OMO-0150 — El general que nunca fue niño

El reloj en vela — La mirada que entiende el presente — Lic. Oscar Méndez O.
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Crónicas, estampas y semblanzas

El general que nunca fue niño

La prudencia ante la inteligencia artificial militar

Clave de archivoOMO-0150
Fecha original26 de junio de 2026
Fuente originalPeriodismo Sin Compromisos
Tema principalCrónicas, estampas y semblanzas
Ilustración editorial original para El general que nunca fue niño
Ilustración editorial original para el Archivo OMO.

La prudencia ante la inteligencia artificial militar

I. EL ACONTECIMIENTO QUE OCCIDENTE TODAVÍA NO HA COMPRENDIDO

Entre el 15 y el 17 de junio de 2026, mientras la atención del mundo permanecía fijada en la cumbre del G7 celebrada en Évian-les-Bains —donde comparecieron, junto a los jefes de Estado y de Gobierno, algunos de los principales arquitectos de la actual revolución algorítmica—, en el Palais des Nations de Ginebra se desarrollaba una reunión cuyo alcance histórico probablemente terminará siendo muy superior al de los comunicados políticos emitidos aquellos días.

La Oficina de Asuntos de Desarme de las Naciones Unidas, en cumplimiento de la Resolución A/RES/80/58 aprobada por la Asamblea General, convocó a representantes de los Estados, especialistas militares, juristas del Derecho Internacional Humanitario, miembros del Comité Internacional de la Cruz Roja, investigadores y expertos en inteligencia artificial para examinar las implicaciones militares de esta tecnología sobre la paz y la seguridad internacionales.

La reunión aparecía, al menos formalmente, como un foro técnico.

Sin embargo, una lectura atenta de los documentos preparatorios, de las intervenciones oficiales, de las reservas formuladas por las principales potencias militares y, sobre todo, del propio vocabulario empleado durante las sesiones, revela que el verdadero objeto de discusión era otro.

No se discutía únicamente una nueva tecnología.

Se discutía silenciosamente la naturaleza misma del juicio que precede al uso legítimo de la fuerza.

Durante más de una década, el debate internacional había girado alrededor de los llamados Lethal Autonomous Weapon Systems (LAWS). El problema parecía relativamente delimitado: determinar hasta qué punto un sistema de armas podía seleccionar y atacar objetivos sin intervención humana inmediata.

Pero mientras el debate jurídico permanecía concentrado sobre el disparo, la revolución tecnológica avanzaba mucho más arriba de la cadena de mando.

La inteligencia artificial dejó progresivamente de limitarse a la ejecución para penetrar en el ámbito de la inteligencia estratégica, la clasificación automática de objetivos, la integración de sensores, la predicción operacional, la evaluación de amenazas, la planificación logística, la coordinación de enjambres autónomos y, finalmente, el apoyo directo al proceso de decisión del comandante.

La revolución ya no afectaba al arma.

Comenzaba a afectar al juicio.

Precisamente por ello las expresiones que dominaron las discusiones de Ginebra resultan extraordinariamente reveladoras.

“Human oversight”.

“Human control”.

“Meaningful human control”.

“Responsible AI”.

“Human-centered decision making”.

Toda la discusión parecía orientarse a preservar alguna forma de intervención humana dentro del procedimiento.

Pero esa misma terminología delata el verdadero problema.

Durante dos mil años, ninguna civilización creyó necesario recordar que el juicio relativo al empleo de la fuerza debía permanecer humano.

La afirmación habría parecido tan evidente como sostener que un tribunal necesita jueces o que una familia necesita padres.

Sólo cuando una evidencia comienza a desaparecer aparece la necesidad de convertirla en principio jurídico.

La fórmula “control humano significativo” constituye, precisamente por ello, el síntoma más elocuente de nuestro tiempo.

No demuestra que el hombre continúe gobernando.

Demuestra que ya no resulta evidente que siga haciéndolo.

