OMO-0161 — Como siempre
Crónicas, estampas y semblanzas
Como siempre
Hemos confundido el descanso con el entretenimiento y el silencio con el vacío. Nos cuesta permanecer donde estamos porque hace tiempo dejamos de creer que la realidad pudiera tener algo que decirnos si simplemente aprendíamos a mirarla
Hemos confundido el descanso con el entretenimiento y el silencio con el vacío. Nos cuesta permanecer donde estamos porque hace tiempo dejamos de creer que la realidad pudiera tener algo que decirnos si simplemente aprendíamos a mirarla
La lluvia había dejado sobre la ciudad ese brillo oscuro que sólo conoce la Ciudad de México. No llovía ya. Apenas caían, de cuando en cuando, algunas gotas resignadas desde las cornisas, mientras los automóviles abrían pequeñas mareas sobre el pavimento mojado. El cielo conservaba ese gris que aquí nunca anuncia solamente tristeza. A veces anuncia café. A veces conversación. A veces el simple permiso de caminar más despacio.
No tenía prisa.
Hay días en que la ciudad parece pedirle a uno que no llegue temprano a ninguna parte.
Empujé la puerta de la barbería.
Sonó aquella campanilla discreta que seguramente llevaba más años trabajando allí que algunos de sus clientes.
En cuanto la puerta se cerró detrás de mí, el ruido de la avenida quedó del otro lado del cristal. No desapareció; simplemente dejó de importar. Como ocurre con las iglesias, con algunas bibliotecas y con ciertas cocinas mexicanas, aquel lugar parecía vivir bajo un reloj distinto.
Había un hombre terminando de afeitarse.
El barbero sostenía su mejilla con una firmeza tranquila mientras la navaja recorría el último tramo del cuello. No había un solo movimiento inútil. La mano parecía no pensar; obedecía a una memoria que ya vivía en los músculos.
El cliente mantenía los ojos cerrados.
Confiaba.
Y aquella confianza me pareció, de pronto, una de las formas más altas de la civilización.
Vivimos rodeados de contratos, contraseñas, cámaras y verificaciones, pero aquel hombre seguía poniendo una navaja sobre su garganta en manos de otro únicamente porque durante muchos años ese otro había demostrado ser digno de confianza.
Me senté a esperar.
No había pantallas.
Nadie miraba un teléfono.
Sobre una mesa descansaba un periódico doblado con esa dignidad ligeramente vencida de las cosas que todavía existen aunque el mundo haya decidido dejar de necesitarlas.
En la pared colgaba un calendario.
Una imagen de la Virgen de Guadalupe.
Dos fotografías amarillentas.
Un reloj que parecía retrasarse cinco minutos desde hacía veinte años.
Olía a loción, a jabón de afeitar, a talco y al cuero viejo del asentador donde el barbero afilaba la navaja.
Qué curioso.
Los lugares también conservan memoria.
Uno entra a una panadería y el olor recuerda antes que uno.
Entra a una iglesia y el incienso recuerda.
Entra a la casa de la abuela y la cocina recuerda.
Tal vez las ciudades no están hechas únicamente de calles.
Tal vez están hechas de memorias que aprendieron a quedarse suspendidas en los olores.
El cliente terminó.
Se levantó despacio.
Se pasó la mano por la barbilla con ese gesto casi solemne con el que los hombres aprobamos un buen afeitado.
El barbero dobló la toalla.
Sacudió la capa.
Me hizo una seña.
Me senté frente al espejo.
Hay espejos que sólo sirven para comprobar que seguimos siendo nosotros.
El del elevador.
El del coche.
El del baño.
El de la barbería hace otra cosa.
Obliga a quedarse.
Uno no puede escapar de su propia cara.
Mientras el barbero acomodaba la tela alrededor de mi cuello, levanté la vista.
Vi algunas canas que antes no estaban.
Vi una frente que comenzaba a parecerse, con una falta de originalidad casi ofensiva, a la de mi padre.
Después a la de mi abuelo.
Pensé que la edad tiene una manera muy discreta de presentarse.
