No es una calle inundada, no es una desgracia. Es una calle que era agua por vocación: mansa, parda, con su hilera de casas asomándose a mirarse en ella, y Palacio abriendo sus puertas casi al ras del canal, como quien vive a la orilla de un río de su propiedad y no le encuentra nada de extraordinario.
Porque esto era una ciudad de agua. Una especie de Venecia, sólo que nuestra: más morena, más terca, encaramada en la altura imposible de estos dos mil metros donde jamás debió haber habido un lago. Y sin embargo lo hubo. Y con nuestras propias manos lo matamos. Pero no adelantemos la pena; todavía estamos en la parte hermosa.
Porque por esa calle de agua vienen llegando las canoas.
No las trajineras de domingo, floridas y mentirosas, que sobreviven en Xochimilco para consuelo de turistas. Esas son la viuda repintada del difunto. Estas son de trabajo: chatas, hundidas hasta que apenas queda un palmo entre la borda y el naufragio. Una trae leña. Otra, verdura con la tierra todavía pegada. Otra, maíz. Y todas con esa lentitud sabia del que rema cargado y ya aprendió que llegar tarde es preferible a llegar al fondo.
Y aquí va lo que ninguna placa de bronce le va a contar, de puro sencillo: esta ciudad no tuvo canales por presumir. Los tuvo para comer. Por esas venas de agua bajaba, cada madrugada, lo que México se iba a llevar a la boca esa misma noche —remado desde Chalco, desde Xochimilco, desde Míxquic, nombres que hoy nos suenan a arrabal remoto y que entonces eran la despensa de la capital, amarrados al centro por un hilo de agua.
Y eso, créame, le cambia a uno para siempre la manera de imaginarse un plato de comida.
Porque en una de aquellas canoas venían las flores.
Y aquí me toca confesar una vergüenza. Yo, que me gano el pan con las palabras y me sé de memoria medio Código y hasta algún soneto para lucirme en las bodas ajenas, no tengo la más remota idea de cómo se llaman las flores. Para mí son «las moradas», «las que huelen bonito», «esas amarillas de los muertos». Con ese vocabulario de tres piezas he cruzado la vida entera. De modo que cuando aquella canoa atracó rebosando color, y una mujer empezó a bajar los manojos como quien descarga un pedazo de jardín arrancado de raíz, yo me le quedé mirando con esa boca de bobo que se me abre en las ferias.
Ella lo notó, por supuesto. La marchanta lo nota todo; ese es su verdadero oficio, más que vender. Le lee a uno la cara, y a la cara le pone el precio, no a la mercancía.
Me midió despacio —el traje ensopado, los zapatos difuntos, la facha de licenciado extraviado entre dos siglos— y en lugar de venderme, que era lo que yo temía y merecía, alargó el brazo y me tendió una flor. Sin cobrarme. Como quien le pone una moneda en la mano a un distraído para que se acuerde de para dónde iba.
—Ándele —me dijo, con esa autoridad mansa de las mujeres que trabajan desde niñas—. Llévesela, para que no llegue con las manos vacías adonde va.
No tuve corazón para confesarle la verdad: que yo no iba a ninguna parte. Que ese, justamente ese, era todo mi problema.
La tomé. Y ahí me sucedió la cosa que en el fondo vine a contar, la única por la que vale la pena todo este rodeo bajo la lluvia.
Estaba fría.
Pero no fría de lluvia —esa la traía yo encima por todas partes, empapado hasta el alma—. Otro frío. Un frío guardado adentro del tallo, un frío de madrugada de agua, de esa hora en que Xochimilco todavía no es de nadie y las chinampas humean como animales dormidos. Yo tenía en la mano un pedazo de amanecer que no era el mío, cortado y remado hasta acá mientras yo dormía. Y sin que aquella mujer se propusiera enseñarme nada —porque los que de veras saben nunca se proponen enseñar; nada más dejan caer las cosas y que las levante el que tenga las manos abiertas— entendí, con ese frío subiéndome por la muñeca, algo que ningún libro me había dicho a esa temperatura: que en esta ciudad la frescura no se medía en horas.
Se medía en distancia.