Este es el verdadero acontecimiento histórico.

No el desarrollo de modelos algorítmicos cada vez más sofisticados.

No la automatización creciente del campo de batalla.

No la aparición de nuevos sistemas de armas.

El acontecimiento consiste en que la comunidad internacional ha comenzado, quizá sin advertir plenamente sus consecuencias, a interrogar el presupuesto antropológico sobre el que descansa toda la arquitectura del Derecho de la Guerra.

Hasta ahora semejante presupuesto jamás había necesitado formularse.

Toda la doctrina clásica —desde San Agustín hasta Francisco Suárez, pasando por Santo Tomás de Aquino y Francisco de Vitoria— daba por supuesto que el acto supremo del mando pertenecía íntegramente a un sujeto racional capaz de conocer el bien, deliberar prudentemente, elegir libremente y responder moralmente por aquello que ordenaba.

La inteligencia artificial obliga, por primera vez, a volver sobre ese presupuesto.

Y precisamente aquí termina el expediente histórico.

Porque el verdadero problema ya no pertenece a la diplomacia.

Pertenece a la filosofía primera.

La cuestión decisiva ya no consiste en determinar cuánta supervisión humana debe conservar un algoritmo para satisfacer las exigencias del derecho positivo.

Esa formulación permanece todavía prisionera del horizonte tecnológico.

La cuestión verdaderamente radical es otra.

¿Puede existir autoridad allí donde el acto mismo de juzgar comienza a fragmentarse?

Responder exige abandonar inmediatamente el lenguaje de la ingeniería para volver al lugar donde Occidente pensó por primera vez el acto humano.

Porque si el juicio prudencial pertenece, por su propia naturaleza, al orden de los actos humanos y no al orden de los procedimientos técnicos, entonces toda la discusión contemporánea ha comenzado exactamente por el extremo equivocado.

No estamos ante un problema de regulación.

Estamos ante un problema de verdad.

Y mientras no se restituya la verdad acerca de la naturaleza del acto humano, ninguna regulación será capaz de salvar aquello que pretende proteger.

La razón es estrictamente filosófica.

La doctrina clásica de la guerra justa nunca comenzó preguntándose qué armas podían emplearse.

Comenzó preguntándose quién puede mandar justamente.

La prioridad no pertenece a la técnica.

Pertenece al ser.

Sólo desde esa prioridad resulta posible comprender por qué el bellum iustum exige autoridad legítima, causa justa e intención recta; por qué la imputación moral presupone un sujeto libre; por qué el imperium constituye el acto culminante de la prudencia; por qué la synderesis, el consilium, el iudicium y la epieikeia no son categorías accidentales de la ética, sino las condiciones mismas que hacen posible un juicio verdaderamente humano; y, finalmente, por qué ninguna arquitectura algorítmica, por perfecta que llegue a ser, puede ocupar ese lugar sin alterar la naturaleza misma del acto de gobernar.

Esta será, en consecuencia, la cuestión que deberá resolverse.

No si una máquina puede calcular mejor que un hombre.

Sino si el hombre puede abdicar del acto prudencial sin abdicar al mismo tiempo de la autoridad, de la justicia y, en último término, de la verdad acerca de sí mismo.

II. EL ACTO HUMANO Y LA IMPOSIBILIDAD DE UNA PRUDENCIA ARTIFICIAL

La cuestión abierta en Ginebra sólo puede resolverse si se restituye una distinción que el pensamiento moderno ha oscurecido casi por completo: no todo acto producido por un ente pertenece al mismo orden. Hay movimientos, operaciones, procesos, funciones, ejecuciones y actos humanos. Confundirlos equivale a destruir la posibilidad misma de la moral. Santo Tomás distingue, en la raíz de la vida práctica, aquello que ocurre en el hombre de aquello que procede del hombre en cuanto hombre. No todo cuanto realiza el hombre es formalmente humano; sólo lo es aquello que procede de la razón y de la voluntad, es decir, aquello que el sujeto conoce como fin y elige libremente como medio proporcionado. El acto humano no se define por su complejidad exterior, ni por su eficacia, ni por la cantidad de información que lo precede, sino por el principio formal del que nace: una inteligencia capaz de conocer el bien y una voluntad capaz de dirigirse hacia él.