Nunca llega de golpe.
Va apareciendo en pequeños detalles.
En una cana.
En una palabra que empezamos a repetir.
En una costumbre que juramos nunca adoptar.
En la paciencia.
Sobre todo en la paciencia.
El barbero tomó el peine.
Me miró a través del espejo.
Sonrió apenas.
Y preguntó:
—¿Como siempre?
No contesté.
No inmediatamente.
Aquellas dos palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Como siempre.
La pregunta parecía referirse únicamente al corte de cabello.
La raya.
Las sienes.
La nuca.
Pero por alguna razón comprendí que hablaba de otra cosa.
Aquel hombre recordaba cómo me cortaba el pelo.
Sabía de qué lado hacía la raya.
Cuánto dejar arriba.
Cuánto quitar detrás.
Conocía incluso esa absurda costumbre tan mexicana de pedir:
—Nomás poquito… para que aguante.
Pero no era eso.
Lo importante no era el cabello.
Lo importante era que para él yo no empezaba aquella mañana.
Continuaba.
Había un ayer entre nosotros.
Y de pronto sentí una gratitud difícil de explicar.
Qué extraordinario privilegio representa entrar en un lugar donde alguien todavía recuerda quién eres.
No tu nombre.
Eso puede aprenderlo cualquiera.
Recuerda tus pequeñas costumbres.
Tus silencios.
Lo que acostumbras pedir.
La forma en que saludas.
Las veces que has estado allí.
Recordar a una persona es mucho más que identificarla.
Es concederle un pequeño espacio dentro de la propia memoria.
Y entonces pensé que quizá eso era justamente lo que empezaba a desaparecer de nuestras ciudades.
No el tráfico.
No el ruido.
No la inseguridad.
La memoria.
Hoy somos vistos por miles de personas todos los días.
Las cámaras nos ven.
Los teléfonos nos ven.
Los anuncios nos ven.
Las redes sociales nos ven.
Nunca habíamos sido tan visibles.
Y, sin embargo, pocas veces alguien nos reconoce.
Nos preguntan el nombre para escribirlo en un vaso que terminará en la basura veinte minutos después.
Nos llaman usuario.
Cliente.
Folio.
Turno.
Mesa siete.
Pedido treinta y cuatro.
Todo empieza otra vez.
Todos los días.
Como si nadie hubiera estado allí el día anterior.
Como si la ciudad hubiera perdido la costumbre de recordar.
—Como siempre —respondí por fin.
El barbero comenzó a cortar.
El sonido de las tijeras acompañó el silencio.
Y mientras algunos cabellos caían lentamente sobre la capa blanca, pensé que quizá el hombre necesita mucho más que ser visto.
Necesita ser reconocido.
Necesita que alguien pueda decirle, con absoluta naturalidad:
—¿Como siempre?
Porque en esas dos palabras cabía algo infinitamente más grande que un corte de cabello.
Cabía una vida.
La lluvia había cesado por completo.
Pagué el corte, agradecí con un movimiento de cabeza y salí nuevamente a la calle. El aire olía distinto. La ciudad recién lavada tiene un aroma que no aparece en ninguna guía turística: mezcla de tierra húmeda, cantera mojada, gasolina resignada y pan que comienza a salir de los hornos. Es un olor profundamente chilango; un olor que no pretende seducir a nadie y, precisamente por eso, termina siendo inolvidable.
Comencé a caminar sin rumbo fijo.
Hay días en que uno no busca un lugar. Busca una conversación consigo mismo.
Unas cuadras más adelante encontré la fonda de siempre.
No la elegí.
Ella me encontró.
Las fondas tienen esa rara virtud de parecer que llevan años esperándonos, aunque uno lleve meses sin volver. La puerta estaba abierta. El vapor empañaba los vidrios y desde la cocina llegaba el sonido metálico de una cuchara golpeando el borde de una olla. Alguien reía. Alguien pedía más tortillas. Una radio, demasiado vieja para preocuparse por la fidelidad del sonido, dejaba escapar un bolero.