Que aquella flor venía saliendo de una madrugada que aún no terminaba de irse, y que la ciudad entera, esa noche, iba a cenar cosas que unas horas antes eran todavía paisaje. Nosotros presumimos hoy nuestras cadenas de frío que le dan la vuelta al planeta para traernos un pescado con cara de arrepentido de haber viajado tanto. Y con toda esa maquinaria perdimos algo que aquella mujer cargaba gratis en su canoa pobre: la madrugada viva todavía dentro del tallo. La distancia corta, casi amorosa, entre la tierra y la mano de uno.
Le iba a dar las gracias.
Volteé —y la canoa ya se alejaba, y ella ya le medía la cara al siguiente cliente, indiferente a la revolución que acababa de causarme. Así son los que reparten milagros: se van antes de que uno atine a agradecérselos, no vaya a ser que se les note el oficio.
Me quedé con la flor helada en la mano y con una sospecha que ya no me soltaría en toda la tarde: que había estado conversando con un fantasma, y que el fantasma, para colmo de todo, era el único de los dos que estaba de veras vivo.
También bajaban aves de aquellas canoas.
Entre ellas unas chiquitas, de cuerpo breve y patas larguísimas, tan flacas que uno se pregunta cómo lo sostienen, y que aquí se cazaron y se comieron por millones durante siglos. Las oí antes de saber que existían, en el pregón cantado de alguien que las vendía por docenas, con esa musiquita que ya casi no se oye:
—¡Mercarán chichicuilooootes!
Chichicuilote.
Me quedé con la palabra dándome vueltas, saboreándola, porque uno no sabe si nombra un animalito o si es una travesura del idioma. Hay palabras que nada más nombran un bicho.
Esta guarda un lago entero adentro. Uno la dice despacio y se le llena la boca de un agua que ya no existe.
Seguí —si es que puede llamarse seguir a esto de ir flotando, medio mareado y del todo feliz, entre dos siglos que no acaban de ponerse de acuerdo— hacia Roldán.
Y ahí me planté, porque Roldán es de esos lugares que le exigen a uno detenerse, aunque uno no sepa todavía por qué se lo exigen.
Hoy es una calle de comercio más, del oriente del Centro, por la que se pasa sin sospechar nada, cargando bolsas, esquivando diableros. Pero durante siglos ese fue el sitio donde el agua le entregaba a la ciudad su sustento. Ahí atracaban las canoas del sur; ahí la mercancía dejaba de flotar y se echaba sobre el lomo de un hombre. Roldán fue, sin tener mar por ningún lado, un puerto. Un puerto de lagos y de chinampas, tierra adentro, en el corazón seco de un país que le da la espalda a sus dos océanos.
Estaba yo saboreando la palabra puerto —que sabe a sal y a lejanía, aunque aquí no hubiera ni lo uno ni lo otro— cuando algo me golpeó el hombro y una voz me arrancó del encanto:
—¡Paso!
Me hice a un lado por instinto, como me he hecho a un lado toda la vida en esta ciudad que siempre va cargando algo.
Y en ese «¡Paso!» —dos sílabas, ni una cortesía de sobra— cabía, enterita, toda la historia que le vengo contando.
Porque vaya usted mañana a La Merced, párese junto a cualquier diablero, y va a oír lo mismo. La misma palabra, el mismo tono seco del que carga de verdad y no le sobra aliento para las buenas maneras. Cambió la canoa por el diablo de fierro; cambió el petate por la caja de plástico; cambió la moneda, cambió el gobierno, cambiaron los santos del altar. Y esa palabra, esa sola, cruzó el río de los siglos sin mojarse, y sigue viva, idéntica, en la boca del que carga.
La historia no siempre sobrevive en las piedras, que se caen; ni en los libros, que no lee nadie. A veces se salva, terca, escondida en la manera de decir quítate sin ofender.
Miré al cargador —lo vi pequeño bajo el tercio, las piernas embarradas, el cuerpo doblado hacia adelante como una pregunta que nadie se ha molestado en responder— y sentí una punzada de vergüenza fina, de esas que dan en lo hondo. Porque yo estaba ahí, tan campante, maravillándome de la hermosa ciudad de agua, componiendo en la cabeza mis frasecitas bonitas.