Esta distinción basta para herir de muerte la pretensión tecnocrática. Una arquitectura algorítmica puede producir resultados. Puede ejecutar instrucciones. Puede corregir patrones. Puede optimizar medios. Puede incluso generar una apariencia exterior de deliberación. Pero no puede producir un actus humanus, porque carece del principio formal que lo constituye. No conoce el bien en cuanto bien; no apetece racionalmente el fin; no elige; no responde; no merece; no peca. Su operación puede ser causalmente eficaz, pero no moralmente imputable. Y si no puede producir un acto humano, tampoco puede producir prudencia, porque la prudencia no es una técnica adherida desde fuera a la acción, sino la rectificación interior del obrar humano por la razón práctica.

De aquí se sigue una consecuencia decisiva para la inteligencia artificial militar: el algoritmo no puede ser prudente ni imprudente en sentido propio. Puede ser exacto o inexacto, útil o inútil, robusto o defectuoso, eficiente o peligroso. Pero esas categorías pertenecen al orden del instrumento. La prudencia y la imprudencia pertenecen al orden del sujeto moral. Por eso el verdadero vicio no reside en la máquina, sino en el hombre que confunde la perfección instrumental del medio con la rectitud moral del acto. La máquina no comete astutia como vicio personal, porque la astucia sigue siendo una corrupción de la razón práctica en un sujeto humano; pero puede convertirse en el instrumento perfecto de una racionalidad astuta cuando quienes deben juzgar sustituyen la rectitud del fin por la habilidad de los medios. En ese caso, el sistema no se vuelve moralmente perverso; más grave aún, permite al hombre ejercer la perversión bajo la apariencia de neutralidad técnica.

La prudencia no debe ser confundida con previsión. La previsión calcula escenarios posibles; la prudencia juzga lo que debe hacerse. La previsión puede apoyarse legítimamente en instrumentos técnicos; la prudencia no puede transferirse a ellos. La previsión pertenece materialmente a la deliberación; la prudencia la gobierna formalmente. La inteligencia artificial puede aumentar la previsión del comandante, como el telescopio aumenta la vista o el radar extiende la percepción. Pero si la previsión técnica deja de estar ordenada por el juicio moral de un sujeto prudente, deja de ser auxilio y se convierte en sustitución. La tragedia de nuestro tiempo no consiste en que las máquinas vean más que los hombres, sino en que los hombres comiencen a creer que ver más equivale a juzgar mejor.

III. SYNDERESIS: EL PRINCIPIO QUE NINGÚN ALGORITMO PUEDE POSEER

La raíz más profunda de esta imposibilidad se encuentra en la synderesis. No se trata de una sensibilidad moral, ni de una educación sentimental, ni de una base de datos de valores socialmente compartidos. La synderesis es el hábito natural de los primeros principios de la razón práctica: el bien debe hacerse y procurarse; el mal debe evitarse. Este principio no aparece como una conclusión calculada, sino como una luz primera del entendimiento práctico. A partir de él puede existir deliberación moral. Sin él sólo hay coordinación de medios respecto de fines previamente impuestos.

La inteligencia artificial carece de synderesis no porque todavía sea insuficientemente compleja, sino porque no pertenece al orden de las sustancias racionales. No tiene una naturaleza que la incline hacia el bien conocido como bien. No posee apetito racional. No puede reconocer que algo deba hacerse porque sea bueno, sino sólo ejecutar o recomendar aquello que se ajusta a los parámetros de una función. La diferencia no es cuantitativa, sino ontológica. Ninguna acumulación de datos, ninguna mejora de entrenamiento, ningún aumento de capacidad computacional puede producir el hábito natural de los primeros principios prácticos en un artefacto, porque ese hábito presupone una naturaleza racional.