Me senté.
La dueña levantó la vista desde el mostrador.
No acercó la carta.
Ni preguntó qué iba a comer.
Sonrió apenas y dijo:
—¿Lo de siempre, licenciado?
Otra vez.
Lo de siempre.
Empecé a sospechar que aquella mañana la ciudad había decidido repetirme una lección.
Asentí.
Mientras esperaba observé la mesa de junto.
Un albañil comía deprisa. Tenía el casco sobre la silla y las manos todavía conservaban restos de cemento. La dueña pasó a su lado y, sin preguntar, dejó dos tortillas más sobre el plato.
—Ándele, porque luego se me anda quedando con hambre.
—Gracias, doña.
Ella siguió caminando.
Él siguió comiendo.
La escena duró apenas unos segundos.
Sin embargo, había allí una profundidad que suele escapársenos.
Nadie habló de solidaridad.
Nadie pronunció un discurso sobre la dignidad del trabajo.
No hubo campañas, manifiestos ni declaraciones de principios.
Hubo dos tortillas.
Y comprendí que la filosofía de un pueblo casi nunca aparece en los libros.
Se esconde en los gestos.
La axiología de una ciudad no vive en los monumentos.
Vive en esas pequeñas acciones que se repiten tantas veces que terminan pareciéndonos naturales.
La señora que aparta un plato para quien llegará tarde.
El marchante que fía sin pedir una identificación.
El vecino que riega también la banqueta de enfrente.
El panadero que guarda las mejores conchas para quien sabe apreciarlas.
Durante siglos, México fue haciendo precisamente eso.
Convirtió una visión del hombre en costumbre.
Las grandes verdades dejaron de vivirse únicamente en los templos y comenzaron a habitar la cocina, el mercado, la plaza, la barbería y la fonda.
La religión había dejado de ser solamente una doctrina.
Había aprendido a preparar sopa de fideo.
A preguntar por la salud de una madre.
A llevar pan a la casa del enfermo.
A decir “pásele” antes que “¿qué quiere?”.
Había tomado carne mexicana.
Por eso muchas veces resulta imposible saber dónde termina España y dónde comienza México.
La verdad llegó en castellano.
Pero aprendió a hablar con acento mexicano.
Llegó vestida de teología.
Y terminó sirviendo café de olla.
La dueña colocó frente a mí un plato de sopa.
—Está caliente.
Como si existiera otra forma decente de servir una sopa.
Sonreí.
La probé.
Tenía exactamente el mismo sabor que recordaba.
Y aquella repetición me produjo una alegría que me costó explicar.
Vivimos obsesionados con la novedad.
Con el siguiente modelo.
El siguiente restaurante.
La siguiente experiencia.
Como si repetir fuera sinónimo de empobrecer.
Sin embargo, hay cosas cuyo valor consiste precisamente en seguir siendo las mismas.
La receta de una madre.
La bendición de un padre.
La campana de una iglesia.
La voz de quien nos llama por nuestro nombre.
Lo de siempre no era monotonía.
Era permanencia.
Era descubrir que no todo necesita reinventarse para seguir teniendo sentido.
Mientras comía, la dueña preguntó por mi familia.
No lo hizo por cortesía.
Esperó la respuesta.
Y mientras respondía recordé a mi abuelo.
Hacia el final de su vida repetía una frase que entonces me parecía una exageración propia de la vejez.
—Ya se fueron los de siempre.
Yo pensaba que hablaba de sus amigos.
Con los años entendí que no.
Hablaba de otra cosa.
Los de siempre no eran únicamente personas.
Eran una manera de habitar el mundo.
Una forma de saludar.
De conversar.
De discutir sin romper.
De rezar.
De hacer fila.
De prestar una herramienta con la seguridad de que volvería.
De entrar a una casa diciendo “con permiso” y salir diciendo “gracias”.
De levantarse cuando entraba una mujer mayor.
De descubrirse la cabeza frente a un cortejo fúnebre.
De guardar silencio cuando el silencio era la única palabra digna.