Él la llevaba a cuestas.
Y ésa es la costura secreta de toda civilización, la que casi nunca se menciona: hay quienes pueden detenerse a contemplarla, a escribirle elogios —y hay quienes no pueden detenerse ni un segundo, precisamente porque la están cargando sobre la espalda. Yo estaba, como casi siempre, del lado cómodo de esa costura. Lo supe. Y me dolió lo justo, que es poco.
Y junto al trabajo, pegada a él como la sombra al pie, venía la ley.
Aquí me toca hablar de lo mío, y le ofrezco disculpas, porque al abogado que uno lleva dentro, en cuanto le dan cuerda, ya no hay quien lo calle.
A una ciudad, la mercancía no le llega sola; ni gratis, ni en paz. Había que medir, pesar, cobrar el derecho, dirimir el pleito —que siempre hay pleito; es lo único de veras eterno bajo el sol—, mantener limpio el cauce, reparar el puente, decidir quién podía abrir una toma de agua y quién pagaba la compostura, y de quién era la culpa cuando el canoero venía de un pueblo de indios, con sus propios fueros, y entraba al agua que gobernaba el cabildo de los españoles.
De manera que la acequia —lo entendí ahí, con una risa cómplice, la del que reconoce su propia casa— tenía en realidad dos cauces.
Uno era de agua.
El otro, de jurisdicción. Y por ese segundo cauce navegaban pleiteándose el cabildo, la Audiencia, el virrey, los señores ribereños, los conventos con sus muchos abogados, los pueblos con su terca memoria de agua. Papeles, privilegios, agravios, expedientes que se heredaban de padres a hijos como una maldición de familia. Mi mismísimo oficio, remando en esas aguas trescientos años antes de que yo naciera para venir a remar en las mismas. Uno se cree moderno y original, y resulta que no es más que el último de una larguísima fila de escribanos mojados.
Pero debajo de todos ellos —de los papeles, de las jurisdicciones, de mi propia vanidad de licenciado— había siempre alguien metido en el agua hasta la cintura, de noche, sacando el lodo con las manos.
Y esa es la parte que jamás sale en las estampas bonitas: una ciudad de agua se ensucia. No hay poesía que lo remedie. Las acequias se azolvaban, se atragantaban de basura, cedían de sus orillas cansadas. Y para que la flor de la madrugada siguiera llegando fresca hasta mi mano, alguien —un pobre, siempre un pobre, sin nombre en ningún archivo— tenía que meterse al fango en lo oscuro a destapar el camino. La belleza de arriba se paga siempre abajo. Y casi nunca la paga el que la disfruta.
Más allá, adivinándose entre la lluvia, estaba la Alhóndiga.
Hoy la palabra no le dice nada a nadie; suena a trabalenguas. Entonces era una de las más graves que existían, porque quería decir una sola cosa, desnuda y terrible: que mañana haya qué comer.
Una gran ciudad no puede mirar con indiferencia el precio del maíz. Nunca ha podido. Una mala lluvia, una cosecha perdida, una acequia tapada, un rumor soltado en el momento preciso —cualquiera de ésas podía volverse, en dos o tres días, un asunto de motín, de sangre en la plaza. Porque el hambre —y esto conviene decirlo despacio, porque lo hemos olvidado con una ligereza que ojalá no paguemos cara— no empieza cuando se acaba el último grano.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando alguien dice, en voz baja, medio temblando:
—Dicen que va a faltar maíz.
Y ya. Con eso basta. El que puede, guarda. El que vende, espera con la paciencia fría del que sabe esperar. El precio, obediente, sube. Y esa misma noche, en alguna casa de la que la historia jamás guardará el nombre, una mujer abre la mano junto a la lumbre, cuenta despacio sus monedas de cobre —esos tlacos, esos pilones de barro que valían lo que al tendero se le antojaba, porque al pobre hasta con moneda falsa le cobran— y compra menos. Le sirve a los suyos un poco menos esa noche. Y les dice que ella ya comió, que no tiene hambre, que coman ellos.