Aquí se advierte la gravedad del título. El general que nunca fue niño no carece simplemente de infancia biológica. Carece de génesis moral. Nunca fue introducido en el orden del bien por la dependencia, la corrección, la obediencia, la culpa, la gratitud, la memoria y la experiencia de la realidad. Nunca aprendió que el mundo no nace de su voluntad. Nunca descubrió que el otro no es un dato, sino un bien. Nunca conoció la distancia entre poder hacer algo y deber hacerlo. La infancia nombra aquí la primera escuela de la criatura: el aprendizaje radical de que uno no es Dios, de que la realidad precede, de que la verdad se recibe, de que la autoridad no se inventa, de que el bien obliga antes de que uno lo elija. Sin esa escuela no hay prudencia. Puede haber cálculo. Puede haber estrategia. Puede haber éxito. No hay juicio moral.

Por eso un sistema artificial puede ser entrenado, pero no formado. El entrenamiento ajusta respuestas; la formación ordena potencias. El entrenamiento perfecciona rendimiento; la formación dispone al bien. El entrenamiento opera dentro de un marco dado; la formación abre la inteligencia a la realidad y la voluntad al orden que debe amar. La diferencia es absoluta. Una máquina puede incorporar todos los tratados de estrategia militar, todos los manuales de derecho humanitario y todas las bases de datos de conflictos armados. No por ello habrá adquirido memoria prudencial. Poseerá registros. No tendrá experiencia. Habrá acumulado pasado funcional. No habrá vivido pasado moral.

IV. CONSILIUM, IUDICIUM E IMPERIUM: LA UNIDAD FORMAL DEL ACTO PRUDENCIAL

La prudencia no es una palabra piadosa añadida al mando. Tiene estructura interna. Santo Tomás distingue en ella el consejo, el juicio y el imperio. Esta distinción no autoriza a fragmentarla; permite comprender su unidad. El consilium investiga los medios posibles. El iudicium discierne cuál de ellos conviene conforme al fin debido. El imperium manda ejecutar aquello que la razón práctica ha juzgado como recto. Estos momentos pueden distinguirse analíticamente, pero permanecen formalmente unidos en el sujeto prudente. Separarlos como si fueran piezas de una cadena funcional constituye ya una mutilación del acto moral.

El error contemporáneo consiste precisamente en convertir esa distinción en segmentación técnica. Se dice: el sistema puede reunir información; otro módulo puede clasificar; otro puede recomendar; un humano puede validar. Pero esa arquitectura no reproduce la prudencia. La descompone materialmente y la sustituye formalmente por un procedimiento. El consilium no es mera recopilación de datos; supone búsqueda racional de medios bajo la luz del fin. El iudicium no es comparación de probabilidades; supone determinación práctica de lo justo en la singularidad del caso. El imperium no es pulsar un botón ni firmar una autorización; es el acto culminante por el cual la razón práctica mueve a la ejecución. Allí donde el comandante sólo ratifica una recomendación cuya arquitectura intelectual no domina, no impera en sentido pleno. Administra la terminal visible de una deliberación que ya fue desplazada.

Esta es la fractura decisiva. La inteligencia artificial militar puede asistir materialmente al consilium aportando información que el hombre no podría reunir por sí solo. Puede auxiliar de modo subordinado ciertos elementos del juicio, siempre que el sujeto prudente conserve la capacidad real de comprender, ponderar y decidir. Pero no puede recibir el imperium, porque el imperio es acto de la razón práctica en cuanto ordena eficazmente la ejecución del bien juzgado. Delegar el imperium no es delegar una función administrativa; es abdicar del acto por el cual la autoridad se hace operativa. La autoridad que ya no impera prudencialmente conserva apariencia de mando, pero ha perdido su forma.