Mi abuelo no extrañaba un tiempo perfecto.
Nunca existió.
Extrañaba una gramática compartida.
Sabía que entre los de siempre había buenos y malos, trabajadores y flojos, santos y sinvergüenzas.
Pero incluso el sinvergüenza sabía que estaba faltando a una regla.
Hoy, en cambio, pareciera que muchas reglas dejaron simplemente de existir.
No porque todos las incumplan.
Sino porque dejaron de comprenderse.
Tal vez eso era lo que mi abuelo intentaba decir cuando repetía que aquella gente ya no era la suya.
No hablaba de edades.
Hablaba de significados.
La intrascendencia no consiste en divertirse.
México siempre supo hacer fiesta.
Consiste en vivir como si nada mereciera reverencia.
Como si nada fuera suficientemente grande para salir de uno mismo.
Y una ciudad donde todo termina girando alrededor del propio individuo acaba perdiendo algo mucho más profundo que sus costumbres.
Pierde su espíritu.
Terminé la sopa.
La dueña retiró el plato.
—¿Le traigo el cafecito?
La miré.
Sonreí.
—Lo de siempre.
Ella sonrió también.
Y pensé que quizá toda civilización comienza a resquebrajarse el día en que ya nadie recuerda cuál era “lo de siempre”.
Salí de la fonda con el café todavía tibio en la memoria.
La lluvia había terminado de lavar las calles y el sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes con esa timidez tan propia de los inviernos capitalinos. Caminé despacio. Después de una buena comida uno no debería apresurarse nunca. Hay pensamientos que necesitan el mismo ritmo con el que se enfría una taza de café.
No tardé en encontrar la panadería.
Antes de verla, la reconocí.
Hay aromas que no anuncian un lugar; anuncian una vida. El pan recién horneado tiene esa virtud. Sale a buscar al caminante como si supiera que el hambre nunca ha sido únicamente del estómago.
Empujé la puerta.
El tintineo de la campanilla fue distinto al de la barbería, pero produjo la misma sensación: la de haber entrado en un sitio donde el tiempo seguía obedeciendo otras leyes.
Las charolas estaban llenas de conchas, cocoles, cuernos, orejas, chilindrinas y bolillos que todavía despedían vapor. La luz amarilla del local les daba una dignidad inesperada. Nunca he entendido por qué el pan recién hecho consigue volver más amable incluso a quien entra de mal humor.
Del otro lado del mostrador una mujer esperaba.
—Las de siempre —dijo.
El panadero ni siquiera preguntó cuáles.
Comenzó a envolverlas mientras levantaba la vista.
—¿Y la nieta?
La mujer sonrió.
—Gracias a Dios, ya salió del hospital.
—Qué bueno. Me la saluda mucho.
No hubo más.
Ella pagó, tomó la bolsa y, antes de salir, añadió una pieza más.
—Ésta para el niño.
Nadie explicó quién era el niño.
No hacía falta.
La conversación estaba sostenida por una memoria que ninguno de los dos necesitaba explicar.
Entonces comprendí que el comercio alguna vez fue otra cosa.
No consistía únicamente en intercambiar dinero por mercancías.
También intercambiaba historias.
El panadero sabía de una enfermedad.
La clienta sabía del dolor de espalda del panadero.
La marchanta conocía el nombre de los hijos.
El bolero preguntaba por el examen del muchacho.
La dueña de la fonda recordaba que uno no tomaba azúcar.
Y el barbero sabía de qué lado hacía la raya.
Aquello no era eficiencia.
Era pertenencia.
Compré un bolillo.
No porque lo necesitara.
Sino porque me pareció que uno no debía salir de una panadería con las manos vacías. Hay compras que alimentan el cuerpo y otras que alimentan el recuerdo.
Salí nuevamente a la calle.
Mientras caminaba pensé que la ciudad había tardado siglos en construir aquella delicada red de pequeñas memorias. Ningún gobierno la decretó. Ningún urbanista la diseñó. Había nacido lentamente, como nacen los árboles grandes: a fuerza de tiempo, de repetición y de generaciones que aprendieron a reconocerse unas a otras.