Ahí está la verdadera historia económica de un pueblo. No en las cifras de los tratados, ni en las curvas que dibujan los sabios en sus pizarrones.
En esa mano que se cierra sobre unas monedas y decide, en silencio, quién va a comer esta noche.
Por eso la Alhóndiga no era una simple bodega de grano. Era el miedo al hambre —el más viejo y más honesto de todos— convertido en edificio de piedra. Y por eso todo aquel rumbo de la ciudad juntaba cosas que hoy estudiamos por separado, en salones distintos y con profesores que ni se saludan: el agua y el comercio, el derecho y el impuesto, la comida y el trabajo, la autoridad y los pobres. Ahí estaban todos a la orilla del mismo canal, empujándose, necesitándose sin confesarlo —porque así se vive de verdad, y no en los organigramas: todo junto, todo revuelto, y todo mojado—.
Los españoles habían plantado su ciudad de cuadrícula, tan racional y tan romana, encima de Tenochtitlan. Pero no pudieron —por más que quisieron— arrancarle al suelo su vieja terquedad de agua. Durante siglos convivieron las dos ciudades, superpuestas: la de arriba, europea, de calles rectas; y la de abajo, la heredada, que seguía moviéndose por agua como desde mucho antes de que llegara la Cruz. Arriba cruzaban los carruajes, las procesiones, las señoras con sombrilla. Abajo, calladas, pasaban las canoas cargando la vida de todos. Y los puentes —cuántos tuvo esta ciudad, y qué pocos quedan hoy siquiera en el nombre— eran las puntadas con que se cosía, mal que bien, una ciudad con la otra.
Sólo que el agua nunca fue únicamente la bendición.
Y aquí la historia se ensombrece, igual que se ensombreció aquella tarde encima de mi cabeza.
México dependió del agua y le tuvo miedo —que es la manera más difícil y más humana de querer una cosa—. La memoria de las grandes inundaciones, y sobre todas la de 1629, cuando la ciudad amaneció bajo el agua y así se quedó cerca de cinco años, con la gente moviéndose en canoas entre las torres de las iglesias y los muertos flotando sin sepultura —esa memoria fue envenenando, año con año, aquel viejo amor—. Y una ciudad que le agarra miedo a su propia agua empieza, sin confesárselo ni a sí misma, a maquinar cómo deshacerse de ella.
Ahí, sin una fecha, sin un decreto, sin un solo día que uno pueda señalar con el dedo y decir fue entonces, comenzó el entierro.
Y esta es la parte que de veras me importa, la que le ruego que oiga despacio, porque es la más triste y la más nuestra: no ocurrió de golpe. Nunca ocurre de golpe. Nadie reunió una tarde al cabildo para anunciar, con voz de bando: «Señores, procédase a enterrar la memoria de agua de México». Las ciudades no matan así a sus muertos, con fecha y ceremonia. Los dejan morir de a poquito, distraídas, mirando para otro lado, casi con cariño —que es, si uno lo piensa, la forma más cruel de todas—.
Una limpia que este año, por falta de fondos, ya no se hizo.
Un tramo que se cubrió con losas de piedra porque estorbaba al paso, y quedó mejor así —más limpio, más decente, más de gente de razón.
Otro que se degradó a atarjea, a cañería, a cosa vergonzante de abajo.
Una calle que hubo que ensanchar porque ya no cabían los carruajes.
Una preocupación nueva y muy moderna por la higiene. Y luego, en tromba, el ferrocarril, el tranvía, el automóvil —cada uno exigiendo, con la prepotencia de lo que acaba de nacer, su pedazo de superficie seca.
Una generación todavía alcanzó a ver el agua, y a mojarse los pies en ella de niño.
La siguiente ya sólo recuerda que su abuelo la vio, y lo cuenta en la sobremesa como una leyenda que no acaba de creerse.
La de más allá conserva apenas el nombre de un puente que ya no puentea nada, sobre una calle donde ningún río corrió jamás que ellos hayan conocido.
Y después —este es el último peldaño, el más callado— ya nadie pregunta. El nombre se queda ahí, huérfano, colgado de una esquina: «Puente de la Leña», «Puente del Cuervo». Y la gente pasa por encima mil veces al día sin hacerle la descortesía de preguntarle qué esconde debajo.