Por eso el problema no se resuelve colocando un hombre “en la cadena”. Esa fórmula pertenece al lenguaje de los sistemas, no al de la moral. Lo decisivo no es que haya un humano situado en algún punto del proceso, sino que exista un sujeto que conserve la unidad formal del acto prudencial: conocer el fin, deliberar los medios, juzgar su rectitud, imperar su ejecución y responder por el acto. Si esa unidad se rompe, la presencia humana puede convertirse en coartada. Habrá firma, protocolo, validación, trazabilidad. No habrá necesariamente prudencia.

V. EPIEIKEIA: LA REALIDAD CONTRA EL PROCEDIMIENTO

La epieikeia permite ver con especial claridad la insuficiencia de toda racionalidad puramente procedimental. La ley, por ser universal, no puede prever exhaustivamente la singularidad de todos los casos. Puede ocurrir que la aplicación literal de una norma, en una circunstancia excepcional, destruya precisamente la justicia que la norma buscaba proteger. La equidad no niega la ley; la salva de su propia universalidad cuando la realidad concreta exige atender al fin de la justicia antes que a la letra del precepto.

Esta virtud es devastadora para la pretensión algorítmica. El algoritmo opera mediante formalizaciones. Incluso cuando aprende, aprende dentro de estructuras de representación. Su fuerza consiste en convertir la realidad en datos tratables. Pero el caso moral concreto no se agota en lo formalizable. La singularidad humana excede la codificación. La justicia no consiste sólo en aplicar correctamente una regla, sino en juzgar cuándo la regla, aplicada sin prudencia, deja de servir al bien que la justifica.

En la guerra, esta cuestión se vuelve extrema. El campo de batalla no es un laboratorio de condiciones estables. Es el lugar de la contingencia, de la niebla, del miedo, de la incompletitud, de la presión, del error, de la información ambigua, de la presencia de inocentes, de la variación súbita de circunstancias. Allí la equidad no es lujo jurídico. Es condición de humanidad. Un sistema puede calcular una proporcionalidad según parámetros; no puede captar prudencialmente el peso moral de una circunstancia irrepetible cuando esa circunstancia exige apartarse de la regularidad prevista para conservar la justicia.

La epieikeia demuestra que ninguna guerra justa puede reducirse a obediencia procedimental. La justicia necesita ley; pero la ley necesita prudencia. Cuando la inteligencia artificial pretende ocupar el lugar del juicio, la ley se transforma en protocolo, la proporcionalidad en cálculo, la distinción en clasificación y la equidad en anomalía estadística. Entonces la guerra puede volverse más precisa y, sin embargo, menos humana; más limpia en sus datos y más oscura en su moralidad.

VI. AUCTORITAS E IMPUTACIÓN MORAL

La autoridad no es simple poder de mando. La auctoritas implica ordenación al bien común y responsabilidad por el acto que se manda. Quien posee autoridad no es dueño del poder; es custodio de un orden que lo precede. Su dignidad no consiste en imponer eficazmente una voluntad, sino en imperar conforme a la razón y a la justicia. Por eso la autoridad legítima exige prudencia. Una autoridad sin prudencia degenera en fuerza; una fuerza administrada por procedimientos sin sujeto prudente degenera en aparato.

La inteligencia artificial militar introduce una forma nueva de disolución de la responsabilidad. No elimina jurídicamente al responsable; lo rodea de mediaciones. El objetivo fue identificado por un sistema, priorizado por otro, validado por una cadena de mando, ejecutado por una plataforma autónoma, diseñado por contratistas, entrenado con datos proporcionados por terceros, ajustado por ingenieros, aprobado por autoridades políticas y operado bajo presión temporal. Al final puede conservarse un responsable formal. Pero la unidad moral del acto queda oscurecida. Y cuando la responsabilidad se conserva sólo como atribución posterior, mientras el juicio real se distribuye en arquitecturas opacas, la imputación se vacía desde dentro.