Durante siglos, México fue convirtiendo una visión del hombre en costumbre.
La hospitalidad dejó de ser una virtud abstracta para convertirse en un «pásele».
La caridad terminó sirviendo un plato de sopa.
La gratitud aprendió a llevar pan al vecino.
La confianza acabó pronunciando una frase que hoy parece casi revolucionaria:
—Luego me paga.
Aquellas costumbres no eran folclor.
Eran filosofía hecha carne.
Eran una antropología vivida.
Una manera de afirmar, sin necesidad de escribir tratados, que el otro nunca era un extraño completo.
Quizá por eso me duele cuando escucho decir que todas esas cosas eran simples tradiciones.
No.
Eran mucho más.
Las tradiciones eran el cuerpo visible de una verdad invisible.
Sin ellas, las ideas permanecen en los libros.
Con ellas, aprenden a caminar por las calles.
Llegué a la Alameda de Santa María la Ribera.
El kiosco morisco aparecía entre los árboles con esa elegancia improbable que siempre ha tenido. Cada vez que lo veo me parece un extranjero que terminó volviéndose más mexicano que muchos nacidos aquí. Tal vez porque las ciudades también saben adoptar aquello que aman.
Busqué una banca.
Me senté.
Frente a mí un anciano doblaba el periódico con un cuidado casi litúrgico. Dos niños corrían alrededor del kiosco persiguiendo palomas. Una madre llamó a su hijo por su nombre. El niño dejó el juego y volvió sin preguntar por qué.
Pensé que, quizá, también él reconocía una voz que llevaba años acompañándolo.
Permanecí un largo rato sin hacer nada.
Qué difícil se ha vuelto no hacer nada.
Hemos confundido el descanso con el entretenimiento y el silencio con el vacío. Nos cuesta permanecer donde estamos porque hace tiempo dejamos de creer que la realidad pudiera tener algo que decirnos si simplemente aprendíamos a mirarla.
Observé el kiosco.
Había visto pasar enamorados que después fueron esposos; niños que terminaron trayendo a sus propios nietos; músicos, vendedores, jubilados, estudiantes, viudas y paseantes. Había sobrevivido a gobiernos, terremotos, modas y entusiasmos pasajeros.
Como siempre.
Entonces comprendí que aquellas dos palabras habían ido acompañándome toda la mañana.
No hablaban del corte de cabello.
Ni del mole de la fonda.
Ni del pan.
Hablaban de una forma de permanecer.
De esa continuidad humilde gracias a la cual una ciudad deja de ser un conjunto de calles para convertirse en un hogar.
Recordé otra vez a mi abuelo.
«Ya se fueron los de siempre», decía.
Durante años pensé que hablaba de personas.
Ahora creo que hablaba de otra ausencia.
Extrañaba un mundo donde todavía era posible reconocerse unos a otros.
Donde la memoria vencía al anonimato.
Donde las relaciones valían más que los procedimientos.
Donde un hombre podía pasar la vida entera entrando a los mismos lugares sin necesidad de presentarse cada mañana como si acabara de llegar al mundo.
Permanecí un rato más mirando el kiosco. Los niños seguían corriendo, el anciano dobló el periódico con el mismo cuidado con que seguramente lo había hecho durante cuarenta años y una mujer llamó a su nieto desde la otra orilla de la Alameda. El niño volvió sin preguntar por qué. Tal vez porque todavía reconocía aquella voz.
Entonces comprendí que el espíritu de una ciudad nunca hace ruido. Vive en esas pequeñas fidelidades que nadie fotografía porque parecen demasiado comunes para merecer memoria. Un barbero que recuerda un corte de cabello. Una cocinera que conoce nuestros gustos. Un panadero que pregunta por una nieta enferma. Una banca donde uno puede sentarse a pensar sin sentirse de paso.
Me levanté con la bolsa de pan bajo el brazo.
Mientras me alejaba del kiosco pensé que quizá eso era, después de todo, lo de siempre. ●
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