Y aparece el asfalto. Y encima, el tráfico. Y encima, la prisa. Y así, capa sobre capa, queda el muerto bien tapado, bien callado, bien olvidado.
Pero pasó una cosa extraordinaria —y es lo único que me consuela de todo este largo entierro que le vengo relatando debajo de mi alero—.
Las funciones sobrevivieron a las formas.
Se murió la acequia; y La Merced siguió recibiendo, terca, sin darse por enterada. Se murió la canoa; y llegó el camión a hacer su mismo trabajo. El canasto se volvió caja, el remo se volvió motor, el tlaco de barro se volvió billete arrugado y el barrio —sin enterarse de que había cambiado todo— siguió haciendo lo único que el agua le había enseñado durante siglos, con una fidelidad que parte el alma: recibir.
«Traiga usted lo que dio su tierra. El chile, la fruta, la flor de madrugada, el maíz —el mismo maíz que tanto miedo nos dio que faltara—. Aquí, todavía, hay quien se lo compre».
Por eso La Merced no es un mercado, aunque los mapas se empeñen en decir que lo es. Es una vocación que no se ha enterado —o que se hace la desentendida— de que el río que la parió hace siglos que no existe. La geografía se murió, y siguió mandando sobre los vivos desde debajo de la tierra, igual que esos muertos de la familia que ya no se sientan a la mesa y sin embargo lo siguen decidiendo todo: con quién te casas, cómo se reza, de qué lado se parte el pan.
Y eso, cuando me pongo a pensarlo, me parece lo más hondamente mexicano que existe.
Ponemos una cosa encima de otra, con toda naturalidad, y luego nos sorprende —cada vez, como si fuera la primera— que lo de abajo siga vivo y respire. Templo sobre templo. Casa sobre basamento. Calle sobre acequia. Asfalto sobre lago. Presente sobre pasado, apisonándolo con todas nuestras fuerzas, sin conseguir jamás enterrarlo del todo —porque lo enterrado, aquí, tiene la terca y hermosa costumbre de seguir respirando.
Tal vez por eso esta ciudad tiene esa sensación tan suya, tan difícil de explicarle a un extraño: la de estar siempre, imperceptiblemente, hundiéndose un poco.
No se hunde nomás por lo que dicen los geólogos con sus aparatos.
A veces yo juraría que se hunde de tanto pasado como carga debajo. Que se le vence el suelo, despacio, de tanta memoria.
La lluvia empezó a ceder, por fin, con desgana, como quien se va de una fiesta a la que ya le perdió el gusto.
Reapareció la banqueta. Reapareció Corregidora, con sus coches, sus motos, su prisa recobrada. Una bolsa de plástico vacía avanzaba a la deriva por la cuneta, con muchísima menos dignidad —se lo aseguro— que aquellas canoas cargadas que venían de Chalco. El olor a lodo se fue retirando hacia abajo, a esperar con su paciencia de siglos la próxima tormenta.
Palacio seguía en su sitio, por supuesto. Impávido. Como si no hubiera visto nada. Como si no lo hubiera visto, en realidad, todo.
Caminé hacia Roldán, empapado hasta los huesos y sin ninguna prisa —porque, dígame usted, ¿qué prisa puede llevar el que acaba de descubrir que vive encima de una ciudad ahogada?— y de una bocacalle salió, resoplando, un diablero cargado de cajas, enfilado justo hacia donde yo, una vez más, fiel a mi destino, estaba parado exactamente donde no debía.
—¡Paso!
Me hice a un lado.
Y por un instante —uno solo, brevísimo, pero le juro por lo que quiera que lo viví— no supe, de verdad no supe, si acababa de dejar pasar a un hombre de La Merced con su carga de hoy… o a una canoa que todavía venía entrando, cargada de flores, remando en silencio desde un lago que ya no está, pero que no ha querido irse del todo.
Y entonces lo entendí, ya para siempre, mientras el agua me escurría mansa de las cejas: hay ciudades que no se inundan.
Se acuerdan. ●
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