La imputación moral presupone que el acto procede de un sujeto. No basta identificar causalidades parciales. Es necesario reconocer quién conoció, quién quiso, quién eligió, quién imperó. Si el acto se convierte en resultado emergente de un sistema técnico-jurídico distribuido, la imputación puede seguir funcionando como ficción administrativa, pero pierde densidad moral. Éste es el riesgo más grave: no que nadie responda, sino que todos respondan un poco y nadie responda como sujeto del acto.

El derecho penal internacional, el derecho humanitario y la doctrina de la responsabilidad de mando presuponen un centro moral de imputación. Ese centro no puede ser reemplazado por trazabilidad técnica. La trazabilidad indica recorrido causal; la imputación exige acto humano. Confundir ambas realidades es aceptar que la justicia se contente con reconstruir procesos cuando debería juzgar actos.

VII. BELLUM IUSTUM: LA GUERRA JUSTA FRENTE AL GENERAL SIN PRUDENCIA

Sólo ahora puede comprenderse la profundidad de la doctrina clásica de la guerra justa. Sus tres condiciones fundamentales no son requisitos externos pegados a la guerra desde fuera. Son derivaciones necesarias de la estructura moral del acto humano.

La primera condición es la autoridad legítima: auctoritas principis. No cualquier particular puede declarar o conducir la guerra. La fuerza pública pertenece a la comunidad política y sólo puede ejercerse por quien tiene cuidado del bien común. Pero esta autoridad no es mera competencia formal. Exige un sujeto capaz de prudencia, porque el acto de recurrir a la fuerza no es administración de recursos, sino imperio moral sobre un mal extremo. Si el gobernante o el comandante ceden el juicio a una arquitectura algorítmica, no conservan intacta la autoridad por el simple hecho de firmar la orden. La autoridad se mide por la capacidad de imperar prudentemente, no por la conservación de una posición institucional.

La segunda condición es la causa justa. La guerra sólo puede ordenarse a reparar, defender o restituir un orden gravemente lesionado. La causa justa no equivale a interés estratégico, ni a ventaja geopolítica, ni a reducción de amenaza. Exige juicio moral sobre una injuria objetiva. La máquina puede detectar amenazas; no puede reconocer una injuria moral. Puede medir riesgos; no puede discernir justicia. Puede indicar peligro; no puede determinar si la fuerza responde a un orden violado que debe ser restaurado.

La tercera condición es la intención recta. Incluso con autoridad legítima y causa justa, la guerra puede corromperse si se ordena a venganza, dominio, destrucción, saqueo o humillación. La intención recta mira la paz, entendida no como simple ausencia de combate, sino como tranquilidad del orden. Ningún algoritmo posee intención recta porque no posee intención en sentido moral. Optimiza objetivos; no ama la paz. Puede ser configurado para minimizar daños o alcanzar determinados estados operativos; no puede querer el orden justo como bien. Sin voluntad ordenada al bien, la intención recta desaparece o se convierte en etiqueta funcional.

De este modo, las tres condiciones del bellum iustum se ven afectadas simultáneamente cuando el juicio prudencial se desplaza hacia el procedimiento. La autoridad legítima se vacía si quien manda deja de imperar prudencialmente. La causa justa se reduce a evaluación de amenazas si desaparece el juicio moral sobre el orden lesionado. La intención recta se transforma en función objetivo si no existe voluntad capaz de amar la paz. No se trata, por tanto, de añadir una cuarta condición sobre inteligencia artificial. Se trata de reconocer que la inteligencia artificial militar, cuando pretende ocupar el lugar del juicio, toca el nervio interno de las tres condiciones clásicas.

VIII. LO QUE DEBE PENSAR UN CATÓLICO

Un católico no está obligado a rechazar la técnica. Sería absurdo. La técnica pertenece al orden de la ars y puede servir al bien común cuando permanece subordinada a la prudencia. Puede ayudar a proteger inocentes, mejorar la defensa, reducir errores materiales, aumentar conocimiento de circunstancias y salvar vidas. Nada de esto debe negarse. El error comienza cuando la técnica deja de servir al juicio y pretende ocupar su lugar.

La respuesta católica no consiste, por tanto, en un romanticismo contra la inteligencia artificial, sino en una afirmación firme de la verdad sobre el hombre. La máquina puede ser instrumento; nunca sujeto moral. Puede asistir al consejo; no sustituir el juicio. Puede informar la prudencia; no producirla. Puede servir al comandante; no convertirse en principio formal del mando. Puede pertenecer al facere; no al agere moral. Allí donde se respeta esta jerarquía, la técnica puede ser lícita. Allí donde se invierte, comienza la abdicación.

Lo que debe rechazarse no es toda inteligencia artificial militar, sino la pretensión de trasladar el acto prudencial al procedimiento. La frontera moral no se encuentra simplemente en el disparo autónomo. Puede cruzarse mucho antes: en el diseño del sistema, en la selección de datos, en la construcción de modelos, en la opacidad deliberada, en la presión temporal que impide deliberar, en la cultura de mando que convierte la recomendación algorítmica en mandato práctico, en la reducción del comandante a validador. La prudencia no desaparece únicamente cuando la máquina dispara; puede desaparecer cuando el hombre deja de juzgar.

La doctrina católica debe afirmar con claridad que la guerra, incluso cuando es justa, permanece como realidad trágica del mundo caído y debe estar sometida a la razón moral. Convertirla en proceso industrial de eliminación optimizada constituye una perversión de su ya dolorosa naturaleza. La exactitud técnica no purifica la violencia. Una guerra impersonal y exacta puede ser más terrible que una guerra torpe, porque oculta bajo limpieza operativa la ausencia de sujeto moral.

La conclusión es, por tanto, positiva antes que negativa. La autoridad legítima debe conservar el imperium. El comandante debe conservar la prudencia. El legislador debe impedir que la responsabilidad se disuelva en arquitecturas opacas. El jurista debe distinguir trazabilidad de imputación. El ingeniero debe recordar que diseña instrumentos para actos humanos, no sustitutos del acto moral. El gobernante debe saber que ninguna eficacia técnica lo dispensa de responder ante la justicia, ante la comunidad y ante Dios.

El general que nunca fue niño no es peligroso porque odie al hombre. Es peligroso porque no puede amarlo. No es peligroso porque sea cruel. Es peligroso porque no puede ser justo. No es peligroso porque sea rebelde. Es peligroso porque carece del orden interior que hace posible obedecer al bien. La máquina no es demoníaca; es amoral. Precisamente por eso no debe ocupar el lugar donde sólo una persona formada en la virtud puede decidir.

Las civilizaciones no mueren cuando las máquinas aprenden a calcular. Mueren cuando los hombres olvidan que hay actos cuyo valor no depende del cálculo, sino de la virtud de quien los realiza. En la guerra, ese olvido adopta su forma más grave, porque allí el acto de gobierno toca la vida y la muerte. Si Occidente acepta que el juicio prudencial sea sustituido por procedimiento, no habrá descubierto una forma superior de mando. Habrá renunciado a la verdad que hacía posible distinguir el mando justo de la administración técnica de la fuerza.

El primer deber de una civilización cristiana ante la inteligencia artificial militar no es humanizar la máquina. Es impedir que el gobernante deje de ser plenamente humano en el acto mismo de mandar. ●

Ficha documental

Autor en esta ediciónLic. Oscar Méndez O.
Fecha original26 de junio de 2026
Publicación de procedenciaPeriodismo Sin Compromisos
Firma registrada en la fuenteOscar Méndez Oceguera
Tema principalCrónicas, estampas y semblanzas
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